La situación que enfrentan hoy los tres liceos con más tradición y exigencia del país es, tal vez, el fin de la única puerta de entrada a la educación superior, para miles de niños con una capacidad de superación excepcional.
Publicado el 26.08.2016
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Los alumnos de los tres liceos más emblemáticos del país, el Instituto Nacional, el Liceo Victorino Lastarria y el Internado Nacional Barros Arana, ya tienen hoy al menos una rueda menos, de las cuatro que han impulsado los patines de decenas de generaciones.

Muchos nos preguntábamos por qué el Gobierno se estaba mostrando tan pasivo, cuando esta semana se confirmó que esos tres colegios perderían su condición de “Excelencia” y, con ello, la subvención especial que reciben (que en el caso del Instituto Nacional es de 20 millones de pesos mensuales). Hasta que escuchamos al Jefe de Educación General del Mineduc, Juan Eduardo García Huidobro, en una entrevista en la radio, ayer en la mañana: “(…) si me preguntan si el modelo del Instituto Nacional, un colegio tremendamente selectivo, es lo que se está buscando en la política, le diría que no. Se busca lo contrario, de que haya un ingreso lo más imparcial posible a los establecimientos”.

De manera que no es accidental lo ocurrido con los liceos más emblemáticos del país, que acogen a los alumnos de más alto rendimiento académico en la educación pública, la mayoría de familias vulnerables. En otras palabras, y tal como lo señaló de manera tan explícita el encargado del Mineduc, que al Instituto Nacional se le quite su condición de “excelencia”, es uno de los objetivos de la reforma educacional.

Por esa razón, el Gobierno frenó la expansión de los 60 Liceos Bicentenario, símiles del Instituto Nacional en todo el país, creados entre 2010 y 2013; y que en la última prueba SIMCE mostraron resultados incluso por encima del promedio de colegios particulares.

Progresivamente se fue desarraigando la cultura de rigor académico, de exigencia y disciplina, que ha caracterizado a los liceos emblemáticos y, especialmente, al Instituto Nacional.

Primero fueron las tomas y la legitimidad que les dio la izquierda, como una forma más de protesta social. De la toma a la pérdida de respeto y al debilitamiento del liderazgo de los rectores, había un paso y medio. La palabra disciplina pasó a la lista de malas palabras, junto con autoridad, privado, SIMCE, lucro, represión, selección, mercado, etc.

En pocos años se construyó una realidad: los liceos de primer nivel eran bienes públicos, susceptibles de ser tomados, si la asamblea de alumnos así lo decidía, y en los cuales la autoridad del sostenedor (alcaldes), rector, profesores y padres, valían, perdonen la poca finura, hongo.

Y el proceso avanzó. En el año 2014 nos enteramos de que el Frente Patriótico Manuel Rodríguez había sido invitado por un grupo de alumnos para una charla sobre “la política de la rebelión popular de masas”. Los convocantes se ampararon en la Constitución (la de Pinochet, ciertamente), para defender su “libertad de expresión”.

¿El fruto de todo lo anterior? El boicot contra el SIMCE, organizado el año pasado por el centro de alumnos. Porque “las pruebas estandarizadas solamente mantienen un sistema de competencia y fortalecen la brecha de desigualdad entre el sistema público y el privado”, dijo esta semana el Presidente del Centro de Alumnos del IN, de 18 años; y nos explicó, luego, que “la excelencia académica se ve en otras formas y es lo que lamentablemente una prueba estandarizada no puede ver”.

García Huidobro, el responsable de los colegios públicos en el Gobierno de la Presidenta Bachelet, está tranquilo. Dijo, en la misma entrevista en Tele13 Radio, que tal vez esos estudiantes, que suman desde 2011 a la fecha más de un año de días de toma, “son mejores personas, más reflexivos”: “Uno no puede descartar que ese tipo de actividades (tomas), que los muchachos han estado realizando, no les haya dejado también un conjunto de valores que a lo mejor va a ser muy importante para sus vidas”.

Esta es la situación que enfrentan hoy los tres liceos con más tradición y exigencia del país, aquellos cuyos resultados académicos les han permitido a generaciones y generaciones traspasar una condición social vulnerable o incluso de extrema pobreza. Es, tal vez, el fin de la única puerta de entrada a la educación superior, para miles de niños con una capacidad de superación excepcional.

Todos deberíamos sentir muchísima rabia hoy.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile. 

 

 

FOTO:FRANCISCO CASTILLO D./AGENCIAUNO

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