La nueva coalición en proceso de formación no cuenta aún con una agenda explícita ni puede decirse instalada firmemente en los puestos de mando.
Publicado el 08.07.2015
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I

Durante las últimas semanas presenciamos el surgimiento de algo que la literatura especializada llama una coalición discursiva. Esto es, una asociación de actores -individuales y colectivos, personas y grupos- que comienza a formarse al interior de la élite gubernamental y sus redes de poder en torno a un lenguaje común, una misma forma de interpretar el contexto, definir los problemas a la mano y proponer cursos de acción y posibles soluciones para ellos.

Es un fenómeno de la máxima importancia de cuya evolución depende el curso de la administración Bachelet y, eventualmente, su éxito o fracaso.

En columnas previas describimos la competencia entre un bloque rupturista (la retroexcavadadora) y un bloque reformista (el gradualismo) y el progresivo adelantamiento del segundo sobre el primero.

También señalamos que no se trata propiamente de bloques cementados en torno a contenidos asentados, visiones de mundo antagónicas o ideologías fuertemente arraigadas.

¿Cómo entender entonces esas corrientes, vertientes o planteamientos dentro de la actual coyuntura nacional?

Sostenemos que la mejor manera de hacerlo es bajo el concepto de una emergente coalición discursiva que se distingue dentro de la alianza programática denominada Nueva Mayoría (NM), la cual dio origen a la actual administración. Esta alianza se identifica con la Presidenta Bachelet y con un programa de cambios estructurales para asegurar una mayor igualdad. La NM se organizó en torno a un núcleo que buscó explícitamente romper con la antigua Concertación, cuyos partidos, sin embargo, constituyen su base de sustentación.

No necesito explayarme aquí sobre la fugaz trayectoria ascendente de ese núcleo al asumir exitosamente el gobierno Bachelet ni explicar cómo, durante el primer semestre del presente año 2015, dicho núcleo perdió, con la remoción del eje Peñailillo-Arenas, el mando de la administración Bachelet.

II

Ahora la parte interesante. En la misma medida que ese núcleo de conducción del gobierno perdía su poder y se precipitaba desde las alturas, aparecía dentro de la élite gubernamental y la NM un planteamiento alternativo a aquel originalmente contenido en el programa presidencial, dando lugar poco a poco a una nueva coalición discursiva.

En su nacimiento, esta coalición combina dos líneas argumentales convergentes.

Por un lado, la línea del posibilismo, señalizada mediante términos como moderar, priorizar, acotar, ralentizar, graduar, ajustar, arreglar, ordenar, reducir y todos sus matices asociados como costear, contener, flexibilizar, disminuir, aminorar, ceñir, restablecer, simplificar, aclarar. Por otro lado, la linea de la inclusión, que subraya ideas tales como acordar, concordar, converger, escuchar, conversar, persuadir, negociar, conjugar, aceptar, conciliar, componer, templar, conformar, convenir.

Ambas líneas se separan del discurso gubernamental inicial, el cual -se recordará- insistía por un lado en la rapidez, drasticidad, simultaneidad y profundidad del cambio, siendo las metáforas preferidas afectar los cimientos, usar la retroexcavadora, ir al fondo, hacer lo que no se hizo en 20 años, terminar con “la medida de lo posible” y, por el otro, en imponer la mayoría, escuchar pero sin apartarse del programa, la intangibilidad del mandato popular, no más acuerdos ni transacciones.

La nueva coalición discursiva debió abrirse paso frente a la densa bruma del dogmatismo y a un ingenuo optimismo político que imaginaba una sociedad sin pliegues, un orden sin resistencias, en fin, una realidad sin asperezas, infinitamente moldeable, dispuesta a moverse al compás de las intenciones y los comandos de la autoridad política.

III

En cuanto al diseño estratégico del bloque programático-rupturista fracsó en tres frentes, donde la retroexcavadora se detuvo de golpe al hundirse en las arenas movedizas o pantanos de la polis.

En primero lugar, el cuadro económico mudó con relativa rapidez. Comenzó a caer la inversión, el crecimiento y el consumo mientras el empleo privado se debilitaba y la deuda de las familias aumentaba. Al llegar el otoño, las expectativas de un gasto fiscal expansivo caían al suelo. El gobierno debió reconocer que el menor crecimiento de la economía mundial y el fin de la bonanza de los commodities, junto con el ruido causado por la retórica rupturista, estaban produciendo un enfriamiento de la economía chilena.

Se tornaba imprescindible, por tanto, introducir un mayor orden en las políticas y las prioridades, reducir las expectativas, preocuparse de la eficiencia del gasto y de la productividad de las personas y las empresas. No era posible hacer de inmediato, simultáneamente y de manera atolondrada cambios en el régimen tributario, la educación, las reglas de probidad y transparencia, las relaciones laborales y sindicales, junto con atender problemas críticos de reconstrucción en el norte y sur del país, de seguridad ciudadana, salud, transporte y, además, proyectos de mediano plazo de reforma constitucional y descentralización regional.

