Al final del día, resulta claro que el cuadro político se ha renovado, se han fortalecido la derecha y la izquierda alternativa, se ha debilitado relativamente la DC, y el centro queda puesto en duda. El balotaje va a adquirir un intenso dramatismo.
Publicado el 20.11.2017
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Con resultados todavía incompletos (escribo antes de conocerse todo el detalle de la elección parlamentaria), el balance se conforma a lo anticipado, aunque amortiguadamente. Gana Sebastián Piñera con un porcentaje significativo sobre Alejandro Guillier, pero con un peor desempeño del esperado por sus partidarios, los encuestadores y numerosos analistas. Y Guillier apenas supera estrechamente a la candidata del Frente Amplio (FA).

Se mantiene la percepción de que el próximo Presidente será, probablemente, el candidato de la centroderecha. Pero hay ahora una mayor incertidumbre y la segunda vuelta será más disputada.

Frente a la opción de continuar con el proyecto y el estilo gubernamentales de la Nueva Mayoría (NM) y de la Presidenta Bachelet, el electorado se ha inclinado hacia propuestas que —ya bien desde la derecha o de la izquierda— son críticas del continuismo. Prefirió, pues, un camino que se apartaba de la trayectoria oficial, manifestando que no deseaba más de la misma NM, con su retórica iluminada (la del “otro modelo” y el “nuevo paradigma”) y su deficiente gestión. Es el fin de una ilusión política que creó enormes expectativas, pero que no las pudo concretar en obras.

Lo que se abre ahora es un período complejo de nuestra historia, donde estarán en juego diferentes concepciones sobre el cambio en democracia. Como se sabe, ésta admite fácilmente cambios graduales y concertados, incrementales, de reformas acumulativas en el tiempo. Y sólo adopta cambios abruptos cuando es forzada por una seria crisis o debe doblegarse ante cambios impuestos por una revolución o un quiebre institucional.

Los resultados de ayer hacen ver que los partidarios de tomar por asalto la democracia para imponerle cambios impulsados por minorías apenas reciben unos pocos miles de votos. En breve, los partidarios de usar la democracia para desmontarla —junto con sus bases de economía política— y reemplazarla por un anacrónico comunismo o un mal denominado socialismo del siglo 21 o chavismo, carecen de apoyo y han sido dejados en los márgenes de la polis.

También ocupa un lugar periférico, pero en el extremo derecho del espectro y con un mayor peso relativo, la fracción más conservadora de ese sector, nostálgica del pasado pinochetista y recelosa de la moderna democracia liberal y de masas.

Según aparece del balance de preferencias que se expresó ayer, el debate de ideas y la disputa electoral quedan acotados ahora, en la fase del balotaje, a las dos principales fuerzas que buscan orientar el desarrollo de la sociedad, conducirla, conformar su gobernanza y transformarla en diferentes direcciones y con distintos grados de intensidad.

Así, queda en claro la existencia de un frente liberal-social (o social liberal) que dirige Piñera, cuyo principal éxito es haber articulado un discurso y un programa para amplios sectores medios de la sociedad, con base en una doctrina de preeminencia de la sociedad civil y los mercados frente al ogro filantrópico —como lo llama Octavio Paz— de un Estado benefactor clientelar y entrampado por intereses corporativos.

Habrá tiempo en las semanas que vienen para adentrarse en las ideas y los intereses que encarna este conglomerado, su teoría del cambio y sus tensiones tanto con círculos conservadores anacrónicos, como con una tecnoburocracia gerencial apegada al neoliberalismo y desconfiada de la política.

Enseguida, se despliega en este escenario post-elección del 19N la ex Nueva Mayoría, reducida ahora a un polo progresista algo anticuado, tal como se desprende de sus vectores constituyentes: socialismo-estatista, estatismo-laico-positivista, neo-socialismo posmoderno light estilo PPD articulado en torno a notables, y un comunismo-tradicional apenas conmovido teóricamente y en su Weltanschaung tras la caída del Muro y la disolución de la URSS.

