Hay una ventana de oportunidad que facilitaría poner en marcha un amplio proceso de reordenamiento y permitiría a la Presidenta y su gobierno salir de la confusión y relativo inmovilismo. (Al cierre de esta columna, la Presidenta aún no daba su discurso en cadena nacional).
Publicado el 29.04.2015
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Igual como en los primeros días de la administración Bachelet, los mensajes claves de la comunicación gubernamental han vuelto a ser dos: (i) que el programa de gobierno es indiscutible e intocable y (ii) que dentro de la Nueva Mayoría (NM) hay una pugna entre dirigentes de la antigua Concertación y la nueva generación convocada por Bachelet. Los primeros se opondrían a los cambios prometidos por el programa y buscarían provocar una crisis de gabinete. Los otros serían leales a la Presidenta y al mandato del pueblo.

¿Cómo explicar tan equivocados mensajes?

Por la coyuntura, es decir, la combinación de factores y circunstancias que aquí y ahora influyen poderosamente sobre la decisión de los asuntos importantes. Al momento, esa combinación resulta en una suerte de parálisis del sistema político el cual se halla atrapado por una secuencia de escándalos en curso cuyo manejo pone de manifiesto una crisis de conducción.

Frente a esta situación, el bloque oficialista aparece confundido, tensionado desde dentro y acosado por los medios de comunicación y la opinión pública encuestada. Incluso la Presidenta Bachelet se ha visto perturbada anímicamente y su liderazgo debilitado. Lo mismo su popularidad, la percepción de sus atributos y el apoyo a su equipo de ministros.

A su vez, los partidos de la NM -que representan a la mayoría de los ciudadanos- han sido puestos a la defensiva, no por la oposición -que para cualquier efecto práctico se halla fuera de la escena-, si no por la salpicadura de esos escándalos y la falta de una estrategia común para retomar la iniciativa política.

En estas circunstancias ha vuelto a emerger el programa de gobierno como el único cemento posible de la NM, igual que al comienzo de la actual administración. De hecho, se pretende que cumpla una doble función: (i) la de fijar un norte y trazar el rumbo del gobierno por un lado y, por el otro, (ii) la de reordenar a la NM en torno a unos propósitos compartidos.

Asimismo, se piensa que volver al programa -con su carga de promesas y remembranza de momentos mejores, de popularidad y entusiasmo- favorecería desplazar el escenario político desde los patios interiores de La Moneda, la acción de los fiscales y la justicia hacia el Parlamento, los partidos y la tramitación de las leyes encargadas de concretar el programa de reformas. En lo inmediato éste incluye la reforma de la vida política en la zona donde entra en contacto con el dinero, verdadero campo minado; la reforma laboral y la reforma de la carrera docente, a la espera de que próximamente se agreguen a esta última las reformas de la administración municipal de colegios y el régimen de financiamiento (o gratuidad) de la educación superior.

Adicionalmente, este reordenamiento de elementos de la coyuntura reduciría las tensiones dentro de la élite política oficialista, en la misma medida que -de alcanzarse exitosamente- permitiría a la nueva generación consolidar su mando sobre la NM y subordinar o excluir a la antigua dirigencia concertacionista.

Efectivamente, entre ambos grupos dirigenciales se instaló desde el comienzo de la administración Bachelet una inocultable tensión, inevitable en realidad si se piensa que uno de los propósitos de esta administración era precisamente provocar un cambio generacional e ideológico en la cúspide de la NM y, enseguida, encarnarlo en la conducción y programa del gobierno.

¿Podrá la Presidenta provocar este reordenamiento de elementos y fuerzas y superar la actual coyuntura?

A pesar de las serias dificultades por las cuales atraviesa -confusión, pérdida de movimiento, impacto de los escándalos y consecuencias de los desastres naturales del norte y sur del país, todo esto sobre el trasfondo de una economía que vuelve a ralentizarse-, pienso que el gobierno está frente a una ventana de oportunidad que, bien aprovechada, le permitiría recuperar el control de la agenda y salir adelante superando la parálisis. Esta ventana es de corta duración: abarca desde hoy miércoles (post-informe de la comisión Engel) hasta el discurso del 21 de mayo próximo. Es un momento favorable para que el gobierno levante un diseño de reagrupamiento del bloque oficialista e inicie un camino de salida del actual estado de confusión.

¿Cómo así?

