Hay que comprender que continuar alargando las eternas peleas entre conservadores y liberales, al extremo de negarse a validar un argumento por ser muy lo uno o lo otro, y no atajar las rivalidades entre partidos que se producen por la porfía de querer mantener cuotas de poder, sólo llevará a que dure indefinidamente el círculo vicioso de la decepción con lo público.
Publicado el 17.04.2016
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El pasado 9 de abril, en el marco de la convención anual de la Organización de Estados Americanos (OEA), se realizó el Diálogo Nacional de la Juventud 2016, del cual este año tuve la oportunidad de ser parte de su organización.

En el evento, se contó con la participación de expositores del mundo de la política contingente y estudiantil, quienes compartieron con los asistentes sus impresiones en cuanto a la actual crisis de institucionalidad que reina no sólo en nuestro país, sino que también en gran parte de Latinoamérica. Y entre todas las conclusiones que se obtuvieron, hay una que es particularmente destacable: si bien se entiende plenamente la desilusión en gran parte de la población -y sobre todo en los jóvenes sobre la política-, hoy es necesario, más que nunca, que éstos se decidan a ser actores y no meros espectadores del proceso político actual.

Las razones para esto son más simples de lo que se pueda imaginar: no sólo la renovación de rostros e ideas es necesaria, sino que el hecho mismo de tener participación en la toma de decisiones importantes a nivel de sociedad es algo que, inevitablemente, lleva a la circunstancia de preguntarse en qué grado es relevante para nosotros contribuir a un país mejor, en el cual hayan plenas posibilidades de desarrollo para todos, y que existan completas garantías del respeto a la vida, la libertad y la propiedad de cada uno de nosotros.

Nada sacamos con protestar por los efectos de las reformas educacional y laboral, por las restricciones que quiere imponer el Ministerio de Transportes a empresas de transporte privado en beneficio del gremio de taxistas, por la aprobación de una ley de aborto o por el despilfarro económico gubernamental expresado en el anuncio de la realización de un docureality para registrar el nuevo proceso constituyente, si no nos determinamos a entrar en la cancha propiamente tal. Y esto último involucra no sólo comprometerse con la defensa del bienestar de la población acorde a nuestros ideales, sino que también a abogar para que los valores de la convivencia democrática se cumplan.

Y esto se da tanto a nivel de la relación entre adversarios políticos naturales, como lo son la clásica dicotomía de derecha e izquierda, como también el abandonar las rencillas internas entre quienes, aparentemente, comparten los mismos fines dentro de una coalición. Más específicamente, comprender que continuar alargando las eternas peleas entre conservadores y liberales, al extremo de negarse a validar un argumento por ser muy lo uno o lo otro, y no atajar las rivalidades entre partidos que se producen por la porfía de querer mantener cuotas de poder, sólo llevará a que dure indefinidamente el círculo vicioso de la decepción con lo público.

Hay que decir “sí” a la política. Decir “sí” a la posibilidad de acuñar una nueva forma de marcar influencia en quienes nos rodean y de generar ideas y consensos que valgan la pena, por el bien de todos y por la esperanza de que se refresque el alicaído ánimo público de Chile.

 

Yasmin Gray, abogada, miembro en Chile de la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO