Si el problema de la educación en Chile es su alto costo, no es posible que la reforma estrella no aborde la larga duración de nuestros programas. Una realidad que sólo tiene una explicación en un paradigma de formación que está desconectado del mundo.
Publicado el 04.07.2016
Comparte:

El envío de la esperada reforma a la educación superior no ha estado libre de avatares. Atrasos injustificados -nadie entiende cómo la que fuera la reforma estrella del programa de gobierno aún presente dudas en el Ejecutivo sobre cómo materializarse. ¿Es que todo fue un oportunismo?-, imprecisiones, una preferencia injustificada por las instituciones de propiedad del Estado, y ahora, filtraciones sobre el mecanismo que se pretende implementar la gratuidad, la cual ha dado bastante que hablar.

Y es que parece no dejar contento a nadie. Por un lado, desde las universidades estatales consideran que lo mostrado hasta ahora es paupérrimo en relación a la cantidad de expectativas que se han generado. Por el otro, las universidades privadas –tanto en el CRUCH como fuera de él- ven con distancia la propuesta que se ha filtrado por ser intrusiva al mismo tiempo de exponer su sostenibilidad financiera y autonomía institucional. En medio, miles de jóvenes y sus familias que no tienen certeza, a meses del fin del año legislativo, sobre su continuidad de estudios porque aún no se sabe cómo se dará solución al financiamiento de la gratuidad 2017.

Además, de los debates sobre la injustificada primacía de las instituciones estatales y con ello, la segregación del sistema y lo abusadora de la nueva regulación que pretende fiscalizar la inexistencia de lucro, llama la atención la poca capacidad de innovar, centrando el debate en cuestiones accesorias y evadiendo hacerse las preguntas que debemos solucionar para adaptar nuestro actual sistema de educación superior y sus problemáticas a los desafíos que nos plantea el Chile del siglo XXI.

Y es que esta reforma, que se ha ido conociendo a cuenta gotas, está estructurada sobre una visión totalmente añeja de la educación. Una visión que con una nostalgia del pasado rechaza hacerse las preguntas necesarias para el Chile del mañana; ¿Existen soluciones más eficaces para dar respuesta a los altos costos que deben absorber las familias? ¿No se ven los riesgos de segmentación en el sistema producto de este “novedoso” mecanismo de financiamiento? ¿Qué tan adaptado está nuestro sistema de educación superior para generar profesionales con capacidad de adaptación ante el rápido cambio tecnológico? ¿Qué tan integrado está el sistema en la red de educación mundial?

Uno de los hechos que mayor disenso ha generado ha estado relacionado con la propuesta de fijación de aranceles para la gratuidad y otros beneficios socioeconómicos, exponiendo con ello la autonomía financiera de las instituciones. Nótese que frente a esto, existe una cuota de ingenuidad no menor que se asemeja a la fe ciega que se tenía en la fijación de precios de algunos modelos de desarrollo propios de la mitad del siglo XX. Porque ante la existencia de casi 12.000 programas que hoy se ofrecen -todos con distintos enfoques y objetivos-, ¿cómo asegurar que a cada institución se le pague lo que corresponda?. ¿Acaso no hay soluciones alternativas que no expongan tanto a las instituciones? Para responder a esto habría que dejar esa nostalgia que parece enturbiar la razón y asumir que existen soluciones más eficaces. Una buena recopilación de respuesta se puede encontrar, por ejemplo, en el documento de síntesis de la comisión presidencial de financiamiento de la educación superior de 2012.

Por otro lado, llama la atención que no se hable sobre la alta duración de las carreras. Es como si hubiera un silencio concertado de parte de todos los actores relevantes. Si el problema de la educación en Chile es su alto costo, no es posible que la reforma estrella no aborde la larga duración de nuestros programas. Una realidad que sólo tiene una explicación en un paradigma de formación que está desconectado del mundo -basta ver los cambios que emprendió Europa con el proceso de Bolonia o  cómo funciona el sistema en EE.UU- y que puede tener un alto impacto en abaratarle la enorme carga financiera que deben asumir las familias. Mal que mal, nuestras carreras de educación superior son unos 46% más largas que el promedio OCDE. Una enorme oportunidad de hacer más accesible la educación sin poner en riesgo los proyectos institucionales.

Si queremos avanzar en un sistema de educación superior que respete la diversidad que se ha ido generando a partir de las mismas elecciones de los estudiantes, que logre vencer la inútil y excesiva rigidez hoy existente -que hace que el costo de equivocarse sea altísimo y que genera insatisfacción-,  que permita una articulación armoniosa entre los distintos niveles y que permita a los profesionales ser agentes de cambio críticos, en un mundo en constante cambio el cual presenta nuevos desafíos día a día, es que debemos avanzar por una senda muy distinta a la que se pretende con esta propuesta mal encaminada que solo se sustenta en una nostalgia con olor a naftalina.

Cristóbal Ruiz-Tagle C.
Dirección de Estudios IdeaPaís