Chile ha postergado por más de un cuarto de siglo la tarea de transformar al Ministerio de Relaciones Exteriores en un instrumento moderno y acorde con los desafíos de un mundo globalizado. No tiene racionalidad alguna seguir en la situación actual, que ha llevado al absurdo de abrir misiones diplomáticas y consulares como gestos políticos, pero sin recursos para una acción eficiente.
Publicado el 04.11.2016
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Se anuncia la presentación de un proyecto de ley para la modernización del Ministerio de Relaciones Exteriores. No es la primera vez, ni tampoco es el primer proyecto. Personalmente, dejé de llevar la cuenta cuando las iniciativas superaban la quincena. Por eso, le deseamos la mejor de las suertes a la actual y ojalá esta vez sí prospere, pues el país requiere desde hace largos años una Cancillería potente, profesional y moderna para atender debidamente los desafíos de su quehacer internacional.

El empeño en lograr ese objetivo, sin embargo, no puede transformarse en uno más para cumplir una promesa de campaña, sin tener claridad en los preceptos principales que debiera contemplar, para que el resultado no sea una nueva desilusión para el país. La larga experiencia que han dejado los numerosos intentos fallidos desde 1990 en adelante indica que, si se quiere modernizar de verdad y se busca incrementar la capacidad de acción de la diplomacia chilena para ponerla en las condiciones de excelencia que requieren los tiempos, no puede hacerse sin una profunda reforma institucional y un importante incremento presupuestario. La primera duda surge entonces, no sólo respecto de  la voluntad política de hacer cambios importantes, sino también en cuanto a la capacidad para financiarlos, si nos atenemos a la realidad económica y fiscal del país.

Para dimensionar de manera gráfica lo que invierte el Estado en la defensa de sus intereses, podríamos comenzar por identificar los prioritarios y permanentes. Ciertamente, la defensa de la soberanía estaría entre dichos intereses. Considerando que nuestra soberanía territorial y marítima ha sido desafiada por parte de dos vecinos de manera consecutiva en los últimos años, cabría preguntarse cuáles son las instituciones a las que se les asigna la responsabilidad de asumir la defensa de Chile frente a las diversas amenazas externas. La respuesta lógica e inmediata es: esas instituciones son el Ministerio de Defensa Nacional y el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Para definir con mayor claridad la debida asignación de recursos del Estado para la defensa de nuestros intereses, bastaría con recordar que las amenazas a nuestra soberanía en los últimos 20 años provienen del campo diplomático, no del militar. Con esos datos, cabría entonces preguntar: ¿Cuál es la proporción de recursos (en términos porcentuales) que el Estado de Chile asigna a las respectivas instituciones que defienden los intereses de Chile, en lo diplomático y militar? Ese ejercicio sería un buen comienzo para tener una primera aproximación de la importancia que se le debe dar al Ministerio de Relaciones Exteriores en el presupuesto nacional, teniendo en consideración el papel central que le cabe en las delicadas funciones que cumple.

Otro asunto clave en la necesaria modernización de la Cancillería (y que hasta ahora ha constituido uno de los principales obstáculos) es la incompatibilidad existente entre una efectiva profesionalización de la diplomacia y la excesiva politización del ministerio. Si pudieran superarse todas las limitaciones presupuestarias para acometer una tarea efectiva de modernización, el fracaso estaría asegurado si el proyecto no contempla terminar con la nominación de militantes y la práctica del “cuoteo” que han hecho de la Cancillería una caja pagadora de favores políticos, situación que en los últimos años, en vez de disminuir, ha empeorado. Lo peor que podría ocurrir en un proceso “modernizador” sería la inyección de una cantidad importante de recursos a una institución que continúe siendo manejada sin contrapeso por los gobiernos de turno en beneficio de la llamada “clase política”.

Chile ha postergado por más de un cuarto de siglo la tarea de transformar al Ministerio de Relaciones Exteriores en un instrumento moderno y acorde con los desafíos de un mundo globalizado. No tiene racionalidad alguna seguir en la situación actual, que ha llevado al absurdo de abrir misiones diplomáticas y consulares como gestos políticos, pero sin recursos para una acción eficiente en diversas regiones del mundo en las cuales tenemos intereses de distinto orden en lo político, comercial consular y cultural.

No se requiere demasiado estudio para demostrar el efecto que tiene contar con una diplomacia moderna y profesional, para hacer de la acción exterior un instrumento del desarrollo. Basta observar los resultados obtenidos por los países de nuestra misma región que cuentan con un Servicio Exterior profesional, para convencernos de la urgencia de acometer una efectiva reforma modernizadora en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

 

Jorge Canelas, cientista politico y Embajador (r)

 

 

Foto: FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO