El voto electrónico es una muy mala iniciativa que socava la confianza en los resultados de una elección y genera consecuencias irreparables en la legitimidad del mandato de las autoridades, que por su intermedio son elegidas para dirigir el Estado.
Publicado el 16.10.2017
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El pasado 3 de septiembre El Mercurio publicó una tribuna editorial titulada “Transformación digital, desafío clave para el desarrollo de Chile”. Sus autores son dos destacados empresarios del mundo tecnológico y un prominente político que ha servido en todas las responsabilidades imaginables para su profesión, excepto la Presidencia de la República. El documento —que está disponible online— postula una muy bien fundamentada propuesta de cambios en distintos rubros de la economía y la producción, cuyo análisis excede el alcance de esta columna de opinión.  Contrario al detallado fundamento, el capítulo Gobierno Digital se limita a enumerar siete títulos de igual número de iniciativas, sin ningún antecedente ni explicación.

Pero eso no es lo más relevante.

Entre las iniciativas enumeradas para el Gobierno Digital reaparece el título “Voto Electrónico”. Propuesta que renace en Chile cada vez que estamos en período de elecciones, como ahora. Las voces que habitualmente promueven establecer un sistema electrónico de votación acá argumentan que reduciría la abstención, por su supuesta facilidad de uso. También, que algunos de los países de la OCDE —con los que nos gusta compararnos— ya lo tienen y no queremos ser menos que ellos.

Creo que el voto electrónico es una muy mala iniciativa que socava la confianza en los resultados de una elección y genera consecuencias irreparables en la legitimidad del mandato de las autoridades, que por su intermedio son elegidas para dirigir el Estado. 

La comparación de Chile con otras realidades se equivoca de países, porque el paralelo actualmente relevante no es la OCDE sino Venezuela, con la que compartimos raíces culturales, conductuales, sociales y también conflictos políticos de igual naturaleza. Los cantos de sirena por el voto electrónico no abordan el problema central, que es el mismo ocurrido con motivo de la votación (electrónica) para el establecimiento de la Asamblea Constituyente que hoy cogobierna en ese país: ¿es confiable el resultado de una elección donde hasta minutos antes del cierre de las mesas había registrado 3,7 millones de votos emitidos y el cómputo final superó los 8 millones de votos?

Hace algunos días en Chile se podía votar en forma electrónica en una consulta espontánea sobre el sistema de pensiones. Era necesario inscribirse con el RUT y un correo electrónico para recibir un email con un enlace a una página de votación personalizada. Esta forma de concurrir a las urnas no garantiza que la votación sea anónima y que no será posible parear cada voto con la persona que lo emitió. Así se destruye el elemento más preciado de una votación: ser inmune a la coerción, cohecho, intimidación o represalias. En todo caso, no es necesario ser tan burdo como en este ejemplo para generar la capacidad de parear los votos con los votantes.

Angela Merkel fue recientemente reelecta como Canciller de la República Federal de Alemania. El jueves 14 de septiembre, el portavoz del Ministerio de Interior alemán —Johannes Dimroth— manifestó que “tenemos motivos razonables para pensar que la amenaza sigue activa, por lo que no ha llegado la hora de retirar la alerta contra ciberataques a las elecciones generales […] Solo podré informar de un balance de ataques cibernéticos tras la votación”. La alarma la activó un estudiante de informática que publicó el resultado de su investigación personal sobre el tratamiento electrónico de los votos cuando se ingresan al sistema de cómputo, después de contarlos manualmente bajo observación de vocales de mesa. Afortunadamente, comprobó que los resultados finales no podían ser modificados, pero había gruesos errores de seguridad en los programas, siendo muy fácil introducir resultados intermedios falsos, con la probable intención de influir en la votación. La organización europea de hackers, “Chaos Computer Club (CCC)” hizo una donación al gobierno alemán de un código abierto con las modificaciones necesarias para cerrar las principales brechas de seguridad detectadas.

En la conferencia DEFCON sobre seguridad electrónica, realizada en Las Vegas en julio pasado, en tan sólo 90 minutos un grupo de hackers “éticos” vulneró y capturó el funcionamiento de setenta dispositivos utilizados en el sistema de votación electrónica de los Estados Unidos.

¿Cómo no va a ser confiable el voto electrónico -dicen- si el saldo de tu cuenta de ahorro es electrónico? ¿Y qué otra cosa puede ser más sagrada que tu dinero? Nuevamente, la analogía es mala, porque esconde que, a diferencia del dinero, en una elección los perdedores no pueden recuperar su saldo. El problema central de los sistemas de votación electrónica no es cuántos mecanismos de seguridad son aplicados, porque todos son finalmente vulnerables, sino que no existe un votante defraudado que pueda resarcirse de su pérdida.

El resultado de una elección, una vez anunciado, produce efectos inmediatos e irreversibles. Simplemente, no existe forma de compensar el daño hecho por el fraude electoral. El perdedor pierde, aunque finalmente demuestre que la elección fue intervenida, porque los efectos que produce el anuncio del resultado en la sociedad no se pueden revertir.

En una elección siempre sucede que uno o más de los que están en competencia tiene acceso privilegiado a los sistemas de votación y/o recuento y/o anuncios oficiales. Acceso privilegiado a un sistema electrónico es sinónimo de capacidad de intervenir, sin barreras, para corregir errores o para implantar virus o fraudes. Un procedimiento electoral tiene restricciones simultáneas de seguridad, secreto y transparencia que no existen en otros sistemas electrónicos de uso civil. La intervención maliciosa de un sistema electrónico puede ser indetectable e incorregible. Una vez hecho el fraude, el sistema de votación es incapaz de ofrecer una solución.

La intervención de un sistema electrónico de votación tiene la característica de ocurrir en forma invisible. Toda la coreografía pública denota normalidad: las mesas se constituyen, los electores concurren, hacen fila, opinan y se retiran con la satisfacción del deber cívico cumplido. Una vez que cierra la mesa, la siguiente actividad que concluye con la publicación del cómputo es un acto invisible, en que la relación de la ciudadanía con su resultado tendría las mismas características de un Dogma de la Fe.

En un sistema manual de recuento por mesa no existe la capacidad de intervenir fraudulentamente muchas mesas en forma simultánea, lo que en un sistema electrónico es trivial. Un error de conteo o interpretación de votos en un sistema manual es público y de corrección inmediata. En un sistema electrónico esto es invisible y, si se logra descubrir, es de corrección en diferido, cuando ya es tarde.

Por esto, ¡larga vida al voto en papel!

 

Osvaldo Schaerer de la Vega, consultor