Pasar del gobierno a la oposición es parte de la esencia de una democracia liberal, y no contiene nada indigno ni descalificador. Se trata de algo que no puede entenderse sin su opuesto: pasar de la oposición al gobierno.
Publicado el 14.11.2017
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Si no existiesen las encuestas, probablemente uno igual estaría en condiciones de anticipar resultados de las elecciones de este domingo. ¿Cómo? A partir de las declaraciones de los candidatos y el modo en que son entrevistados. Invito a ver seis aspectos en relación con lo que sostengo:

1. Sebastián Piñera habla y, lo central, es consultado por los periodistas, incluso por aquellos que son adversarios de su candidatura, sobre cómo gobernará. Esto opera como un lapsus mental en el caso de estos últimos que/revela, en el fondo, sus propios temores. Tanto el candidato favorito en las encuestas como los entrevistadores intuyen que el resultado ya está escrito, lo que obliga a Piñera a ser cauto y responsable en sus respuestas, y a ciertos periodistas a querer brillar como implacables.

Frente a los periodistas, Piñera ha tenido que mostrar modestia, generosidad y buen temperamento, así como control ante las preguntas suspicaces. Lo clave: evita aparecer como triunfalista. Por ello su tarea hoy es compleja: mostrarse seguro e inspirador ante sus electores, firme y respetuoso ante sus detractores, pero al mismo tiempo debe recordar a sus adherentes que el domingo no pueden quedarse en casa creyendo que todo está resuelto.

2. Tal vez lo que mejor ilustra cuán seguro ve el oficialismo el  retorno del líder de la centroderecha a La Moneda no proviene de su entorno, sino del gobierno, hoy la voz más articulada y de mayor envergadura contra Piñera. Parte importante del gabinete reacciona con ataques a sus declaraciones de modo rápido y concertado, cuando no es la Presidenta Bachelet quien interviene. Si las campañas de la izquierda buscan rayarle la carrocería a Piñera, La Moneda trata de abollársela y cuenta con parachoques para ello.

Sostengo que La Moneda lleva la voz cantante del antipiñerismo, no sólo por las reiteradas declaraciones de ministros, sino también porque es la fuerza más contundente entre las campañas de izquierda y la única con autoridad para ordenar en cierta medida a la izquierda. La realidad lo demuestra: Alejandro Guillier, por ejemplo, libra hoy una guerrilla contra MEO, MEO a ratos contra Goic, ésta a veces contra ambos, y qué decir de las críticas cruzadas entre Sánchez y lo que considera las fuerzas retro de la izquierda.

La Moneda brinda los fundamentos del antipiñerismo, saca a colación la historia que unió a la izquierda en el pasado, intenta dejar un “legado”, invita a la unidad en segunda vuelta y proyecta, basada en la experiencia de 2009, la necesidad de ordenarse para sentar las bases de una izquierda opositora unida frente a Piñera. La Moneda sabe que la lucha bajo un gobierno de Piñera tiene como premisa una épica que debe escribirse a partir, por lo menos, del 20 de noviembre. De no lograrse esa unidad de izquierda, será arduo construirla tras una gran derrota electoral.

La Moneda intuye el big bang de la izquierda tras las elecciones y desea aminorar la dispersión y atomización de fuerzas, así como evitar que cundan la desesperanza y la desorientación ideológica. Este será parte del legado de Bachelet: unir a la izquierda antes de la travesía por el desierto que se divisa en el poco auspicioso horizonte.

3. Aunque Guillier ha endurecido sus ataques contra Piñera en los días recientes, lo que transparentan su estilo y discurso es más bien extenuación, incomodidad, resignación y frustración. Esto emana del haber constatado que lo fácil era conseguir la nominación como candidato, y de no haberse percatado de que lo demoledor venía después: hacer campaña con una izquierda dividida, de tradiciones y valores contradictorios, de un sector en crisis identitaria y heredero de un gobierno con elevada desaprobación.

Guillier mantiene una relación privilegiada con el PC porque éste ha sido un partido leal a su persona. en la misma medida en que incide poderosamente en su campaña. Sin embargo, los intereses específicos de la tienda de la hoz y el martillo han arrastrado al senador a transitar del estilo tolerante, bonachón y aburguesado de la tradición radical, a uno duro y descalificador, que se nutre del discurso PC en “tiempos difíciles”. Esa tensión causa ambivalencia en la campaña de Guillier, y explica parte de su agotamiento. Nada cansa tanto como simular lo que no se es.

4. José Antonio Kast, que ha realizado una campaña de derecha tradicional, con banderas puras y poco propensa a hacer concesiones, está condenado por ello a ser minoría. No se opone como antagonista irreductible al concepto de una derecha moderna que propone Piñera, y da a entender que en segunda vuelta su corazón late junto al ex Presidente.

En rigor, desde el retorno de la democracia han entrado a La Moneda sólo candidatos capaces de articular alianzas que iban más allá de su propia base específica. La Concertación fue lo que fue gracias a su alianza entre izquierdistas y una DC que, aunque se fue inclinando cada vez más a la izquierda, representaba a un electorado de centro. Piñera logró el triunfo en 2009 porque logró atraer a votantes de ese sector. Sospecho que las campañas que prioricen en forma excluyente la pureza de sus banderas están condenadas hoy a observar cómo otros ingresan a La Moneda a dirigir el país. El centro independiente —hoy sin representantes claros, a diferencia del pasado— dará en el futuro la victoria en Chile a la izquierda o la derecha, pero para conquistar ese centro se precisa mostrar disposición al compromiso con quienes pueden ampliar su base de sustentación.

5. Paradójicamente, la campaña de Eduardo Artés también anuncia de modo indirecto el triunfo de Sebastián Piñera. Su acto de cierre esta semana dará a conocer el inicio de la nueva campaña: una destinada a refundar Chile sobre la base de ideas, es de suponer, de Marx, Lenin, Stalin, Mao, Castro y Kim Jong Un.

6. El futuro de Alejandro Navarro parece estar en situarse en algún intersticio de una constelación izquierdista acampada en la oposición.

Pasar del gobierno a la oposición es parte de la esencia de una democracia liberal, y no contiene nada indigno ni descalificador. Se trata de algo que no puede entenderse sin su opuesto: pasar de la oposición al gobierno. La ciudadanía escoge a unos con la esperanza de que gobiernen mejor, y a otros los ubica en la bancada de enfrente para que, liberados de la extenuante función de gobernar, puedan rearticular sus fuerzas, replantear programas e ideas.

No, no hace falta consultar las encuestas para sentir lo que viene.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

 

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