Al final, la inversión en las personas, la educación y las buenas y sabias políticas públicas fueron el gel que ha podido aglutinar y cristalizar un proceso de apertura y desarrollo que no tiene parangón en la historia contemporánea.
Publicado el 04.02.2018
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La República Popular China y Vietnam constituyen dos ejemplos exitosos de la evolución política y económica desde un sistema comunista cerrado a una sociedad más abierta, con una economía de libre mercado (con algunos controles estatales) de gran éxito.  No sólo estamos hablando de un crecimiento y desarrollo económico sostenido, sino, de manera más general, de sociedades más integradas, donde la movilidad social gracias a la educación y al esfuerzo individual ha transformado su  mapa social.

La historia de estos cambios es ampliamente conocida, por lo que sólo vale aquí una pequeña síntesis. Vietnam, en su etapa post-colonial, fue un país dividido en dos. En los años sesenta venció a los Estados Unidos en una cruenta guerra que llevó a la unificación de las dos partes. Las que, a partir de la década de los ochenta (mediados), siguieron un proceso de reforma y apertura económica (Doi-Moi). Evidentemente, los líderes políticos y sociales aprendieron la lección de la terrible guerra y buscaron  (y encontraron) la manera de conservar un sistema político más bien cerrado con una economía cada vez más abierta al mundo y a la iniciativa individual de sus habitantes.  Ayudó muchísimo en este proceso de evolución y revolución el hecho de que las principales naciones del sudeste asiático aceleraron su proceso de apertura y crecimiento económico, y estuvieron dispuestas a ayudarles activamente en su esfuerzo de desarrollo.

En el caso de la República Popular China, la experiencia traumática de la Revolución  Cultural (1966-1974), el viaje de Richard Nixon a China en 1972 y la rehabilitación política de Deng Xiao Ping en 1978, pavimentaron el camino para su revolución económica a partir de la década de los ochenta, que ha provisto un crecimiento económico sostenido a tasas de sobre el 9% por muchos años.

Hay elementos comunes que vale la pena resaltar entre China y Vietnam:

1.-  Cuidadoso diseño de políticas públicas que fueron capaces de canalizar un período de intensos cambios económicos y sociales.  En el caso de China, con el concurso valioso de Institutos y universidades en Singapur y Hong Kong, las cuales fueron  responsables de co-diseñar hojas de ruta adecuadas, considerando (y esto es fundamental) las particularidades políticas y sociales de ese gigante de Asia del norte.

2.-  Una apertura social en ambos países que fue proporcionando más libertad individual y colectiva a los distintos actores sociales y personas. Acá se pudo constatar  un proceso muy líquido de movilidad social, que continua hasta el día de hoy.  Es decir, la importancia del esfuerzo individual. Y la necesaria sumatoria de las partes a un todo colectivo.

3.-  Un esfuerzo muy grande y muy focalizado en modernizar la educación, de una matriz  curricular totalitaria a otra donde se fomentan las individualidades y las fortalezas de las personas, además del trabajo en equipo. Este proceso fue lo suficientemente flexible como para adoptar, al poco andar, las contribuciones de las principales universidades del Asia y del mundo desarrollado.

4.-  Una sabiduría para combinar las características nacionales e identitarias propias (esenciales y peculiares a su cultura) con el saber y los procesos que vinieron de afuera. Estas dos naciones se adaptaron rápidamente a la realidad de la globalización, con sus altos y sus bajos.

5.-  Poblaciones resilientes que supieron adaptarse a las vicisitudes traumáticas de su historia reciente, mirando siempre hacia adelante y en el entendimiento de que ellos podían ser dueños y orfebres de su propio destino.

6.-  A pesar de lo que podrá parecer, ambas naciones tienen una corriente mística y religiosa muy profunda, que está afincada en distintos credos religiosos y enseñanzas de una cultura milenaria. Esta característica es lo que les ha proporcionado una resistencia fuera de lo común durante períodos de mucha turbulencia política, y una rapidez para coger y aprovechar las buenas oportunidades cada vez que se les fueron presentando.

7.-  Tanto gobiernos como individuos supieron forjar una escala valórica evolutiva que dotó de sentido a este proceso y sus individualidades pudieron asentarse en un significado profundo. En este punto se produjo la intersección de la cultura milenaria, una educación en constante mutación de modernidad, la religión y la creencia mística, y las claves de las corrientes más nucleares de la nación y el Asia.

 

Al final, la inversión en las personas, la educación y las buenas y sabias políticas públicas fueron el gel que ha podido aglutinar y cristalizar un proceso de apertura y desarrollo que no tiene parangón en la historia contemporánea.

Una nota adicional merecen sus autoridades políticas, que fueron capaces de devolver la autonomía y a iniciativa al individuo (aunque aún no totalmente), y de volver a confiar en él. En total contraposición con la práctica política marxista, que buscó en su propia experiencia subsumir la pulsación vital individual en un colectivo amorfo y anónimo. Simultáneamente, dejaron la soberbia ideológica de lado y tendieron puentes del saber y de la experiencia hacia otros pueblos y regiones que podían contribuir positivamente con sus experiencias y procesos.

En la actualidad, sumando y restando, Vietnam y la República Popular China no sólo se han convertido en ciudadanos plenos entre el concierto de naciones, sino que su influencia positiva ya se hace sentir en muchos rincones del globo. Y no es sólo una cuestión económica, de comercio e inversiones, sin que, mucho más fundamentalmente, una cuestión de convertirse en actores fundamentales en un mundo que gira cada vez más rápido y que necesita de los mayores y mejores impulsos para no descarrillar en su loca carrera por el siglo veintiuno.

 

Enrique Subercaseaux, ex diplomático y gestor cultural