La “Nueva Mayoría” no quiso esperar y se lanzó al abismo sin paracaídas. Pero Ricardo Lagos sabe ―con la calma que otorga la experiencia― que será el error de quienes le dieron la espalda el que pasará a la historia; y también sabe que la revancha, y no sólo la venganza, es un plato que se sirve frío.
Publicado el 12.11.2017
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Luego de semanas de debates y franjas me pregunto, ¿qué más se puede agregar a un análisis abundante en datos y encuestas? ¿Es un aporte seguir especulando sobre puntos más, puntos menos? “Un golpe de dados jamás abolirá el azar” escribió el poeta Mallarmé, aunque algunos crean que las cartas ya están echadas.

A mi juicio, la convicción de que la carrera presidencial ya está corrida parece provenir más de Alejandro Guillier ―y su entorno― que de Sebastián Piñera, quien goza del favor de todos los sondeos. Tanto en los debates como en otras instancias, el senador se presenta con una actitud sombría y resignada, como si no quisiera estar ahí. Da la impresión de que recién está despertando de una siesta que duró varios meses, una ilusión rodeada de correligionarios dándole palmadas en la espalda, de vítores que lo proclamaban Presidente mucho antes de que él pudiera interiorizar que su coalición lo apoyaba simplemente por ser quien más marcaba en las encuestas (la traición del PS a Ricardo Lagos es prueba de ello).

Durante el año, Guillier vivió como en un fin de semana lleno de celebraciones, y ahora, a una semana de la elección, le toca enfrentar la dura realidad de un lunes resacoso, dejando atrás lo comido y lo bailado. Esto implica darse cuenta de que una coalición de partidos tradicionales y fuertemente ideologizada como es “Fuerza de Mayoría” no se condice con el apoyo a un candidato cuya principal arma de campaña ha sido, precisamente, una supuesta independencia política.

En este mismo sentido, que en un principio Guillier haya querido presentar su programa de gobierno después de la primera vuelta no tiene tanto que ver con esa afirmación simplista de que el candidato no tiene un buen equipo. Más bien se relaciona con una estrategia de atrasar lo más posible los conflictos que implican los acuerdos sobre un programa común, cuyo objeto sería satisfacer no sólo a los partidos de su coalición, sino que también al resto de la izquierda de cara a una posible segunda vuelta. Porque Guillier sabe que para ganar necesita al PRO, a la DC y al Frente Amplio.

Las preguntas surgen solas: ¿Qué estará dispuesto a ceder para obtener esos votos? Frente a un eventual gobierno, ¿podrán esas diferentes visiones ponerse de acuerdo en un proyecto país? La relación entre comunistas y democratacristianos en la actual administración hace pensar que, en este caso, la gobernabilidad podría llegar a ser mucho más compleja.

Y es aquí donde vuelve a aparecer, poco a poco y latiendo bajo la tarima como en El corazón delator de Poe, la figura de Ricardo Lagos. Porque el apoyo a Guillier fue, más que nada, una muestra de desesperación y poca reflexión frente a sondeos de opinión que parecían darle en bandeja el gobierno a Sebastián Piñera. Si analizamos la situación actual, con el alza de Marco Enríquez-Ominami, la posible irrupción de José Antonio Kast y el estancamiento de Beatriz Sánchez, es sensato pensar que a medida que se acercaba la elección, el bajo apoyo a la candidatura de Ricardo Lagos podría haberse revertido, especialmente considerando que él podría haber representado de mejor forma lo que requiere gran parte de la izquierda de cara a una segunda vuelta.

Pero la “Nueva Mayoría” no quiso esperar y se lanzó al abismo sin paracaídas. Lagos sabe ―con la calma que otorga la experiencia― que será el error de quienes le dieron la espalda el que pasará a la historia; y también sabe que la revancha, y no sólo la venganza, es un plato que se sirve frío.

 

Guillermo Pérez Ciudad, investigador Fundación P!ensa