La Presidenta acusó a la oposición de irresponsable cuando se advirtió que, con la reforma educacional, un número indeterminado de colegios particulares subvencionados cerrarían o se pasarían a privados; y para el gobierno todas las advertencias de los efectos negativos del alza de impuestos no eran más que la eterna campaña del terror de la derecha y “los poderosos de siempre”.
Publicado el 12.08.2016
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Me encontré esta sencilla recomendación de Winston Churchill: “El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido.”

La Presidenta Bachelet, su primer gabinete y todo el elenco parlamentario de la Nueva Mayoría, desde Ignacio Walker, hasta Camila Vallejo, se pasaron al menos los dos primeros años del mandato descalificando a la oposición y a quienes no respaldaran ciegamente El Programa. Para qué los voy a latear, por ejemplo, con las innumerables entrevistas que dio el ministro Eyzaguirre y con su decálogo de metáforas, los patines, los idiotas, los arribistas, en fin.

En todos los puntos de prensa se acusaba de impulsar una “campaña del terror” a quienes advertían de los errores en reformas inspiradas en malas ideas, mal diseñadas, más para satisfacer una consigna que para conseguir propósitos de mediano y largo plazo, bien pensados y concretos.

Todos ellos debieran explicarnos hoy por qué todo aquello que dijeron no ocurriría, en este caso, está ocurriendo. Porque comienzan a advertirse ya las primeras consecuencias de las reformas emblemáticas: no era campaña del terror lo que advertían los especialistas en educación y economía, era la realidad, que siempre es más poderosa que los sueños, por preciosos que sean.

La Presidenta Bachelet acusó a la oposición de irresponsable, cuando se advertía que, con la reforma, un número indeterminado de colegios particulares subvencionados cerrarían o se pasarían a privados. Las condiciones que estaban imponiéndoseles, primero, eran imposibles de cumplir; y, luego, poco o ningún impacto tenían en el objetivo -de total justicia- que ella había comprometido a los chilenos, que era calidad e igualdad de condiciones para los niños más vulnerables.

El 30 de octubre de 2014, la Mandataria aseguraba que “(…) hay una verdadera campaña del terror. Hay una cantidad de cosas que no son, yo creo que en gran medida por desconocimiento, o por personas que no quieren que le cambien las reglas del juego y están haciendo campañas atemorizando a los padres”.

Hasta que llegó la cruda realidad. De acuerdo a un informe del Ministerio de Educación, se desconoce la decisión que adoptará más de la mitad de dos mil 500 colegios particulares subvencionados, constituidos como sociedades comerciales (con fin de lucro), cuando comience a regir la nueva estructura jurídica que exige la ley que puso fin al lucro, el copago y la selección (Ley de Inclusión). Peor aún, ya sabemos concretamente que unos 120 colegios probablemente van a cerrar y otros cuántos se convertirán en privados.

De la reforma tributaria se dijo que recaudaría recursos para financiar “la mayor parte de la reforma educacional” y mejoras para la salud; que no afectaría a la clase media; y ¡que impulsaría el crecimiento! El ex ministro Arenas le dijo a la Sofofa en abril de 2014 que se pusieran serios y entendieran que la reforma tributaria permitiría “ir de menos a más” para “retomar el crecimiento, porque creemos tener una ecuación que le dará vigor y dinamismo a la economía” (así, tal como lo lee y si no me cree, véalo online en la web del Ministerio de Hacienda).

Y Michelle Bachelet, en su primer discurso de 21 de mayo, nos tranquilizaba: “La reforma tributaria no la paga la clase media ni la pequeña empresa”, indicando que “ustedes conocen a esta Presidenta y saben que impulsa políticas públicas a favor de la gente”.

Para el gobierno y la izquierda, todas las advertencias de los efectos negativos del alza de impuestos no eran más que la eterna campaña del terror de la derecha y “los poderosos de siempre” que se oponía a terminar con la desigualdad.

Antes de un año de entrada en vigencia hubo que hacer una reforma a la reforma, para desenredarla, porque el Servicio de Impuestos Internos llevaba ya 50 circulares explicándola y no estaba totalmente claro de cómo aplicarla.

La recaudación en régimen será menor a la prometida, porque –para no marearnos con números– como alguien dijo “no es lo mismo el 3% de un PIB pequeño, que el 3% de un PIB más grande” y cuando se diseñó la reforma, Chile crecía al 4%. El error, que nunca quiso asumir el gobierno (por convicción ideológica, contra la cual ha sido difícil luchar en estos años), es que ese 4% iba a caer ostensiblemente, porque los impuestos son un desincentivo aquí y en la quebrada del ají.

En resumen: la reforma tributaria no alcanzó para lo que se prometió, causó un daño a la economía y, por ese motivo, está afectando a una creciente mayoría de chilenos, principalmente a la clase media, porque con un Chile creciendo al 2% (0,8%, el ultimo Imacec), las oportunidades y la posibilidad de un mejor ingreso son infinitamente menores, las de desempleo mayores y las expectativas del futuro más inciertas.

Abrí esta columna con Winston Churchill y la voy a cerrar con Pablo Neruda, porque en la poesía también hay inspiración para la realidad, incluso la más difícil de conciliar con los sueños: “Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido” (Poema 20).

Porque reconstruir el daño va a costar, más tiempo del que ha tomado causarlo.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile. 

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

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