UNASUR fracasó por las mismas razones que todos los intentos similares en América Latina: porque se ha hecho costumbre poner el acento en el estruendo más que en el trabajo persistente; porque en la región del globo que tal vez ha producido más iniciativas de integración, los ideólogos de UNASUR partieron con objetivos inconfesables, metas incumplibles e ideas inviables.
Publicado el 04.05.2018
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El anuncio sobre la suspensión temporal de su participación en UNASUR por parte de seis países miembros (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú) es el resultado lógico de la paralización que afecta al organismo desde hace ya largo tiempo y la primera etapa de un fin más que previsible de la entidad, que pasará a la historia como una utopía más, de las que suelen obnubilar las mentes de los líderes políticos latinoamericanos, para desgracia de sus pueblos. El proceso de creación, desarrollo y, finalmente, desplome de ese auténtico elefante blanco conocido como UNASUR merece ser analizado con detención, para extraer de él lecciones valiosas para el futuro de la región. Con ese noble objetivo en mente, procedamos a hacer, a modo de primicia, una anticipada autopsia del albo paquidermo.

Los orígenes: UNASUR surgió de una serie de encuentros sostenidos por los jefes de Estado de América del Sur, entre los años 2004 y 2007. El principal impulsor de la nueva entidad fue el gobierno brasileño, encabezado entonces por el Presidente Lula da Silva. A Brasil le interesaba formar un bloque subregional que tuviera por objeto lograr la integración entre todos los países de Sudamérica. El objetivo no declarado era dejar fuera de su ámbito a los Estados Unidos y a México. En otras palabras, un “traje a medida” para proyectar el liderazgo de Brasil y de Lula, en particular.

El trasfondo político que impulsó este nuevo sistema de integración en América del Sur se caracterizó por las coincidencias ideológicas compartidas por los gobiernos de izquierda en la región. Había diferencias de matices entre el chavismo venezolano, el petismo brasileño, el masismo en Bolivia, el peronismo kirchnerista en Argentina y el socialismo de Bachelet, en Chile. Pero por encima de las divergencias, todos ellos compartían una inalterable devoción por la revolución cubana y su líder, Fidel Castro, a quien siempre consideraron como su mentor.

El factor económico influyó de manera decisiva en la rápida evolución y crecimiento de UNASUR. La disponibilidad aparentemente inagotable de petrodólares y los ingresos nunca antes conocidos por efecto del boom en el precio de los commodities que exporta la región abrieron paso a la imaginación desbordada al momento de diseñar el proyecto de integración. Pensando “en grande”, se imaginó una integración al estilo Unión Europea, en la cual no se dejó nada en el tintero (con razón se dice que “el papel lo aguanta todo”) y, entre otros asuntos, se contempló un Parlamento para UNASUR, una moneda común y todo tipo de instancias políticas para la integración total en lo político, económico, social, cultural, etc. Hasta se consideró un sistema de defensa común para los países miembros.

Así, la organización pasaba a ser la cura para todos los males de nuestra vapuleada región. Pero si eran tantas las buenas ideas, ¿por qué fracasó?

UNASUR fracasó por las mismas razones que todos los intentos similares en América Latina, como quien lanza fuegos artificiales hacia la inmensidad del cielo: porque ya se ha hecho costumbre poner el acento en el estruendo, más que en el trabajo gradual, seguro y persistente; porque en América Latina, tal vez la región del globo que ha producido más iniciativas de integración, los ideólogos de UNASUR partieron con objetivos inconfesables, metas incumplibles e ideas inviables; porque en vez de identificar certeramente los problemas comunes más fáciles de abordar con criterios colectivos y cooperación efectiva, se fijaron objetivos maximalistas inalcanzables.

Finalmente, fracasó porque, como suele suceder en esta parte del mundo, se redactaron extensos documentos con claros compromisos que, al momento de las fotografías y de las cámaras, convocaban a todos, pero que a la hora de cumplirlos todos, o casi todos, dejaron de hacerlo. Esto ha sido especialmente verdadero en el incumplimiento de las normas básicas relativas a la convivencia democrática y el respeto a los derechos fundamentales por parte del régimen chavista en Venezuela. Los países del ALBA han sido incapaces de hacer cumplir el Protocolo Complementario al Tratado Constitutivo de UNASUR sobre Compromiso con la Democracia. Cuando se suscriben compromisos tan claros como los que contiene dicho instrumento, pero luego no se hacen cumplir, es que los fundamentos mismos de la organización son letra muerta.

No menos importante es el hecho de que, al fijar tantos y tan altos objetivos de integración, se requería establecer un sistema de aprobación que les diera legitimidad y sustento. Y como inicialmente hubo gran coincidencia y clara conciencia de que se caminaba de la mano hacia los objetivos revolucionarios de integración, se estableció el consenso como norma de aplicación general para la aprobación de las decisiones en UNASUR.

¿Qué lecciones deja esta experiencia? Primero, no crear organizaciones multilaterales con objetivos inconfesables. Segundo, si se pretende la integración como objetivo, no es bueno partir excluyendo a actores legítimos. Tercero, si se apunta a avanzar en democracia y desarrollo económico, el principal ejemplo y motivación no puede ser la Cuba de Fidel Castro. Y finalmente, cuando se pretenda avanzar hacia una efectiva integración no se pueden desafiar las leyes de la naturaleza, ni los fundamentos de la economía ni los principios básicos de convivencia democrática y la defensa de los derechos humanos. Esto, sólo para resumir. Las conclusiones definitivas las entregaremos junto a la autopsia final de este elefante blanco.

 

Jorge Canelas, cientista político

 

 

FOTO: DAVID CORTES SEREY/AGENCIAUNO