Este polo progresista, ya se sabe, anda tras un guión, director, actores y comparsas. Vaciló cien veces entre reconocer su pasado en la NM, luego que había desechado a la Concertación, o bien proclamarse como una nueva alianza. Entre asumir la dispareja, confusa e inacabada obra de su gobierno (Bachelet II) o bien proclamar su revisión. Es un conglomerado que, de ser derrotado en la segunda vuelta, podría entrar en implosión al no contar con una doctrina ideal, una narrativa identitaria, una teoría del cambio y una adecuada comprensión de la actual sociedad que en su momento contribuyó a moldear.

La alternativa de izquierda o izquierda alternativa —importante triunfadora ayer— entra al escenario poselectoral con altas expectativas. Su performance ha significado una primera prueba para este grupo que se levanta ahora como una élite contendiente, dispuesta a reemplazar a la vieja élite incumbente de la izquierda. Viene a competir y a energizar la circulación de élites dentro de este sector ideológico, pero para eso necesita crear una sólida plataforma orgánica y una propuesta para transformar al sistema desde dentro del sistema, donde empieza a ubicarse.

Tendrá, pues, que madurar en la esfera de las ideas e ideologías, en su comprensión de la sociedad chilena y del capitalismo contemporáneo, y en una propuesta capaz de concitar apoyos en la población. Existen interrogantes que desde hoy reclamarán respuesta. ¿Cómo se comportará el Frente Amplio ante el próximo dilema planteado por la disyuntiva entre el social liberalismo y un progresismo relativamente anacrónico? ¿Qué consistencia interna podrán adquirir los diversos grupos que concurren al Frente Amplio una vez hecho el balance de ganancias y pérdidas? ¿Qué espacio hay —y cuántas voluntades disponibles— para tejer nuevos entendimientos entre la vieja izquierda y la izquierda alternativa, entre el PC y las izquierdas autónomas, entre los notables del PPD y los de RD, entre el oportunismo y el profetismo, etc.?

Por fin, el espacio más invocado, deseado e interpelado —el mítico centro— aparece más por ausencia que por una fuerte presencia en el escenario que va del 19N al 17D. En efecto, está hecho de retazos partidarios, de movimientos incipientes, de liderazgos interesantes, pero sin votantes suficientes. Concurren aquí socialdemócratas de Tercera Vía incrustados aún en el viejo progresismo. Incluso, un ala liberal en la siniestra (liberales de izquierda, socialistas de mercado, etc.) y un ala en la diestra (de Estado solidario, liberal-pluralistas, conservadores secularizados, etc.).

Todo este universo, fluido y movible como son las posiciones intermedias de la polis en las sociedades de modernidad tardía o posmodernas, está por verse qué curso tomará durante las próximas semanas, meses y años. Podría desaparecer o fragmentarse como “polvo de estrellas”, o dar origen a un centro liberal renovado con capacidad de articular a diestra y siniestra, o quizá separarse en dos corrientes, una que termine absorbida por el social-liberalismo, y la otra por una reconfigurada agrupación de tercera vía socialdemócrata. Todo eso está por verse.

De modo que, al final del día —cuando escribo estas notas junto a la televisión que arroja números de votos, cifras repartidoras y candidatos ganadores y perdedores—, resulta claro que el cuadro político se ha renovado, se han fortalecido la derecha y la izquierda alternativa, se ha debilitado relativamente la DC, y el centro queda puesto en duda. El balotaje va a adquirir un intenso dramatismo. Y desde ahora comienzan procesos de recomposición en el frente del progresismo tradicional, bajo la sombra del Frente Amplio, y también en el frente de la derecha cuyo liberalismo y deseo de avanzar hacia el centro estará ahora puesto en jaque por el sector más conservador.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: MARIO DAVILA HERNANDEZ/AGENCIAUNO