No todo está perdido: todavía quedan entre nosotros personas que están dispuestas a actuar con honorabilidad y desinterés.
Publicado el 02.04.2015
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Volvía hace algunos días desde las Rocas de Santo Domingo a Santiago con mi señora y se nos ocurrió, a 10 km de la partida, parar a comprar frutillas a la orilla del camino. Al intentar abrir la maleta para dejar las frutillas, el sistema eléctrico del auto falló, y como es automático quedó completamente inmovilizado, sin siquiera darnos la posibilidad de subir el vidrio de la puerta del piloto.

Yo me inquieté porque me dirigía a Santiago a ver un partido de la UC. En mi defensa, diré que no sólo me movía mi proverbial fanatismo por la franja, sino que además tenía que llegar adelantado, pues Cruzados iba a efectuar un homenaje a su ex Presidente, Jaime Estévez, poniendo su cuadro en la galería del salón principal del estadio; pequeña ceremonia a la que habíamos invitado a los parientes más cercanos de Jaime y en la que yo tenía que pronunciar un breve discurso.

Y entonces, con esa determinación de los hombres acostumbrados a la acción, y también de los caballos de tiro, sólo una idea permaneció en mi cabeza: debía llegar luego a San Carlos de Apoquindo.

Aparecieron entonces los buenos samaritanos. El primero fue Ladislao, que detuvo su auto ante mis poco discretas señales para que nos llevara. No nos conocíamos, aunque sí nos “ubicábamos” (esa categoría tan chilena), pues conocía a sus hermanos y a su hermana menor Andrea, fanática también de la UC. Accedió a llevarnos junto con nuestro equipaje; y con él y su señora Patty pronto estábamos conversando animadamente.

Mónica, mi mujer, que atina bastante más que yo en situaciones prácticas, discurrió antes de partir que sería conveniente ofrecerle al muchacho que atendía el puesto de frutillas, un joven de unos 12 años, una propina para que cuidara el auto que quedaba abandonado y con una ventana abierta, por un tiempo indeterminado, que sólo podía estimarse a partir del momento en que su dueño alcanzara su anhelado destino. Este detalle es importante para la conclusión de esta historia.

Concluida exitosamente la ceremonia en que instalamos el cuadro de Jaime, quien recibió también una camiseta con el apellido Estévez grabado en el dorsal y en medio de la celebración de los goles de nuestro querido equipo que apabullaba a Barnechea, hube de recurrir a un amigo para iniciar el rescate del auto.

Hermann, uno de esos amigos que no te falla y que provocaba nuestra envidia en Santo Domingo, pues acababan de tomar la decisión con su señora de radicarse allá, sería vital en el rescate. Nuestra envidia no sólo tenía que ver con la placidez de su nueva existencia, sino además con el hecho que luego de un par de meses nos había superado largamente en el golf, aunque él aseguraba que era una calumnia nuestra afirmación de que jugaba todos los días, pues, alegaba, el Club permanecía cerrado los lunes.

Hermann tenía la delicada misión de entregar el vehículo a la grúa del seguro de asistencia que yo había contratado junto con el de accidentes y al que ahora sí podía llamar para que se hiciera cargo del siniestro, cuestión que no podía realizar sin alguien que le entregara el auto. Para ello, mi amigo debía dejar la comodidad de su casa y viajar al lugar de los hechos, atento a una llamada telefónica. Mi señora me recordó que sería conveniente que Hermann le entregara un billete al muchacho del puesto de frutillas, cumpliendo así lo prometido.

Cerca de las doce de la noche llegó el auto a Santiago y con la buena voluntad del conductor y de mi hijo logramos luego de una hora de trabajo depositarlo en tierra, tarea que no fue fácil porque continuaba inmovilizado. Agotados pero felices con el triunfo de la UC y la recuperación del auto nos fuimos a dormir.

La llamada al otro día para agradecer a Hermann nos deparó una sorpresa. Consultado sobre el cumplimiento del encargo de entregar la propina al novel cuidador del auto, nuestro amigo nos respondió que no se pudo realizar. La mamá del muchacho, una mujer joven, le dijo a su hijo que no podía aceptar el billete que Hermann le ofrecía, pues en situaciones de emergencia había que ayudar a la gente y había que hacerlo desinteresadamente.

Una lección de vida que vale más que muchos años de educación formal y que esa joven mujer le regaló a su hijo, devolviéndonos de paso la fe en nuestro país, que en los tiempos que corren parece en ocasiones flaquear.

 

Luis Larraín, Foro Líbero.

 

 

FOTO: JONAZ GOMEZ SANCHEZ/AGENCIAUNO

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