¿Para dónde va Chile Vamos? No sé, pero tengo claro que si se va en Uber va a llegar a un lugar que vale la pena. En cambio, escribiendo documentos no va a llegar a ninguna parte.
Publicado el 10.04.2016
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Las últimas semanas han sido de las más interesantes en mucho tiempo para analizar a la centroderecha y, en general, el proceso político actual. Hay dos hechos que me han llamado la atención, aunque por distintas razones: los debates alrededor de Uber y la convocatoria política de Chile Vamos. Estimado lector si usted quiere visualizar con claridad los problemas de nuestro país y de la oposición aquí está todo lo necesario. Vamos por partes.

Para los que creemos que el socialismo -esa pretensión soberbia y agobiante de controlar la vida de los individuos dando al Estado la facultad de decidir por ellos lo que es bueno y lo que es malo- está condenado a fracasar y morir, hemos disfrutado viendo como sus paladines se retuercen ante el surgimiento bajo sus narices de un mercado que no pueden regular. Se les escapó, van a intentar amarrarlo, ponerle requisitos, nombrar inspectores, establecer multas, pero no van a poder.

Usted sube una aplicación a su teléfono, contacta a otra persona que está dispuesto a llevarlo en su auto, le paga con cargo a su tarjeta de crédito y todo ocurre en ese mundo virtual al que no llega “la regulación”. Por cierto, el pasajero va más seguro, en un auto mejor, a una tarifa más justa o sea más conveniente –podríamos decir que es una tarifa ética- y miles de chilenos acceden a una fuente adicional de ingresos.

Claro, puede suceder que intenten bloquear la aplicación, o algo así, no importa: decenas de miles de genios en el mundo trabajan en este momento en versiones que la hacen más eficiente y ellos se mueven más rápido y mejor que la “Subdirección de fiscalización de transporte particular, dependiente de la Dirección de Transporte Urbano, dependiente de la División de Transporte Particular, dependiente de la Subsecretaría de Transporte, dependiente del Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones” (seguramente no es literalmente así, es probable que sea peor).

Cada cierto tiempo la realidad provee de ejemplos prácticos, que permiten a los políticos defensores de la justicia de un orden social fundado en la libertad individual, mostrar a la generalidad de las personas lo injusto que es, y cuánto los perjudica en su vida, el socialismo.  Uno esperaría que esos políticos estarían defendiendo el justo y legítimo ejercicio de la libertad que nos brinda Uber, pero salvo honrosas excepciones –destaco al ex ministro Pedro Pedro Pablo Errázuriz por sus valientes y lúcidas intervenciones- la mayoría parece que ha tenido que ocuparse de temas más importantes.

La razón es simple: la defensa de la libertad individual no exige luchar sólo contra las fuerzas de la burocracia estatal, sino también contra los grupos de presión que surgen inevitablemente al alero de las regulaciones. La relación entre socialismo y grupos de presión es simbiótica, allí donde no existen los segundos no prosperan los primeros y viceversa. La reforma laboral no fortalece los derechos de los trabajadores, sino de los sindicatos; la reforma educacional no mejora la educación de los niños, sino la situación del colegio de profesores; “regular” el uso de la plataforma de Uber no es una necesidad para sus usuarios, sino para los gremios de taxistas.

Si la defensa de un proyecto político liberal o libertario consistiera en debatir con los políticos socialistas en los medios de comunicación sería, para decirlo en buen chileno, “chancaca”. La hora de la verdad llega cuando hay que enfrentar a los grupos de presión, ahí se ve la vitalidad y la consistencia de los políticos de derecha y de sus organizaciones. Y en estas semanas se vio.

¿Y qué tiene que ver esto con la convocatoria política de Chile Vamos? Todo que ver porque, en mi modesta opinión, de lo que he conocido de ese documento, de su proceso de elaboración y de sus redactores, todo me sugiere confusión y, lo que es peor, un ejercicio de evasión que los ha ocupado mucho más que Uber.

Para el anglosajón las reglas son una consecuencia necesaria y práctica de la realidad, para el latino -especialmente el latinoamericano- son un requisito. En Estados Unidos los Padres Fundadores estaban haciendo un país y para eso necesitaban una Constitución; nosotros, en cambio, necesitamos primero la Constitución para poder hacer el país después.

Por eso, porque no podemos escapar a nuestra idiosincrasia, los dirigentes de Chile Vamos están mucho más preocupados del “documento” que de la realidad y se pueden quedar meses o años discutiendo sobre su contenido, la coalición puede –literalmente- dejar de existir antes de nacer, porque no se pusieron de acuerdo sobre cómo se concilian en el texto las “espontaneidades sociales” con las “pulsiones y anhelos populares”.

El aporte de los intelectuales es fundamental en el desarrollo de la arquitectura de cualquier sociedad, porque son ellos los que van abriendo camino en la identificación e interpretación de los grandes valores que definen y le dan sentido a una época. Si uno tuviera que hacer una lista de las 10 personas más influyentes en darle forma e identidad a la sociedad del siglo XX, sin duda estarían Hayek, Rawls y Marx.

Tratando de no caer en la siutiquería diría que, de alguna manera, la relación de políticos e intelectuales es la que hay entre los navegantes y las estrellas. Los intelectuales proveen a los políticos de los puntos de referencia indispensables para dirimir, en la realidad concreta en que estos se mueven, cuál es el camino correcto.

Pero la política es esencialmente una disciplina práctica, un oficio que se ejerce día a día. Esto de encargarle a profesores universitarios, que han optado por la vocación de lo abstracto, lo especulativo, que definan el contenido que articula un proyecto político concreto, contingente, me parece una doble renuncia lamentable. De los políticos, a lo que ellos debieran ser capaces de hacer: concordar el contenido de un pacto viable para derrotar al socialismo; y de los intelectuales, a trabajar en sus disciplinas para ir abriendo ahora los caminos que la sociedad empezará a transitar en las próximas décadas.

¿Significa esto que políticos e intelectuales no pueden dialogar y colaborar? Por supuesto que no, al contrario, es indispensable que lo hagan. Pero sin perder cada uno la esencia de lo que le es propio. La tarea de los intelectuales no es escribirle el contenido de sus proyectos a los políticos, sino instalar en la sociedad conceptos que los políticos no pueden ignorar a la hora de conceptualizar esos proyectos. Ese el éxito del intelectual.

A Rawls lo conocemos, entre otras cosas, porque ningún partido o movimiento socialdemócrata del mundo puede hacer política ignorándolo.

La discusión sobre el documento es muy entretenida y puede ser muy larga, pero de sus líderes políticos la gente espera acción y claridad. El conflicto que plantea Uber es mucho más importante a la hora de dirimir si Chile Vamos es un pacto político que tiene sentido y destino.

¿Para dónde va Chile Vamos? No sé, pero tengo claro que si se va en Uber va a llegar a un lugar que vale la pena. En cambio, escribiendo documentos no va a llegar a ninguna parte.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

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