¿Puede el Estado imponerme la visión de que paternidad y maternidad son convenciones sociales o culturales y, por lo tanto, es moralmente neutro el tener madre y padre, o padre y padre, o madre y madre?
Publicado el 26.10.2014
Comparte:

El juicio de Galileo es recordado siempre como un ejemplo de los efectos perversos que una visión dogmática puede ocasionar cuando se opone a la realidad.  Pero, contrariamente a lo que se suele sugerir, la condena del científico italiano no fue provocada por la fe de la curia que lo enjuició, sino de la falsa pretensión que tenían esos sacerdotes de que su fe les hacía partícipes de la sapiencia divina.  A Galileo lo enjuició y condenó el fanatismo, vale decir una forma de expresión irracional de la fe.

En uno de los relatos del Padre Brown, Chesterton hace dialogar a su personaje con otro sacerdote que pretende que Dios está más allá de la razón y especula acerca de que en el universo infinito puede haber lugares en “que la razón sea completamente irrazonable”.   El universo, le responde el Padre Brown, “sólo es infinito físicamente, no en el sentido de que escape a las leyes de la verdad”.

Allí radica el peligro del fanático, puesto que ya sea que lo motive una errada concepción religiosa o una ideología, cuando determinadas personas se convencen que tienen una verdad y tienen el poder para imponerla al resto la libertad, y por ende la condición humana, queda gravemente amenazada.

El problema requiere alguna reflexión porque, como es obvio, la sociedad existe sobre la base de ciertas normas que se imponen coercitivamente y nadie puede alegar su libertad individual para reivindicar la facultad de matar o lesionar los derechos de terceros.  Incluso las sociedades pueden, convencionalmente, elevar a la categoría de obligatorias ciertas conductas por una finalidad práctica de mejor convivencia.

Pero el Estado, vale decir el poder político, no debe imponerle a las personas ciertas visiones particulares en el ámbito de la moral o incluso de la realidad física como, en su momento, se le impusieron a Galileo. Hago estas reflexiones a propósito del debatido cuento “Nicolás tiene dos papás”, distribuido por la Junji, vale decir por el Estado, en los jardines infantiles públicos.

El tema de la homosexualidad es extraordinariamente complejo y en nuestra sociedad ha sido tratado por siglos en una forma injusta, ignorante y demasiadas veces cruel. Pretendo no caer en lo mismo en estas líneas, pero ello no puede impedirme tratar de razonar en forma libre y equilibrada.  Sin prejuicios, pero también sin complejos.

Me parece que en este tema hay dos aspectos fundamentales a dilucidar. Primero ¿la condición de padre y madre es una realidad natural, que parte de un hecho biológico, o es una convención social?  Segundo, si es una convención social ¿Pueden los que tienen una visión imponérsela coercitivamente a los que tienen otra diferente?

Mi opinión personal es que la paternidad y maternidad surgen de un hecho biológico, que se da conjuntamente con una serie de otros atributos, obligaciones y  facultades morales, éticas y jurídicas, tanto o más importantes.  Pero esas distintas dimensiones conforman en su conjunto una realidad y no puede sostenerse que unas compiten con otras, en el sentido de pretender que unas puedan cancelar a otras.

Desde luego, por hecho biológico no me refiero a la procreación, sino a que el ser humano es la reunión y, por lo tanto, expresión de los genes femenino y masculino.  Ni para ser padre, ni para ser madre, se necesita procrear, o tener una cierta condición sexual, pero sí se necesita ser hombre y mujer.  Además, y con esto me refiero a la dimensión empírica, todo ser humano tiene y necesita un padre y una madre.

A pesar de mi firme convicción en lo anterior, estoy dispuesto a escuchar con toda la apertura de mente y humildad de espíritu a quien me quiera argumentar en contrario; porque reconozco que se trata de definiciones difíciles y también porque pertenezco a una generación que todavía fue formada en un ambiente social prejuicioso respecto de la homosexualidad.

Pero queda aún pendiente la segunda pregunta. Aunque mi opinión sea discutible ¿puede el Estado imponerme la visión de que paternidad y maternidad son convenciones sociales o culturales y, por lo tanto, es moralmente neutro el tener madre y padre, o padre y padre, o madre y madre?

Esta pregunta lleva a una respuesta que tiene una dimensión esencialmente moral, una visión antropológica y de la familia que es, cuando menos, absolutamente opinable.  Por eso discrepo de lo expresado por Carlos Peña en su última columna de El Mercurio y me sorprende que él, que siempre ha abogado por la neutralidad moral del Estado, ahora defienda que éste sí puede imponerse por sobre los padres a la hora de enseñar principios morales.

No hay aquí una cuestión de discriminación, como lo sería el pretender que alguien por ser homosexual no puede ser buen padre o buena madre.  Peor aún, que por ser homosexual se le privaran o limitaran sus derechos de padre o madre.  Pero el cuento de Nicolás y su difusión por el Estado, como política pública, lleva las cosas a un ámbito completamente diferente, precisamente al ámbito en que un liberal debiera llamar al Estado a retroceder y respetar el derecho de las personas a definir y promover en el interior de sus hogares lo que les parezca mejor, educando a sus hijos en esas convicciones.  Si ello no es así, y yo estoy equivocado y Peña en lo cierto, lo único coherente es que el cuento de Nicolás se lea en todos los jardines infantiles y colegios, no sólo en los estatales.

Me parece que este es un buen caso para mostrar que el fanatismo no es monopolio de los fieles religiosos, sino tanto o más de los políticos y sus extremos ideológicos.  De hecho, pienso que más de algún papá o mamá, sin los recursos para oponerse a la fuerza estatal, debe haber puesto al final del polémico cuento “y sin embargo Nicolás no tiene dos papás”.

Ingresa tu correo para recibir la columna de Gonzalo Cordero