Primero, posee una agenda de reformas que bien conducida podría crea una “segunda oportunidad” para el gobierno. En lo básico, esto obligaría a la Presidenta a establecer una estrategia de acuerdos para arribar a consensos sólidamente reformistas en las áreas de su mayor preocupación, como son el crecimiento económico, la educación y las relaciones laborales. Significa, en consecuencia, un giro respecto de la estrategia del 2014, basada en el dogmatismo del programa, la confrontación discursiva y el uso de la mayoría para imponer los objetivos gubernamentales. Esencial para el éxito de esta estrategia sería un liderazgo presidencial de nuevo estilo en relación con la NM, más articulado con los partidos y con una mejor integración de lo antiguo y lo nuevo, las diferentes generaciones y visiones que convergen en la coalición.

Segundo, si bien la erupción de los escándalos aún se encuentra activa, la actividad volcánica de mayor intensidad y sus efectos sobre la política podrían estar ingresando a una fase declinante. Los escándalos ya no causan escándalo. Se ingresa a una nueva etapa.

En la fase que viene, hay dos cauces por donde enfilar los efectos destructivos de la erupción.

Uno, de curso largo, es el camino que va desde el SII, los fiscales, el Consejo de Defensa del Estado y la Contraloría de la República hasta los jueces y las sentencias tras un recorrido turbulento, pero de potencial negativo decreciente.

El otro es el camino que lleva desde la Comisión Engel y el discurso presidencial de anoche (posterior al momento de entrega de esta columna) hacia un conjunto de medidas legislativas, administrativas, comunicacionales y de mitigación social que por su lado contribuirán a encauzar, morigerar consecuencias y acotar los efectos de los escándalos y su impacto sobre el ánimo de la población y la opinión pública.

Un papel clave podría jugar el discurso de la Presidenta esta noche, no tanto por las medidas técnicas que proponga, sino por el talante que muestre la autoridad, su capacidad de comunicar una interpretación del momento que vivimos y de transmitir la voluntad de iniciar una nueva etapa en que el liderazgo presidencial se revitaliza y convoca a una tarea de cambio y unidad del país. Es una prueba de fuego para la Presidenta Bachelet.

Tercero, en términos más estructurales, el gobierno dispone de un conjunto múltiple y poderoso de recursos para orientar a la sociedad civil, marcar el rumbo de la política, configurar la agenda pública e impulsar proyectos que convoquen al acuerdo de las diferentes fuerzas políticas. Hasta el momento, claro está, no ha sabido o podido usarlos con eficacia. La actual parálisis y confusión gubernativa representan un desperdicio de esos recursos. Los mensajes defensivos levantados durante las últimas dos semanas con que comenzamos esta columna ofrecen una demostración de la mala gestión de dichos recursos.

En suma, hay un espacio por delante -una ventana de oportunidad, dijimos hace un momento- que facilitaría poner en marcha un amplio proceso de reordenamiento y permitiría a la Presidenta y su gobierno salir de la confusión y relativo inmovilismo y superar la coyuntura desencadenada por los escándalos que mantienen paralizada a la élite política y golpean con fuerza también a la élite empresarial.

Pienso que es en este contexto que la Presidenta decidirá los dichos de su discurso de hoy, el cambio de gabinete (y no cambiarlo sería igualmente una decisión), qué hacer con sus más directos colaboradores -los ministros del Interior y de Hacienda incluidos-, la estrategia para superar esta coyuntura crítica de su gobierno, la rearticulación con los partidos de la NM y las políticas a seguir para devolver un sentido de esfuerzo común y propósito a la gente.

Al contrario, la Presidenta podría estimar -equivocadamente a mi juicio- que las situación no amerita ningún esfuerzo especial y que puede o conviene hacer “más de lo mismo”, sin cambios de diseño, estrategia y personal. Podría validar la actual ofensiva comunicacional de su gobierno, llamando al bloque oficialista a amarrarse al mástil del programa y a cerrar los oídos frente a las canciones antireformistas de la vieja Concertación. Incluso, podría desahuciar cualquier voz que no sea un eco de lo que dice su círculo más próximo. En fin, podría obstinarse en un espléndido aislamiento.

De ser así, el curso de las cosas seguiría sin rumbo, confusamente empujado por las corrientes de los escándalos y las fuerzas contrapuestas del bloque oficialista, y se habría perdido una ventana de oportunidad.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

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