Se debe interiorizar que un gobierno como el de Nicolás Maduro actuará e intervendrá en la arena social y política ante cada oportunidad o elección que se le presente para poder perpetuarse ad eternum en el poder, y desde ahí comenzar a fraguar una estrategia. La ruptura de toda institucionalidad es un hecho y está claro que las inocuas llamadas de atención extranjeras no doblegarán la mano dictatorial del régimen.
Publicado el 01.01.2018
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El 2017 se ha ido. También en Venezuela. El año que pasó no fue el mejor y las huellas que dejó transitando un camino que fue de fracaso en fracaso han marcado tanto la memoria colectiva como la historia de esa nación. De nada sirvieron las oportunidades que hubo para hacer las cosas bien ya que, insistentemente, se hicieron mal.

El turbulento año pasado dejó hambre, muerte y miseria, demandas, protestas, presos políticos, sentencias del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) y acciones que sin duda desestabilizaron el orden constitucional. Si bien fueron varios los hechos que definieron el panorama durante los últimos doce meses, es innegable que algunos eventos políticos fueron más relevantes que otros, sensibilizando tanto a los venezolanos como a la comunidad internacional.

Así ocurrió con el intento de realizar un referéndum a fines de 2016 que, eventualmente, podría haber revocado la presidencia de Nicolás Maduro en 2017:  sin embargo, por las “trabas” impuestas por el Consejo Nacional Electoral (CNE), no pudo llevarse a cabo antes de la fecha necesaria. Otra situación clave afectó a la Asamblea Nacional (AN), plural y de mayoría opositora, que fue clausurada por el régimen, dejando sin efecto la voluntad de los electores que sufragaron en diciembre de 2015 para elegir dicho órgano gubernamental. Podemos mencionar también el 31 de julio, fecha en que se votó el proceso de la Asamblea Constituyente en donde el oficialismo obtuvo un 41,5% de los votos, instancia de la cual se restó la oposición por considerar que el sistema comicial fue ejecutado por el gobierno con miras a controlar y redactar una nueva Carta Magna que instaure finalmente una dictadura y, finalmente, las elecciones regionales celebradas el 15 de octubre, en donde el oficialismo, en un proceso claramente intervenido, obtuvo la mayoría de los sufragios.

Los hitos fueron varios, así como los intentos de diálogo entre las partes que, no bien iniciados, morían en las mismas discusiones de siempre. A esta situación se adicionaron las diversas polémicas y discrepancias surgidas desde la misma oposición que, más que trabajar en pos de la concordia, propiciaron con sus actitudes la división contribuyendo a la consolidación tiránica del desgobierno madurista, que usó y abusó de la confianza de un pueblo primero ilusionado, luego decepcionado y hoy por hoy abatido.

Así lo explica el consultor venezolano Armando Martini: “La pifia de dirigentes democráticos, políticos y empresarios, convencidos de que eran dueños del país nos trajeron a otros venezolanos que estaban seguros de lo mismo, pero a favor suyo, y que, además, eran lo suficiente indoctos como para dejarse seducir por una tiranía que hablaba mucho, manejaba la propaganda y llevaba explotando a un pueblo encadenado, oprimido, encerrado en su isla otrora próspera, ya en los 60 llevada a la miseria y convertida en una cárcel inhumana, atroz y cruel”.

Sin perjuicio de lo anterior y dejando claro que no existe afán por repartir culpas, es necesario que tanto los aciertos como los errores sean guardados en la memoria. Es imperativo hacer un análisis introspectivo y crítico de ellos y del propio actuar para determinar las razones y las consecuencias de cada decisión. De manera adicional, se debe interiorizar que un gobierno como el de Nicolás Maduro actuará e intervendrá en la arena social y política ante cada oportunidad o elección que se le presente para poder perpetuarse ad eternum en el poder, y desde ahí comenzar a fraguar una estrategia. La ruptura de toda institucionalidad es un hecho y está claro que las inocuas llamadas de atención extranjeras no doblegarán la mano dictatorial del régimen, por ende, se debe descartar el apoyo de organismos internacionales como la ONU, la OEA o la UE, ya que su “actuar” no pasará de ser una preocupación.

La acción deberá tener su génesis en la solidez de la oposición y en el aprovechamiento de oportunidades como las elecciones presidenciales de 2018. Esto sí será determinante para la definición de la crisis Venezolana. En pleno siglo XXI, en una era donde la lucha cuerpo a cuerpo ya no es factible, resta la organización y la desobediencia civil. La naturaleza de la guerra cambió, hoy se combate con armas psicológicas, sociales y políticas. Hoy se combate con unidad.

 

Natalia Farías, investigadora Centro de Estudios Bicentenario

 

 

FOTO: ALEJANDRO ZOÑEZ/AGENCIA UNO