La línea divisoria no debe pasar entre cristianos, judíos, islámicos, hinduistas o budistas, sino entre quienes aceptan los valores de la tolerancia, la libertad y la compasión, y quienes, por el contrario, adhieren a posturas fundamentalistas y están dispuestos a recurrir a la violencia.
Publicado el 08.01.2015
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¿Huntington tenía razón cuando advirtió que el choque de civilizaciones iba a marcar los conflictos del siglo XXI? El reciente atentado terrorista en París contra un semanario satírico, que dejó 12 muertos y varios heridos graves, parece darle la razón. En el Islam está prohibido representar la figura humana y, con mayor razón, la del profeta Mahoma o de Ala. Más reprochable aún si se trata de una caricatura con un propósito irónico. Es una especie de sacrilegio. Para el occidente cristiano, en cambio, prima la libertad de expresión: puede haber un reproche ético o político a la falta de respeto con que se trate un símbolo religioso, pero ninguna autoridad se atrevería a censurar y no existen corrientes significativas que usen la violencia para silenciar a dibujantes, artistas, escritores o periodistas.

Son dos modos de entender la libertad y de concebir el orden social. Se puede refutar recordando los tiempos de la Inquisición. Pero no era la época de la libertad moderna.

Si superada la indignación por el crimen incalificable, que se suma a tantos atentados que han sacudido a numerosos países en los últimos años, uno comenzara a reflexionar sobre las motivaciones que pudieron tener sus autores, lo primero que salta a la vista es que por lo general son hombres jóvenes, muchas veces nacidos o educados en países europeos o en los EE.UU., provenientes de familias de inmigrantes. Es obvio que esos jóvenes viven un proceso de búsqueda de su propia identidad cultural. Las sociedades que los han acogido con frecuencia los discriminan, son además golpeados por las altas tasas de desocupación y viven en la periferia de las grandes ciudades sin integrarse a la sociedad.

Cuando ellos se preguntan por las causas de su desarraigo, surge ante ellos el pasado colonial de sus países de origen, la explotación a la que fueron sometidos por los imperios europeos del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial y las precarias condiciones económicas y sociales en que todavía se debaten. Y ven el doble estándar con el que Occidente suele enfrentar los problemas del mundo islámico. La identidad, entonces, creen poderla encontrar en una reinterpretación radical del Islam, siguiendo las corrientes salafistas e incorporándose a alguna milicia yihadista. Una religión simple y combativa puede ser el último refugio.

El Islam es, sin embargo, una religión de paz, tolerancia y misericordia. Pese a su rica historia y a su notable aporte cultural, no ha vivido los  procesos que ha atravesado el Cristianismo con la reforma y los movimientos liberales a partir del siglo XVIII y su secuela de secularización de la sociedad. En los países árabes, quienes han asumido posiciones más modernas son una elite político-intelectual y la oficialidad del Ejército, grupos que protagonizaron el proceso de independencia y han gobernado hasta hace poco con mano de hierro. La resistencia a esas dictaduras -por ejemplo en la llamada Primavera Árabe- en parte ha tenido una componente yihadista religiosa: así sucedió a fines de los 90 en Argelia, antes en Irán y luego en Afganistán, Pakistán, Egipto, Libia y Siria. Esa acción política contra regímenes ineficaces y muchas veces corruptos se ha inspirado en una interpretación purista del Islam, recurriendo al wahabismo oriundo de Arabia Saudita y su casa reinante y, en general, al salafismo como renovación originaria de la religión musulmana.

Estas corrientes dan origen fácilmente a posiciones fundamentalistas, ofreciendo a los jóvenes desorientados certezas inconmovibles capaces de inspirar una acción política radical, y valores por los cuales están dispuestos a entregar su vida y cobrarse la de los infieles no musulmanes o seguidores de Mahoma que a su juicio han traicionado su mensaje. Buscan implantar la ley islámica (sharia) en la sociedad, generando una suerte de teocracia moderna según las pautas del clásico califato. Estos jóvenes se unen al combate por una causa que consideran de origen divino. Hoy extienden su accionar no sólo al Medio Oriente y Asia, sino también a Rusia, China, África, EE.UU. y Europa. En América Latina tuvimos los atentados de Buenos Aires contra la Embajada de Israel y el AMIA.

El extremismo islámico es hoy la principal amenaza a la paz.

¿Justifica esto la llamada guerra de civilizaciones?

Huntington tuvo una intuición certera al percibir la importancia del factor religioso en las luchas del siglo XXI, cuando las ideologías surgidas con la modernidad han demostrado sus límites. Ya Malraux -contra la corriente que predicaba la secularización progresiva de las sociedades con Marx y Weber a la cabeza- había advertido sobre la relevancia de la religión. Pero eso no puede ser leído simplemente como una suerte de conflicto frontal entre la tradición cristiana y el mundo musulmán. Hay grupos europeos, sobre todo en Alemania, que salen a las calles a protestar contra el Islam y han recibido una dura crítica de todos los partidos del espectro político democrático. En sus filas se esconde la xenofobia y la ultra derecha antidemocrática y racista. No sabemos qué pueda ocurrir en Francia donde las filas del extremismo derechista es tan fuerte.

La línea divisoria no debe pasar entre creyentes y no creyentes, ni entre cristianos, judíos, islámicos, hinduistas o budistas, sino entre quienes aceptan los valores de la tolerancia, la libertad y la compasión, y quienes, por el contrario, adhieren a posturas fundamentalistas muchas veces de raigambre religiosa y están dispuestos a recurrir a la violencia para imponer sus creencias. El lenguaje común debe ser el de la racionalidad, o mejor dicho el de lo razonable construido sobre las experiencias compartidas. Hay que seguir reflexionando sobre la relación entre la fe y la razón, sobre la construcción de las normas a partir de la libertad y las diferencias, entendiendo que en un mundo global todos -efectivamente todos- compartimos un sustrato común que nos permite convivir en paz.

 

José Antonio Viera-Gallo, Foro Líbero.