La reforma laboral propuesta por el Gobierno no solo no beneficia a los trabajadores chilenos, sino que además les restringe en forma arbitraria su capacidad de tomar decisiones, dejándolos subordinados a la voluntad de cúpulas sindicales.
Publicado el 25.04.2015
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Se dice que el ser humano es la única especie que tropieza dos y más veces con la misma piedra. Lamentablemente los chilenos podemos dar fe de que esta afirmación: al menos en nuestro caso, es cierta. Todos sabemos el gran daño que le ha provocado a los trabajadores el Transantiago. Sistema de transporte que el anterior gobierno de la Presidenta Bachelet instauró, llamándolo la “Gran Transformación que beneficiaría a millones de trabajadores chilenos”. Transformación que no solo les perjudicó su calidad de vida alargando considerablemente sus tiempos de espera y traslado, sino que obligó al Estado –hasta ahora- a destinar millones de dólares a subsidiar un servicio de transporte que antes se autofinanciaba. Recursos que deben obtenerse por la vía de quitárselos a otras necesidades del país. Representantes de diferentes sectores, en forma reiterada, le advirtieron a la Presidenta que “su modelo de transporte” traería muchos perjuicios a la población, ya que no estaba bien diseñado, no se había escuchado a los actores involucrados, es decir a los usuarios, y que su implementación apresurada solo agravaría la situación. La Presidenta no quiso escuchar y sus asesores le dijeron que todo saldría perfecto. Los resultados están a la vista.

Por insólito que pueda parecer, un gobierno de la Presidenta Bachelet está punto de incurrir en su segundo Transantiago. En efecto, se ha empeñado, presionada fuertemente por el Partido Comunista y los sectores más de izquierda de la Nueva Mayoría, en impulsar a como dé lugar una reforma laboral que no solo no beneficia a los trabajadores chilenos, sino que además les restringe en forma absolutamente arbitraria su capacidad de tomar decisiones, dejándolos subordinados a la voluntad de cúpulas sindicales.

En este caso, al igual que con el Transantiago, son muchas las voces provenientes de todos los sectores, incluso de la ex Concertación, que le han pedido a la Presidenta que revise el proyecto, que no se apresure, que esta vez escuche la opinión de la gente -en reiteradas encuestas los trabajadores declaran categóricamente que no quieren ser obligados a formar sindicatos para negociar colectivamente-, que los supuestos en los que se basa no son reales -al interior de las empresas chilenas no se vive en un ambiente de conflicto permanente como el PC trata de convencer al país-. Se le ha pedido que se tome un tiempo y que se haga un trabajo donde se escuche de verdad a todos los actores y se elabore con criterio país una reforma laboral que estimule la cooperación, el trabajo bien hecho, la productividad, la capacitación y la generación de más y mejores empleos.

Lamentablemente nada de esto está ocurriendo. Todo lo contrario. Prueba de ello son las recientes indicaciones que el Ejecutivo envió al Congreso. En ellas, no sólo no se corrigió el proyecto, sino que se empeoró aún más. De hecho, uno de los pocos elementos positivos que tenía el proyecto original fue eliminado al sacar la palabra “pacíficas” con que se definía cómo debían desarrollarse las huelgas y también la sanción que se imponía a quienes fomentaran huelgas violentas. Lo paradojal de esto es que quienes le exigieron a la Presidenta que retirara la palabra “pacíficas” y la sanción correspondiente fueron el Partido Comunista y la CUT, entidades que se declaran admiradoras de las dictaduras de Cuba y Corea del Norte, donde claramente los trabajadores no pueden hacer huelgas. Las indicaciones no solo no recogen el llamado de muchos sectores pidiendo una revisión global del proyecto y un acuerdo país, sino que, al igual que el Transantiago, solo toman en cuenta su propia mirada e incluso proponen acelerar su puesta en marcha.

¿Cuál es el motivo para actuar así? ¿Será que tienen temor de que en la medida que pase el tiempo sea más la gente que se oponga al proyecto? ¿Por qué, cuando el trabajador chileno ha declarado reiteradamente que la clave del éxito es la iniciativa, el trabajo bien hecho, el esfuerzo individual, donde los ingresos deben reconocer dicho esfuerzo, nada de esto se recoge en el proyecto? ¿Por qué, en un mundo globalizado, totalmente interconectado, con redes sociales muy activas, con ciudadanos cada vez más empoderados, cercanos al conocimiento, deseosos de ejercer sus derechos y absolutamente conscientes de su individualidad, se les ofrece un proyecto de reforma laboral que les limita en forma descarada su capacidad de decisión y que los somete a la voluntad de determinadas cúpulas, donde la “clave” de su éxito estaría en que pertenezcan a un grupo determinado y se mantengan bajo su “paraguas protector”? ¿Será que al gobierno, incapaz de dar una respuesta moderna a los trabajadores del Chile actual, no se le ocurre nada mejor que revivir la vieja receta marxista de la lucha de clases, fracasada en todo el mundo? Los trabajadores chilenos se merecen algo mejor y por ningún motivo un segundo Transantiago.

 

Huberto Berg, Director Berg Consultores S.A.

 

 

FOTO: RODRIGO SÁENZ/AGENCIAUNO