Es triste. Se escucha la marcha fúnebre que anuncia la muerte de la democracia, ya que es indudable que, de ser reelecto, Nicolás Maduro perpetuará la destrucción del país mediante la dictadura opresora que empobrece y, literalmente, asesina al pueblo. ¿Se avecinará una nueva Cuba en Latinoamérica? No lo sabemos.
Publicado el 04.12.2017
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Se nos ha anunciado recientemente que Nicolás Maduro buscará la reelección presidencial. Una raya más para el tigre de la crisis venezolana, esa que todo lo abarca. Mientras la fragmentada oposición recuerda con nostalgia la unidad que algún día logró, Maduro aprovecha la ausencia de un sucesor dentro del chavismo para proyectar la perpetuación de su mandato en la elección de 2018: “Ya estamos preparados para lograr una gran victoria revolucionaria”, dijo en un mitin político en el estado de Aragua.

Pese a la escasa aprobación a su gestión, cifrada en un 20%, y al aislamiento político y económico tanto en Venezuela como en el resto del mundo, el chavismo ha logrado sumar considerables “triunfos” en los últimos dos comicios, dando una señal clara de la progresiva intrascendencia de esta vía, al menos mientras no haya observación electoral de organismos extranjeros.

En el transcurso de los últimos meses la situación no ha variado considerablemente en cuanto al restablecimiento de las normas democráticas, la crisis humanitaria y económica, o las negociaciones entre el gobierno y sus detractores. Eso sí, la repartición de liderazgos y la falta de acuerdos internos en la oposición han despejado el camino del Presidente Maduro para obtener el peligroso poder absoluto. Ello, pese a que la huida a España de Antonio Ledezma, ex alcalde y líder opositor, supuso una nueva inyección de esperanza y optimismo a la formación granítica de la oposición, al menos en lo que al exilio se refiere.

Una vez más, resulta inevitable no mirar con aprensión el futuro del país chavista. El establishment político se ha debilitado en su conjunto, la inflación galopante y el caos económico hicieron caer en cesación de pagos al país y la ideologización de la crisis no deja ver las dimensiones del sufrimiento cotidiano, donde preocupa más conseguir un trozo de pan que realizar comicios libres, democráticos y justos.

Pese a lo anterior, el gobierno busca mantenerse en el poder para “conservar los logros alcanzados”, ello, aunque la exorbitante deuda y las diversas sanciones económicas y políticas impuestas por Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea dificulten en algo su accionar.

En el intertanto, la presión ejercida desde las calles en masivas protestas ha disminuido considerablemente, y puede que ello se encuentre dentro de aquellos “logros” del gobierno. Sin embargo, el reciente informe de Human Rights Watch y la organización venezolana Foro Penal denunciaron que el régimen chavista ha empleado la fuerza de forma sistemática, incluyendo torturas, en contra de manifestantes y opositores políticos. La efectiva opresión, conocida técnica de gobiernos tiránicos para neutralizar aquellas voces disidentes.

Es triste. Se escucha la marcha fúnebre que anuncia la muerte de la democracia, ya que es indudable que, de ser reelecto, Nicolás Maduro perpetuará la destrucción del país mediante la dictadura opresora que empobrece y, literalmente, asesina al pueblo. ¿Se avecinará una nueva Cuba en Latinoamérica? No lo sabemos. Pero sí es claro que urge la restauración del respeto por los derechos humanos y la autonomía e independencia de las instituciones gubernamentales, para alcanzar con prontitud una solución democrática y pacífica.

No hay tiempo que perder. La nueva raya en el tigre de la crisis venezolana puede ser vista por la oposición como una oportunidad más para lograr la unión necesaria y hacer frente a esta crisis, o bien continuar por caminos divergentes como hasta ahora, lo que propiciaría el colapso definitivo de su maltratada nación.

 

Natalia Farías, investigadora Centro de Estudios Bicentenario