Todo parece indicar que las penumbras, disfrazadas ahora de mesianismo, irrumpieron en las mentes de quienes presumieron que todas las reformas introducidas y aquellas aún por introducir no tendrían ni tendrán efecto alguno en la actividad.
Publicado el 25.07.2015
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Hasta hace muy poco tiempo atrás, en Chile amanecía más temprano. Con la reforma al sistema horario que nos regía hasta hace un año, la noche se extendió y la luz del sol fue reemplazada por un manto de penumbra que cubre a Chile de norte a sur, dificultando el inicio de actividades tan diversas como las clases en los colegios, las labores agrícolas, la construcción y, por cierto, el desplazamiento de las personas, por razones de seguridad.

Pareciera ser todo un símbolo de lo que ocurre hoy en el país. Porque donde antes había claridad, hoy todo parece más oscuro, como si el manto matutino de penumbra que viste nuestras ciudades hubiera decidido mezclarse en todos los aspectos del quehacer nacional, expresándose de distintas formas.

De omisión en la ética, de ineficacia en el oficialismo, de estancamiento en la economía, de abandono en el crecimiento, de desconfianza en lo político, de impunidad en lo delictual, de inseguridad en la vida diaria, de paralización en la educación, de pesimismo en la población y hasta de incredulidad en lo internacional; porque incluso el brillo de nuestra estrella solitaria, que tanta admiración causaba más allá de nuestras fronteras, parece haberse opacado.

¿Cómo pudo ocurrir que en tan poco tiempo un país en vías de derrotar la pobreza, exitoso y admirado mundialmente, terminara siendo llamado un país latinoamericano más, como lamentablemente se nos ha tildado por estos días desde el exterior?

Todo parece indicar que las penumbras, disfrazadas ahora de mesianismo, irrumpieron en las mentes de quienes presumieron que todas las reformas introducidas y aquellas aún por introducir no tendrían ni tendrán efecto alguno en la actividad; que serían neutras en las decisiones que hubo y habrá que tomar y que el país seguiría en su senda de crecimiento y éxitos como si nada hubiera ocurrido.

Fue ese mismo mesianismo el que ignoró las advertencias de quienes, con la claridad que brinda el conocimiento experto y la experiencia, indicaron en su momento que las reformas, como habían sido diseñadas, influirían negativamente en el desarrollo del país, con el consiguiente impacto en el combate a la pobreza y la desigualdad.

Los porfiados hechos han demostrado quiénes tenían razón, lo que llevó al gobierno a cambiar los principales conductores, a reconocer los errores y a ofrecer últimamente “realismo sin renunciar”.

Si bien es cierto que esto genera esperanzas en que podría haber un cambio de rumbo o al menos de intensidad en el reformismo, este dicotómico pronunciamiento aún requiere traducción, porque podría ocurrir que el “realismo” signifique “debo cambiar”, pero el “sin renunciar”, “no lo quiero hacer”.

Cuál vaya a ser la traducción se podrá comprobar rápidamente una vez que termine el trámite constitucional de la reforma laboral. En función de lo que se apruebe sabremos si lo que prima es el cambio de rumbo o, por el contrario, que todo siga igual.

El ministro Máximo Pacheco prometió revisar su reforma en 2016. Si volvemos al sistema horario vigente hasta hace un año, y si el realismo vence al sin renunciar, en Chile volverá a amanecer más temprano, reemplazando el brillo del sol a las penumbras  que cubren a nuestro país. Es de esperar que así sea para poder evitar que, a futuro, las actuales y futuras generaciones tengan que lamentar los años perdidos.

 

Jaime Jankelevich, Consultor de Empresas.

 

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO