No existe un solo parámetro propio de la civilización política y jurídica de occidente que el chavismo no haya demolido, Nicolás Maduro va en el sentido contrario del progreso que ha tenido la humanidad en los últimos dos siglos, eso es evidente para todos, salvo para una parte de la izquierda chilena y, a juzgar por sus declaraciones, para el candidato presidencial de la Nueva Mayoría.
Publicado el 07.08.2017
Comparte:

Es verdad, estimado lector, la palabra “regresismo” que aparece en el título de esta columna no existe, pero suena bien si uno quiere señalar lo contrario de progresismo, vale decir, esa expresión con la que la izquierda de todas las latitudes asimila sus posturas al progreso. Es uno de los grandes aciertos que ha tenido en el manejo del lenguaje y las imágenes, porque es difícil estar en contra del progreso, de manera que identificar los propios postulados con un valor tan reconocido es un triunfo ab initio del debate.

Pero la realidad es que las ideas de izquierda, vale decir estatistas, han tenido poco que ver con el progreso de las sociedades en que se han aplicado. Económicamente son una receta fracasada sin excepción alguna, y políticamente es difícil evitar que deriven en restricciones inaceptables de la libertad individual y, por ende, de la democracia.

Es lo que estamos viendo en Venezuela con imágenes que nos horrorizan a diario, con persecución de los opositores, violencia, ausencia total de las libertades políticas mínimas y una pobreza creciente, paradojal en un país productor de petróleo, con riquezas naturales y un clima privilegiado. Todo lo necesario para ser un país desarrollado, pero está al borde de caer en la categoría de Estado fallido.

Como todo caso extremo, nos coloca en una posición que hace imposible tener posiciones tibias, el chavismo ha llevado al país de don Andrés Bello a una dictadura ignominiosa. No hay matices, por ello las democracias desarrolladas del mundo han rechazado la violencia contra los opositores y ahora también el autogolpe que significó la instalación fraudulenta de la Asamblea Constituyente.

No existe un solo parámetro propio de la civilización política y jurídica de occidente que el chavismo no haya demolido, Nicolás Maduro va en el sentido contrario del progreso que ha tenido la humanidad en los últimos dos siglos, eso es evidente para todos, salvo para una parte de la izquierda chilena y, a juzgar por sus declaraciones, para el candidato presidencial de la Nueva Mayoría.

El senador Guillier ha naufragado en los lugares comunes, en las frases sin contenido alguno, en la indefinición total, frente a una realidad que no admite matices. El problema es que su silencio parlante significa, en sí mismo, una definición frente a principios fundamentales para una parte de sus socios y la inmensa mayoría de los chilenos.

Así el candidato presidencial ha logrado terminar de sacar a la centroizquierda chilena de la senda de progreso político que significaron los gobiernos de la transición. Una centroizquierda comprometida con la democracia, los derechos fundamentales y el desarrollo —aunque los persiguiera a través de políticas que yo considero equivocadas— podía pretender el calificativo de progresista. Un proyecto común entre la socialdemocracia y el socialcristianismo era una rareza en América Latina.

Pero Venezuela es la expresión material de que ya no existe ese proyecto común, porque no existe una comunidad de valores democráticos, porque donde unos ven dictadura otros ven democracia y respecto del candidato presidencial, todavía no sabemos lo que ve.

Así, Maduro ha hecho patente que una parte de la izquierda chilena, como la cabra del refrán, ha decidido “tirar para el monte”, y en esas laderas no hay progreso ni democracia posible. Una vez más los puños en alto, las explicaciones de “comité central” como las que justificaron en su momento los tanques entrando en Praga, las democracias con apellidos, los discursos que hablan de imperialismo, sedición, golpismo, desabastecimiento y acaparadores.

¿Progresismo? Ni en broma.

 

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

 

 

 

Ingresa tu correo para recibir la columna de Gonzalo Cordero