La saturación de la limitada capacidad técnica y política del Estado y los déficit de gestión política de la conducción de gobierno hacían imposible entrar en una fase desbocada de cambios.

En segundo lugar, se agregaba un clima tóxico en la polis, generado por el ciclo de escándalos en la interfase entre política y negocios, riqueza y poder. De un día para otro, en pocas semanas, dos élites centrales de la sociedad capitalista democrática –la política y la empresarial- se encontraron desnudas caminando por las calles de la ciudad, ante las cámaras y las pantallas, sobre las portadas de los diarios y noticiarios y vibrando en las redes sociales con esa mezcla de resentimiento y satisfacción causados respectivamente por el éxito y el fracaso de “los de arriba”.

De golpe, el poder aparente de ambas élites se vio empequeñecido. En el caso del sector privado por la revelación pública de que las virtudes empresariales se habían transformado en vicios; en el sector público por la revelación de que los vicios privados de los servidores del Estado ponían en duda la virtud republicana. Uno y otro grupo de distinguido status quedaban envueltos en un tupido velo de asombro e indignación perdiendo, si no su fuerza material, algo igual o más valioso: su prestigio y poder simbólico.

De esta forma el campo de maniobra del gobierno para implementar su ambicioso programa rupturista se redujo, quedando expuesto a los vaivenes de la opinión pública y el favor de las encuestas.

En tercer lugar, y como consecuencia de los factores anteriores, el núcleo de conducción gubernamental -conformado por la Presidente, su gabinete de ministros, las directivas de los partidos de la NM y los grupos parlamentarios- se vio tensionado al máximo siendo desbordado en su capacidad de respuesta. Cercado por una opinión pública hostil y acosado por una creciente afinidad entre prensa y fiscales, debió ceder terreno y terminó arrinocando.

A la debilidad propia de una conducción cuyo aura se había deteriorado, empezó a sumarse el descontento interno de los propios partidarios del gobierno, la mala gestión política del ministerio Peñailillo-Arenas y la sensación cada vez más extendida de que el liderazgo presidencial se había paralizado.

Las condiciones estaban dadas, pues, para que la crítica tomara vuelo y el escenario se abriera a la exploración de alternativas.

IV

La nueva coalición discursiva nace y se desarrolla en estas circunstancias, poniéndose a marchar sobre el doble carril del posibilismo y el concordismo.

En el sector de la educación, el cambio ministerial parece estar inspirado en esas mismas dos líneas. Una ministra incluyente (es su mensaje desde el primer día) que pretende ordenar una agenda posibilista; no rupturista, sino reformista, y en serio.

El equipo Burgos-Valdés ha insistido también en todos los tonos posibles que su voluntad es escuchar, conversar y generar acuerdos para llevar adelantar una agenda de reformas realistamente planteadas y financiadas. Se espera que el nuevo ministro de la Secretaría de la Presidencia, adaptándose a las circunstancias, se integre armónicamente a la coalición discursiva en proceso de formación.

Desde ya, ésta incorpora la médula del gabinete y, si se atiene uno a sus declaraciones más recientes, a las directivas del PDC, el PS y el PR, así como a un grupo en crecimiento de dirigentes políticos, entre ellos varios senadores, diputados y dirigentes partidistas. Entre los partidos de la NM, solo el PPD y el PC se mantienen al margen de la nueva coalición discursiva, insistiendo en la idea de que el programa debe ser cumplido al pie de la letra y buscando contrarrestar el discurso reformista/posibilista emergente.

Además, la coalición discursiva emergente obtiene respaldos tácitos o implícitos de diversos otros sectores de la sociedad, particularmente segmentos de clase media que luego de votar por la Presidenta Bachelet se habían alejado de su administración, cuadros político-técnicos identificados con la Concertación, ocupantes de diferentes tribunas públicas, segmentos de empresariado especialmente de tamaño mediano y pequeño y otros grupos alentados por el giro discursivo.

V

Con todo, la nueva coalición en proceso de formación no cuenta aún con una agenda explícita -ahora de contenidos, sustancia, con objetivos, medios y recursos- ni puede decirse instalada firmemente en los puestos de mando. Faltan todavía una definición clara y precisa de la Presidenta; una consolidación del equipo político bajo la dirección del ministro del Interior; una demarcación de la hoja de ruta por parte del Ministerio Secretaría de la Presidencia; una presentación del presupuesto de la Nación 2016 que dé cuenta del manejo cuidadoso del gasto público, de los incentivos para el crecimiento y las prioridades sectoriales.

Una vez reunidos esos requisitos será posible comenzar a hablar de una institucionalización de la coalición discursiva emergente. Y recién entonces podrá esperarse de ella una participación decisiva en el planeamiento, formulación e implementación de las políticas públicas de la administración.

Hasta ese momento, la situación permanecerá indefinida, creando incertidumbre y evolucionando al ritmo de las pugnas entre la nueva coalición discursiva y las fuerzas que pugnan por restablecer la retórica programático-rupturista y el espíritu refundacional que se originó junto con el gobierno Bachelet.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: MARCELA SEGURA/AGENCIAUNO.

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