Lo cierto es que después de todo esto, lo único que se puede concluir es que antes que Presidenta, usted es madre, y como madre siempre podrá y buscará perdonar los errores de sus hijos, aun en desmedro de la institucionalidad del país.
Publicado el 18.02.2015
Comparte:

Señora Presidenta: Hoy en día pocos escriben cartas. Es un arte que ha caído en el olvido. Sin embargo, a través de la historia es uno los géneros literarios más apreciados, por la intimidad y sinceridad que acompañan a cada letra. Es por eso que en vez de una columna, escribiré una carta, como se hacía antes. Dejemos de lado la distancia de un e-mail, chat, o la tribuna de un periódico, y digamos las cosas como se decían antes, con cercanía y honestidad.

En honor a esto último, no espere usted sólo palabras dulces. Si me permito ser franco, es porque hay mucho que ventilar, bueno y malo. Como sea, me imagino que esta no será la única carta que usted, por su alta dignidad, recibirá. No se preocupe, que no quiero pedirle nada. Esta es una carta con algunas humildes opiniones, de un ciudadano cualquiera, que no milita en ningún partido y que tampoco le debe favores a nadie.

Permítame en primer lugar presentarle mis sinceros respetos. Para una madre debe ser siempre difícil tener que tomar decisiones duras sobre los hijos. Pero como usted bien sabe, al final todo castigo es por su propio bien. Quizá Sebastián haga un par de pucheros, e incluso alguna pataleta. No se preocupe. Al poco tiempo se le pasará y estará jugando con sus autitos, así que quédese usted tranquila. Sin embargo, quizá sería oportuno mencionarle que por sobre el castigo está el fin del mismo, es decir, buscar que el niño aprenda a no cometer los mismos errores. Por eso es importante aprender a reconocer las faltas, y no sólo pedir perdón porque sí. Y a Sebastián le faltó sinceridad. ¿Para qué renunciar si se niegan las culpas? Es como aceptar un castigo alegando al mismo tiempo total inocencia. Por lo demás, si bien esto escapa a su potestad, ¿para qué castigarlo si de todas formas igual disfrutará haberse salido con la suya? Es verdad, quizá no era tanta plata, pero el gesto es importante.

En segundo lugar, y dejando a Sebastián aparte, creo que la culpa también es en parte suya. Y es que cuando los niños hacen la grande, lo propio es que los padres pidan disculpas. Así pasaba conmigo, muy frecuentemente según mis padres. Pero pese a los coscorrones, castigos y semanas sin tele que me caían en privado, mis padres siempre dieron la cara. Entre adultos es distinto, muy cierto. Pero la analogía no es muy lejana si en una relación de trabajo priman factores familiares. Usted colocó a su hijo, y de la misma forma en que se espera que el Presidente responda por lo que haga su Primera Dama –cargo totalmente sui generis-, usted debió responder por el Primer Hijo. Al menos algunas palabras de buena crianza, así entre compatriotas.

Finalmente señora Presidenta, el fondo del asunto es que usted quedó como la mona. Ya ya! Es verdad que en la derecha también se portan mal. Pero ¿Qué es la “derecha” en estos momentos? Mejor dejemos a los muertos tranquilos y preocupémonos de lo que pasa en casa. Y usted administra nada más ni nada menos que la Primera Casa. Una casa que pontifica sobre la igualdad, que denuncia el clientelismo y las redes del poder, que dice proteger a los más pobres. La misma casa que entrega las buenas noticias solapadamente un sábado entre cambios de quincenas estivales, y que insiste en saber hacer las cosas mejor que el resto. Todo eso quedó en el aire señora Presidenta, y mostró la cara fea de su casa, el patio de atrás o la bodega. Salió a la luz que el raspado de olla tiene muchos sabores, y que la cocina atiende sin reservarse el derecho de admisión. Y por mucho que tratemos de cambiar el ambiente botando uno que otro sofá, los cimientos siguen siendo los mismos y estando donde siempre han estado.

Lo cierto es que después de todo esto, lo único que se puede concluir es que antes que Presidenta, usted es madre, y como madre siempre podrá y buscará perdonar los errores de sus hijos, aun en desmedro de la institucionalidad del país. Y perdóneme señora Presidenta, pero madre ya tengo, y suegra también.

 

Javier Infante, Profesor de Derecho UC e Investigador Asociado de la Fundación para el Progreso.