Preocupa el futuro de la democracia. Hace falta plantear el marco en que esta debe desarrollarse, para no caer en su propia trampa.
Publicado el 17.07.2016
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Nunca voy a olvidar la vez que les dije a mis alumnos: “Para mí, la mejor forma de gobierno es la aristocracia”. A los pocos que me escuchaban se les deformó la cara; un par hizo ademán de pararse y salir de clase; creo que alguno comenzó a preparar la carta denuncia para que me expulsaran de la universidad. Sin embargo, como aún eran tiempos de paz y a la autoridad se le respetaba, me dejaron explicar lo que quería decir.

La primera acepción de la palabra aristocracia de la RAE dice: “En el mundo clásico, forma de gobierno según la cual el poder político es ejercido por los mejores”. Y yo, como soy muy clásica, es a esa definición a la que me refería.

Para mí, la mejor forma de gobierno es el gobierno de los mejores.

El problema está en que definir quién o quiénes son los mejores es, lamentablemente, una utopía. Salvo que existieran los más mejores. Pero, como sabemos que no existen, llegamos a la tan alabada, valorada y ensalzada democracia.

Quizás este tema se puede convertir en una tarea pendiente para los constitucionalistas del CEP, que acaban de lanzar su libro con propuestas constitucionales.

Democracia parece ser una forma de gobierno en que la suma de todas las voluntades es una especie de “los mejores”, que entregan el poder a los que, consideran, serán los mejores para representarlos y tomar decisiones por ellos; es decir, gobernarlos.

Sin embargo, hoy tenemos dos problemas que dificultan que nuestra democracia sea, en términos clásicos, una aristocracia.

Por una parte, autoridades poco validadas, que son elegidas por pocos y que rápidamente pierden el respaldo de incluso los que votaron por ellos. Por otra parte, la máxima social que considera la voz y participación ciudadana como un bien superior, sin considerar que la masa también se equivoca.

Poniéndonos en contexto, no son pocos los que, post Brexit, han declarado que ahora votarían lo contrario. En la misma línea, otros muchos condenaron a Claudio Bravo en los primeros partidos de la Copa América y, tras el triunfo, lo alabaron como al mejor de la historia.

Es que la participación ciudadana mal entendida, así como la masa, generan una suerte de Fuenteovejuna en que “nadie fue”, porque “fueron todos”. Y si nadie fue, nadie se hace responsable.

El riesgo de lo anterior puede ser más aún grave cuando se suma todo: Autoridades poco validadas buscan revalidarse mediante la participación ciudadana que, sabemos, no toma decisiones de manera técnica, científica y menos buscando el bien común. Cada uno vota pensando en sus propios intereses, que pueden o no coincidir con el bien colectivo.

Y si la autoridad -a la cual supuestamente se le ha entregado el poder para gobernar, definir políticas públicas y tomar decisiones por los ciudadanos-, le devuelve la pelota a los mismos y los mismos deciden algo que parece no ser tan bueno para todos: ¿quién se hace responsable?

En ningún caso podría estar en contra de la participación ciudadana. Es más, creo que en muchos casos -sobre todo en temas locales-, son los vecinos y los ciudadanos los que realmente saben dónde les aprieta el zapato. Pero convengamos en que dejar todo a la decisión colectiva conlleva un riesgo, y uno que, muchas veces, no es menor.

Me preocupa el futuro de la democracia. Creo que hace falta plantear el marco en que esta debe desarrollarse, para no caer en su propia trampa.

Al final de la clase les dejé muy claro a mis alumnos que sigo creyendo en que la mejor forma de gobierno es la democracia. Sin embargo, ojalá seamos cada vez más capaces de elegir a nuestras autoridades en forma seria, informada y responsable. Quizás así, algún día, podamos decir orgullosos que nuestro gobierno es una excelente Aristocracia Democrática.