El 1° de mayo Nicolás Maduro sorprendió a Venezuela y al resto del mundo con un nuevo golpe de Estado. Esta vez, la novedad ha sido la convocatoria a una Asamblea Constituyente, que pondrá fin al régimen vigente -seguramente lo considera culpable de la situación en que se encuentra el país- y que inaugura un nuevo sistema, aunque siempre dentro del chavismo.
Publicado el 06.05.2017
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Las noticias que llegan desde Venezuela son reiteradamente lamentables: la división social se ha profundizado, la movilización social cuenta con respaldo en la población a través de masivas convocatorias, pero también enfrenta una represión cada vez más violenta e irracional por parte del Gobierno, que ya ha dejado más de 30 muertos en el último mes.

El régimen de Nicolás Maduro sobrevive a pesar de la falta de apoyo, su evidente descomposición y la condena mayoritaria de la comunidad internacional. Esto mismo ha llevado a las autoridades del chavismo a responder con intransigencia frente a los llamados al diálogo, mientras contesta con armas a los llamados a las urnas.

La situación es dramática en lo político, lo social y lo económico, además de otras implicancias de carácter humanitario que se han transformado en una realidad penosa y persistente. ¿Qué hacer o qué esperar en estas circunstancias?

Es difícil saberlo. Quizá tenga razón su correligionario Pepe Mujica cuando dice que Maduro “está más loco que una cabra”, pero cuesta realizar un análisis a partir de esta situación. A esta altura, parece claro que el gobernante no se abrirá a una solución democrática del conflicto político, sino que profundizará el uso de la violencia, con nuevas iniciativas extra institucionales. Es necesario reconocer que las iniciativas y declaraciones internacionales son un estímulo espiritual importante, pero carecen de consecuencias prácticas para la población venezolana.

De hecho, ante la posibilidad de ser expulsado de la OEA, Maduro decidió adelantarse y retirar a Venezuela de la organización, con un fuerte discurso “antiimperialista” y sin presentar excusas por sus acciones. Ese fue el comienzo del contraataque, que seguramente quiere avanzar hacia la consolidación de la dictadura, sin poner en riesgo la conservación del poder, que es el objetivo central del chavismo.

En lo esencial, Venezuela tiene problemas de orden político e institucional, económico y social, a los que se pueden añadir la crisis humanitaria y la situación internacional.

Lo primero queda graficado en la incapacidad o imposibilidad de convocar a elecciones, a pesar de la petición de un referéndum revocatorio y del itinerario electoral previsto. A ello se suma el desconocimiento práctico que ha mostrado el régimen frente a las prerrogativas de la Asamblea Nacional, el control político sobre otros poderes del Estado y la consolidación de un régimen fuertemente militarizado.

Al no existir a la vista una solución constitucional, se abre espacio la resolución armada del conflicto, a través de un golpe militar o una guerra civil. Y, como la historia demuestra, ambas son soluciones muy duras; significan una manifestación de incapacidad política, acarrean muerte y destrucción, y son signo claro de fracaso institucional. En este caso concreto, todo indica que Maduro actuará previamente mediante un autogolpe para consolidar su propio poder.

La situación económica, por otra parte, tampoco mejorará. Se trata de un sistema mal organizado desde sus fundamentos, que contradice la importancia del trabajo técnico alrededor de la economía, que ha dilapidado las riquezas naturales de Venezuela y ha hecho desaparecer tanto la capacidad de emprendimiento como las inversiones. El resultado es una pobreza generalizada y con perspectivas de empeorar.

La situación social, desgraciadamente, también va por mal camino, con una polarización galopante que se suma a una desesperación creciente. Las movilizaciones muestran esto y han tenido como triste resultado un baño de sangre que en un mes ha dejado treinta muertos, muchos de ellos jóvenes que sólo luchaban por una Venezuela mejor.

El 1° de mayo Nicolás Maduro sorprendió a Venezuela y al resto del mundo con un nuevo golpe de Estado. Esta vez, la novedad ha sido la convocatoria a una Asamblea Constituyente, que pondrá fin al régimen vigente -seguramente lo considera culpable de la situación en que se encuentra el país- y que inaugura un nuevo sistema, aunque siempre dentro del chavismo.

Para esto ha declarado expresamente que no realizará una elección según el criterio “un ciudadano, uno voto”, sino que optará por una fórmula que sea semejante al congreso de los soviets (“¡Todo el poder para los soviets!”, proclamó Lenin hace exactamente un siglo en Rusia). Con esto dejará de lado a los partidos políticos, optando por una representación de base obrera y comunal, sectores que son controlados por la administración y que le permitirían obtener la “mayoría” a quien hoy tiene un respaldo minoritario en la población.

Todo esto ha sido acompañado de una puesta en escena oficialista en el contexto del día del Trabajador y con apelaciones expresas a la figura de Hugo Chávez, fundador del socialismo venezolano: “Será una Constituyente ciudadana, popular, obrera. Una constituyente chavista”, anunció Maduro. En otro momento señaló con emoción y casi rogando: “Ha llegado el día. No me fallen, no le fallen a Chávez”. Por otro lado, no dejó de hacer una de sus críticas más tradicionales: “Necesitamos reformar el Estado. Sobre todo esa Asamblea podrida que está ahí”, extremando el conflicto y desconociendo a esa institución de origen democrático.

En los hechos, se trata de la consolidación de una dictadura política en una fórmula más parecida a la Cuba de los Castro, que organiza un modelo que le permite hacer diversas piruetas, pero nunca considerando la posibilidad de dejar el poder. Por eso las perspectivas son cada día peores y las nuevas circunstancias pueden llevar a la desesperación a la población que hoy se moviliza, y que esperaba un cambio pacífico hacia la democracia. Hoy, en la práctica, ni siquiera la mediación del Papa Francisco tiene posibilidades de hacer viable un acuerdo en Venezuela.

Venezuela puede y debe salir adelante. Eso, con certeza, no ocurrirá con las revoluciones del siglo XXI, como no sucedió en otras partes con las del siglo XX. Una buena manera de comenzar el camino hacia el progreso es un pronto llamado a elecciones, que el pueblo resuelva el conflicto y que se abra un camino de esperanza y de paz. Aunque eso, lamentablemente, se ve cada día más difícil.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España

 

 

FOTO: MARIO DAVILA/AGENCIAUNO