En estos actos son responsables esos estudiantes violentos, pero también los políticos populistas que al tenor del bullicio de las calles se subieron a un carro de la victoria que hoy se descarrila.
Publicado el 15.06.2016
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Las últimas semanas han sido demoledoras para el movimiento estudiantil. El discurso presidencial del 21 de mayo y sus referencias educacionales quedaron totalmente relegadas a un segundo plano luego de la trágica muerte del guardia de seguridad Eduardo Lara, en medio de las protestas de la CONFECH en Valparaíso. La semana pasada, en un día complejo para los santiaguinos con la rotura de una matriz de agua en Providencia, inundaciones en varios edificios, congestión vehicular y la suspensión del Metro, los dirigentes estudiantiles se negaron a suspender su movilización, la que terminaría pocas horas después con el saqueo de la Iglesia de la Gratitud Nacional y la destrucción de un Cristo en plena la Alameda. Todo esto sin olvidar la violenta irrupción en el Palacio de Gobierno o la rotunda negativa a suspender su marcha con motivo del duelo nacional que el país vivía por la muerte del ex Presidente de la República Patricio Aylwin.

Esto ha tenido varias consecuencias: pocas personas saben realmente qué es lo que piden los estudiantes movilizados, la ciudadanía ha tomado distancia del movimiento y de sus dirigentes, mientras los medios de comunicación han mostrado latamente las evidencias más patentes de la violencia asociada a las protestas.

Frente a este panorama es necesario hacer varias consideraciones.

Se debe huir de las generalizaciones que consideran a todos los estudiantes movilizados como violentistas, así como también de aquellas caricaturas que consideran que absolutamente todos ellos serían inmaculados luchadores sociales, ajenos a cualquier acto espurio o violento. La realidad es mucho más compleja y el movimiento estudiantil no tiene una sola forma de acción pública.

Entre los muchos que marchan se entremezclan idealistas que sueñan con un país mejor, junto a quienes les indigna la realidad actual. Unos se manifiestan por mejorar la educación y muchos otros por imponer sus puntos de vista políticos. Los hay independientes o militantes de partidos y de varios movimientos o colectivos de extrema izquierda. Muchos se movilizan aun a costa de perder clases; otros lo hacen solo para saltárselas.

Pero, al mismo tiempo, sabiendo que no hay peor ciego que el que no quiere ver, es imposible negar que muchos de los encapuchados son también estudiantes. Jóvenes con una visión extremista y radical respecto de la sociedad, con distintas tendencias pero con un denominador común: la consideración de la violencia como un instrumento legítimo para su acción política. Esto lo sabe cualquier dirigente estudiantil y no tiene sentido seguir negándolo. Responden a ideologías que patrocinan la violencia y son consecuentes con ellas.

Basta recorrer las calles de Santiago para encontrarse con rayados tales como “tu sistema me violenta y me mata la inocencia”. En medio de las marchas es común encontrar letreros que indican: “El Estado es la escuela del crimen. Nos educan para ser esclavos”. Otros se justifican diciendo que “la desigualdad es más violenta que cualquier protesta”. Más alarmante aún es que esto tenga cabida al interior de los propios establecimientos educacionales. Sin ir más lejos, hace algún tiempo el Frente Patriótico Manuel Rodríguez dio una charla sobre lucha política al interior del Instituto Nacional. También recuerdo, con pesar, que siendo estudiante del mismo colegio, un presidente de IV medio llegó con un semáforo a su sala de clases, siendo aplaudido por algunos compañeros, y lo que es peor, en presencia de su profesora jefa.

Historias como éstas se repiten en muchos lugares: los alumnos del INBA destruyeron su propio colegio en la última toma; son alumnos universitarios los que golpearon a sus propios compañeros por oponerse a la toma de la UNAB; son estudiantes los que provocan destrozos en la Plaza Perú de Concepción o dañaron el escudo del Arco de Medicina de la Universidad de Concepción y así sume y sigue. Lamentable, triste, pero cierto.

Frente a esto no podemos hacer la vista gorda.

En estos actos son responsables esos estudiantes violentos, pero también los políticos populistas que al tenor del bullicio de las calles se subieron a un carro de la victoria que hoy se descarrila. Los mismos que en las manifestaciones del 2011 celebraban que los dirigentes universitarios dejaran plantado al Presidente Piñera en La Moneda y que después se lamentaron cuando los mismos estudiantes no quisieron respetar el funeral del presidente Aylwin. La candidata en Santiago, Carolina Tohá, decía en 2011 que “no se recupera la autoridad dando palos y, menos aún, palos de ciego”, criticando los desalojos de los establecimientos de la capital, situación que hoy es radicalmente distinta, porque ella ha cuestionado la demora de Carabineros en desalojar los mismos colegios.

Frente a esto surge de parte de políticos y ciudadanos otra pregunta: ¿Dónde están los papás de esos niños y jóvenes? La triste respuesta es que muchos de ellos carecen del ambiente de familia propicio para formar buenas personas, buenos hijos y buenos ciudadanos. En algo que advertía muy bien Manfred Svensson al hablar sobre la necesidad de una filosofía pública de la familia y a lo que tendremos que poner atención como sociedad en los próximos años.

 

Julio Isamit, Coordinador General Republicanos.

 

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D./AGENCIAUNO

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