Kast logró algo inusual para cualquier aspirante presidencial: convertirse en una marca que le resultó creíble a la ciudadanía. Es así como logró “transferir” sus atributos personales hacia el electorado; de cara al país, representándose sólo a sí mismo. A nadie ni a nada más. Sin un discurso disruptivo ni populista, sin aparataje gubernamental detrás y sin comenzar la campaña con un nivel de conocimiento público muy alto.
Publicado el 24.11.2017
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Tras los resultados del domingo, hay quienes están en los respectivos comandos con una calculadora en una mano y con un rosario en la otra mientras hacen brainstorming para que fluyan las ideas. Nada de encuestas ni parafernalia estadística esta vez;  no son (ni fueron) necesarias, ya que todos saben que ni Piñera ni Guillier la tienen fácil y que la banda presidencial, para ambos, seguirá siendo una aparición difusa hasta que finalice el conteo del último voto, el próximo 17 de diciembre.

Mientras tanto, de todos los candidatos que hubo en las presidenciales, hay uno que está sacando cuentas alegres, porque desde el domingo pasado se convirtió en más interesante, popular y necesario para los animales políticos de su sector: José Antonio Kast.

A comienzos de este año, su figura era una especie de nebulosa. Sabíamos poco acerca de los detalles de su campaña, aunque los medios sí resaltaron que era descendiente de alemanes, honesto y “buena persona”, padre de muchos hijos, amigo de la “familia militar”, dispuesto a militarizar La Araucanía. Pero, sobre todo, extremadamente conservador;  siendo ésa, por lejos, su principal debilidad, acorde a varios políticos y analistas.

Es cierto, Kast, por donde se le mirara, era, para los tiempos que corren, el anti-candidato. Rubio, conservador e independiente. Pero ése era el José Antonio Kast previo a la primera vuelta. Hoy el “alemán buena persona” cambió de status y pasó de “nebuloso” a ser visible y poseedor de otras cualidades un tanto más sofisticadas que las adheridas hasta hace poco tiempo a su persona.

¿Cómo fue que logró un 7,93% de votación, a pesar de su abierto apego a la religión, de no haber tenido rostros de famosos a su lado y que ningún partido político lo respaldaba? ¿Qué tiene Kast como para movilizar a más de 522 mil chilenos, quienes apostaron por su candidatura a sabiendas de que le sería casi imposible pasar a una segunda vuelta?

Es que Kast logró algo inusual para cualquier aspirante presidencial: convertirse en una marca que le resultó creíble a la ciudadanía. Es así como logró “transferir” sus atributos personales hacia el electorado; de cara al país, representándose sólo a sí mismo. A nadie ni a nada más. Sin un discurso disruptivo ni populista, sin aparataje gubernamental detrás y sin comenzar la campaña con un nivel de conocimiento público muy alto.

Quienes votaron por Kast lo hicieron pensando sólo en él, porque fue “él” quien les inspiró confiabilidad y transparencia (dos grandes activos en política). Él fue el protagonista dentro de la urna, no un partido o una coalición; pero así como esto se traduce en algo muy valioso para cualquier candidato también puede resultar en su maldición, porque en política el fin de la carrera puede ser abrupto y violento si es que no se lograron expandir los grados individuales de libertad para negociar con los pares, proponer ideas con pragmatismo y servir a la ciudadanía con proyección.

Quizás José Antonio Kast siga dando aún más sorpresas una vez que se dé inicio a un nuevo gobierno y comencemos a trazar el próximo mapa político. Sin embargo, claro está, el tipo de liderazgo que sembró durante la campaña fue muy personal y le creó fuertes lazos de lealtad durante las elecciones. Si es que no desea convertirse en estrella fugaz, el desafío futuro para él no es menor. Esto es, seguir asumiendo costos individuales con el fin de demostrar que ser conservador no es una debilidad al momento de pensar sobre política.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora

@LaPolaSchmidt

 

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR/AGENCIAUNO