Nos hemos transformado en observadores pasivos, de cómo nos vamos tiñendo de la ausencia de una ética de convivencia humana.
Publicado el 15.09.2015
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Tengo la sensación de que ya no solo la gente de Chile tiene la impresión de que la belleza cada día es más escasa, sino que los habitantes del planeta también observan que ésta se va desvaneciendo.

La imagen del niño sirio a la orilla del mar que removió al mundo entero hace unos días, nos mostró una fealdad horrorizante de la precariedad de nuestro modo de vivir en este planeta.

Si observamos algunos rostros en nuestro país, tales como el de los políticos, líderes empresariales y líderes sectoriales, ya meses que llevan semblantes que no proyectan belleza, sino que por el contrario, se ven apagados, cansados, ojos sin brillo, la sonrisa casi ni se asoma. Hemos ido perdiendo el colorido de la esperanza y de la alegría, tal vez hemos ido perdiendo el sueño de que Chile puede ser un gran país o de que vale la pena.

Por otro lado, constatamos una ciudadanía que está también ofuscada, con rostro cansado, frustrada de lo que está ocurriendo, temerosa de lo que se viene y con una desconfianza en el otro que hace que su rictus muestre una dureza que no permite ver su belleza de ser humano.

Se preguntarán por qué hablar de belleza o mejor dicho tratar de vislumbrarla. Una de las razones es porque la belleza es estudiada por la vertiente filosófica de la estética, y abordada por otras disciplinas, entonces busco poder explicarme qué ha estado ocurriendo en los últimos años con la estética de nuestro convivir ciudadano.

Uno de los últimos hechos que nos han dejado a una gran mayoría sorprendidos y nos han generado una sensación de repugnancia, son estos correos electrónicos que intercambiaron dos altos jerarcas de la Iglesia católica chilena mostrando el modo en cómo llevan a cabo sus labores. No cabe duda de que ésta es una falta de belleza, de estética humana, que al menos a mí me sobrecoge.

Me parece imperioso aclarar que esta estética humana que se ha ido tiñendo de fealdad, tiene su  origen en la perdida de una ética del bien común en nuestro país.

Creo, en alguna manera, que lo que nos tiene a todos apesadumbrados es cómo hemos ido perdiendo una decencia de virtudes humanas y se hace aún más escalofriante cuando ésta se pierde en cardenales como Ezzati y Errázuriz, que deberían ser un ejemplo de virtudes.

No cabe duda de que estos líderes eclesiásticos están muy lejos del planteamiento que hace el Papa Francisco en Laudato SI’, en el punto 121, donde expresa: “Está pendiente el desarrollo de una nueva síntesis que supere falsas dialécticas de los últimos siglos. El mismo cristianismo, manteniéndose fiel a su identidad y al tesoro de la verdad que recibió de Jesucristo, siempre se repiensa y se expresa en el diálogo con las nuevas situaciones históricas dejando brotar así su eterna novedad”.

El actuar que estos jerarcas de iglesia tuvieron durante años de encubrir un delito como el de Karadima, muestra que no han salido de esas falsas dialécticas que no hacen sintonía con la evolución de la humanidad en el siglo XXI, y por sobre todo no han atesorado y vivido lo que Jesucristo proclamó.

Las situaciones de corrupción de algunos líderes políticos y del mundo empresarial también dan cuenta de una falta de belleza, de estética, que nos dejan estampado en nuestros rostros expresiones ausentes de hermosura por la sorpresa de los hechos.

Las virtudes de la convivencia cívica se han licuado, se han manipulado y defendido con argumentos que no se sostienen sobre sí mismos. Cada día aumenta la ausencia de actos simbólicos que nos permitan recuperar la confianza en la ética del bien común.

Por lo cual vislumbrar belleza se hace cada día más difícil, ya que nuestros semblantes se van mimetizando de esta fealdad nacional, aunque uno no sea un participante activo de situaciones no constructivas de belleza humana.

Nos hemos transformado en observadores pasivos, de cómo nos vamos tiñendo de la ausencia de una ética de convivencia humana.

El debate sobre los correos o denuncias que han mostrado esta corrupción y tejido de poder que existe en nuestro país es el mal menor. El gran problema es que estamos siendo conducidos por estos líderes sin ética a los que aún se les sigue protegiendo. No puede dejar de causarme sorpresa el que algunos califiquen de inmoral la filtración de estos correos, creo aún más inmoral el modus operandi de estos dos cardenales.

Se hace urgente terminar con este modo de operar en el poder, ya que quien nada hace nada teme.

Actos como proponer que Ezzati no presida el Te Deum son gestos reparatorios. Sin embargo, me pregunto quién en este país tendrá el coraje para exigirlo: el gobierno, líderes de distintos sectores o los ciudadanos.

¿Cuánto realmente nos preocupa ser un país carente de ética por el bien común? No olvidemos que belleza es estética, y ésta es parte de la ética. Y eso es lo que requiere el Chile de hoy: personas e instituciones éticas y bellas.

 

Soledad Teixidó, Presidenta Ejecutiva de PROhumana.

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.