Es de esperar que en la tozudez por crear una nueva Constitución, se incluya el voto obligatorio y no dar espacio, así, a la flojera.
Publicado el 22.06.2016
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La gran mayoría está espantada por la baja participación de electores en la primarias recién pasadas (5,5%); que si es una señal para reponer el voto obligatorio o no; que la falta de interés político… se encendieron todas las alarmas.

¿Alguien se esperaba una alta participación? Al menos yo no. Se trataba de una votación en el 27% del territorio nacional, es decir, una consulta de tercera división, aburrida, y que sólo tomó a 93 de las 346 comunas de Chile. Y no olvidar, dicho sea de paso, los escándalos varios de la Nueva Mayoría, Servel y Tricel incluidos para inscribir las primarias, lo que claramente espantó aún más a los votantes. Ergo, no había que pedirle más a algo que no lo era.

Pero esta contingencia ayuda a analizar el tema de fondo: lo dañino que ha sido terminar con el voto obligatorio (en todos los tipos de elecciones, menos las primarias) y sus graves consecuencias para con la legitimidad de las autoridades de turno.

Algunos datos. La última elección presidencial en que hubo obligatoriedad de votar (2010, segunda vuelta), más del 80% de los chilenos sufragó. Por su parte, para la primera elección presidencial con voto voluntario (diciembre 2013), sólo el 40% de los chilenos asistió a las urnas.

Muchos esgrimen que la baja participación en la última votación presidencial se debió a la falta de confianza en el mundo político; en el desgaste de las instituciones, en la desconfianza, en una forma de protesta del electorado, etc… pero para los que tienen mala memoria, recuerdo que los mayores escándalos políticos que nos han llevado a esa desconfianza, se dieron posterior a 2013. Es decir, entre la votación obligatoria de 2009 y la de 2013 el escenario político no fue sustantivamente distinto como sí lo fue el porcentaje de votación: 40% más en la de 2009.

Por qué tan abismante diferencia, se preguntará usted. Y aquí es a donde hay que llegar. A una característica tan propia del chileno: la flojera y falta de conciencia cívica en una sociedad que sólo exige derechos y no cumple deberes. Sí, así de crudo. Muchos dirán, “¡pero cómo!, si no voy a votar es porque estoy expresando mi castigo hacia el sistema político imperante”.

No señores y señoras. Si usted quiere expresar aquello vaya a votar y si no le gustan las alternativas, marque nulo. Eso es reclamar responsablemente y entregar una señal muy potente. Es muy distinto concluir que la elección la ganó la “nulidad” que la abstención. En el primer caso hay una intención de querer constatar un hecho, de dejar estampado en la urna que estamos descontentos, que Chile vale mucho y que por ello me levanto, hago la fila y voto. Y el resultado no se puede prestar a interpretaciones. De esa forma estará comunicando que sí le importa su país, pero que no le gusta lo que le están ofreciendo en este momento.

En el caso de la abstención, para justificarla, comienzan las explicaciones que rondan el delirio: que el día estaba nublado o que hacía mucho calor, que los problemas de locomoción, que el partido de fútbol, que el picnic familiar, que hay mucha gente refriada, etc… ¿y qué es eso? Flojera.

Basta de darnos explicaciones que no están a la altura del país. Aunque duela, hay que decirlo con todas sus letras. Chile no está preparado –cívicamente- para tener voto voluntario. Fue una mala decisión, y las malas decisiones hay que reconocerlas. Tanto que hasta la misma Presidenta Michelle Bachelet, en entrevista en TVN el año pasado, cuando se le preguntó por el tema, contestó que sentía una suerte de “decepción” respecto del nivel de compromiso cívico de la población. “La razón por la que apoyé el voto voluntario era porque yo estaba segura, creía que los chilenos teníamos un espíritu cívico más alto (…) y honestamente me equivoqué“, dijo en la oportunidad. Creo que fue honesta su respuesta. Sí, nos equivocamos, y nos equivocamos porque hemos ido formando una sociedad cada vez más cómoda, ignorante, que no sabe lo que es educación cívica. Ergo, antes de aprobar proyectos como el voto voluntario, enseñemos a los chilenos la importancia del deber con Chile, el compromiso, que los colegios destinen un tiempo relevante a enseñar Educación Cívica, y así, de a poco, la flojera irá disminuyendo. Por ahora, creo que no nos podemos dar el lujo del voto voluntario, hay demasiado en juego para que sea aprobado por tan bajo número de votantes. Es de esperar que en la tozudez por crear una nueva Constitución, se incluya el voto obligatorio y no dar espacio, así, a la flojera.

 

Rosario Moreno C., Periodista y Licenciada en Historia UC.

 

 

FOTO:MARIO DAVILA/AGENCIAUNO