Aunque no hay estudios recientes sobre la percepción de riesgo del VIH que permitan explicar su aumento en los últimos años, sin duda que se trata de un factor relevante. Debemos analizar la percepción que tiene la población sobre el virus para entender cabalmente el fenómeno y así elaborar estrategias más eficientes para enfrentarlo.
Publicado el 18.04.2018
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En los últimos días han causado especial controversia las alarmantes cifras en torno al contagio de VIH en nuestro país. En tan sólo siete años se habría duplicado la tasa de contagios anuales y podría haber casi 100 mil personas contagiadas con el virus. Se estima que cerca de la mitad de ellas desconocerían que son portadoras.

Frente a estos hechos, el Ministerio de Salud presentó un nuevo Plan Nacional de VIH/SIDA, consistente en nueve puntos orientados a enfrentar el problema en forma integral. Asimismo, como suele suceder, muchos comenzaron a reducir la solución del problema a utilizar o no preservativos, antes que a preguntarse sobre las causas más complejas que originan un aumento de la infección.

En la era de los tutoriales, de las tecnologías digitales y de internet, la información dura está disponible para todos. No obstante, para provocar un verdadero impacto se necesita un mensaje claro y sencillo que, hasta ahora, ha sido el gran ausente: contagiarse de VIH es muy riesgoso, porque te puede dañar a ti y a quienes quieres.

La percepción de riesgo sobre las enfermedades juega un papel fundamental en la conducta de las personas. Y nuestra historia reciente nos demuestra que un cambio en cómo evaluamos el posible daño que nos causaría una enfermedad o un hábito incide directamente en nuestros actos. Por ejemplo, según datos del SENDA, entre 2006 y 2016 la percepción de riesgo por el consumo experimental y habitual de marihuana disminuyó significativamente, pero en ese mismo período se duplicó la prevalencia anual del consumo de esta droga.

En contraste, la percepción de riesgo del consumo diario de tabaco se ha mantenido en torno al 85%. Consecuentemente, dicho consumo ha disminuido cerca de un tercio en 14 años, en todos los rangos etarios y principalmente en los menores de 45.

Otro ejemplo en torno al riesgo para su salud que percibe la ciudadanía y su respuesta frente a él se observó en relación a la infección por el virus de influenza. Desde principios de año se alertó a la población sobre las consecuencias que había tenido la gripe en el hemisferio norte y que, probablemente, una cepa similar podía atacar a nuestro país, por lo que se recomendó fuertemente la vacunación. El resultado fue inesperado para todas las autoridades, puesto que sólo en la primera semana de campaña se vacunaron cuatro veces más personas que el año anterior (lo que produjo incluso algunos problemas de escasez que rápidamente fueron subsanados).

Ahora bien, aunque no hay estudios recientes sobre la percepción de riesgo del VIH que permitan explicar su aumento en los últimos años, sin duda que se trata de un factor relevante si tenemos en cuenta los ejemplos anteriores. Debemos analizar la percepción que tiene la población sobre el VIH para entender cabalmente el fenómeno y así elaborar estrategias más eficientes para enfrentarlo.

Quizás una de las experiencias que más me han marcado en mi ejercicio profesional como médico tuvo que ver justamente con este asunto. Hace no más de un año atendí a un joven que, al ser consultado por sus antecedentes mórbidos, me contestó que “sólo sabía que era portador del VIH”. Inmediatamente le comenté que había tratamiento, que estaba en el AUGE, que el avance de la medicina nos permitía considerarlo como una enfermedad crónica y que no tenía que asustarse, sino actuar, con la ayuda del personal de salud, para que todo estuviera bien.

Su respuesta me dejó pasmado: “Doctor, no se preocupe usted. Tengo muchos amigos con VIH que no se tratan y no les ha pasado nada. No me interesa llenarme de pastillas”.

Claramente no es posible generalizar a partir de esta experiencia puntual, pero no deja de tener sentido que algo de verdad transmite ese caso y que, quizás, es un buen reflejo de que no estamos sopesando como corresponde la impresión que tienen muchos sobre el VIH.

Si se profundiza este enfoque del problema y no sólo se reduce al uso de un método de barrera, será posible generar la información que realmente necesita la población para tomar las decisiones correctas que les permitan cuidar de su salud y la de todos.

 

Jorge Acosta, director ejecutivo Instituto Res Publica

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO