La idea de retomar la integración energética con Argentina debe ser analizada con cautela, sobre todo si ello involucra altos niveles de inversión.
Publicado el 28.11.2015
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Ilusión han causado algunas declaraciones del Presidente electo argentino, Mauricio Macri, respecto de un eventual acuerdo energético con Chile. Esto ha revivido el llamado Plan Mejillones, que contemplaría la importación de gas por nuestro puerto nortino y su traslado al país vecino, lo que no sólo aliviaría la dependencia energética con Bolivia sino que se convertiría en una buena carta para que Argentina pudiera negociarle mejores precios y exigirle acciones contra el narcotráfico en sus fronteras.

La idea de retomar la integración energética con Argentina debe, sin embargo, ser analizada con cautela, sobre todo si ello involucra altos niveles de inversión. Chile ya vivió el corte de gas desde el país vecino que nos dejó con importantes inversiones hundidas y un ajuste costoso para el sistema eléctrico. Se trata además de un país con serios problemas económicos y prontuario financiero, lo que constituye una alerta a la hora aumentar nuestra exposición respecto del país vecino.

Distinto es hablar de un intercambio de excedentes de gas utilizando la infraestructura disponible. La interconexión física entre ambos países existe, siendo perfectamente factible desarrollar el Plan Mejillones o ingresar combustible por el terminal de regasificación GNL Quintero, y utilizar las instalaciones del gasoducto existente para transportarlo a Argentina. El terminal Quintero terminó la ampliación en marzo del 2015 que aumentó su capacidad de inyectar gas natural a la red de gasoductos en un 50%, alcanzado los 15 millones de m3/día y existen planes de ampliación adicionales que permitirían llegar a 20 millones de m3/día. GNL Mejillones, en tanto, también tiene planes de ampliación que permitirían incrementar la capacidad de regasificación disponible en un 50%, alcanzando 8,25 millones de m3/día. En este contexto, la infraestructura física existente hace factible iniciar la exportación de gas a Argentina sin mayor dificultad, en cantidades limitadas.

Lo anterior, sin embargo, no sería ni cercanamente suficiente para reemplazar los volúmenes de gas que importa el país vecino desde Bolivia. Argentina es el segundo mayor comprador de gas boliviano, con cerca de 17 millones de m3/día. Adicionalmente, compra GNL de otros países, para lo cual cuenta con dos plantas de regasificación en su costa atlántica, Escobar y Bahía Blanca. Ello le permite suplir el déficit energético existente, que hoy alcanza alrededor de un tercio de su consumo de gas.

Abastecer con volúmenes mayores de gas a Argentina tiene costos y varios riesgos. Exigiría invertir importantes recursos para la ampliación o construcción de nuevas plantas de regasificación, sujeto a la eventualidad que esta vez no se corte la llave del gas, sino del pago. A ello se suma que Argentina dispone de importantes reservas de gas en su territorio, las que se calculan del orden de 12 trillones de pies cúbicos. El yacimiento de Vaca Muerta en Neuquén podría, de hecho, albergar una de las mayores reservas de hidrocarburo no convencional en el mundo, lo que debiera generar volúmenes importantes de gas a bajo costo cuando esté en plena operación, lo que posiblemente revertía los flujos de intercambio hacia Chile. Por último, las importaciones de gas que llegan a Chile desde sus distintos orígenes son trasportados en barcos por el Océano Atlántico, cruzando el Estrecho de Magallanes. Resulta razonable pensar que con el tiempo, si Argentina no lograra autoabastecerse, evaluaría construir nuevos terminales e importar directamente el gas hacia sus costas.

Resulta difícil imaginar en este contexto que pudiera haber disposición a invertir para exportar gas a Argentina, pero surge como alternativa plausible retomar antiguas aspiraciones mutuamente convenientes, como efectuar trueques o swaps de gas. Eso significaría, por ejemplo, vender gas a Argentina por la zona central a cambio de la compra de gas en la zona sur de nuestro país. Ello evitaría el costo de trasportar el combustible en camiones por territorio nacional, a la vez que mejoraría la distribución interna de gas en Argentina. Junto con lo anterior, es factible prever oportunidades con compras y ventas spot entre ambos países, lo que puede resultar rentable sin forzar una mayor dependencia.

Con todo, las noticias asociadas al cambio de gobierno en Argentina son sin duda favorables, pero no descorchemos la champaña antes de tiempo.

 

Susana Jiménez, Economista Senior Libertad y Desarrollo.

 

FOTO: NADIA PEREZ/AGENCIAUNO