Por más que la presencia de Velasco en La Moneda entusiasme a los que añoran la hoja de ruta amigable con el mercado que privilegió Bachelet en su primer gobierno, es improbable que este gobierno vaya a realizar un golpe de timón que lleve a Bachelet a abandonar a la Nueva Mayoría para volver con la Concertación.
Publicado el 10.07.2015
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Aunque la visita de Andrés Velasco a La Moneda ha llevado a muchos a sugerir que el gobierno está dando señales de querer volver al sendero de la gradualidad y de una política de desarrollo basada en la promoción de los mercados competitivos, el comportamiento de La Moneda parece indicar que se trata más bien de un affaire casual de poca duración que no constituye un abandono de la vocación fundacional que sustenta al primer gobierno de la Nueva Mayoría. Aunque Bachelet recuerde que su popularidad era mucho más alta cuando Velasco dirigía las finanzas públicas, la Presidenta eligió una opción de gobierno distinta en 2013 y parece improbable, pese a la crisis por la que ahora atraviesa, que quiera volver al estilo y la hoja de ruta que marcaron su primer gobierno.

En la jerga juvenil chilena, un remember es un affaire de corta duración y sin proyección a futuro con una ex pareja. A diferencia de una aventura pasajera con alguien desconocido —un one night stand—, los remember tienen la garantía de saber en lo que se está metiendo uno, aunque también involucran el riesgo de recaer en lo que alguna vez fue mucho más intenso. Como donde hubo fuego, cenizas quedan, los remembers a veces llevan a los involucrados —o a sus amigos interesados en restaurar el viejo orden— a ilusionarse con que las cosas podrán volver a ser como antes. Pero cuando ha pasado mucha agua bajo el puente, los remembers solo confirman que ya es demasiado tarde para retomar lo que alguna vez produjo alegría, satisfacción y expectativas de futuro.

El gobierno de Bachelet fue demasiado lejos en su intento por cumplir sus irreales promesas electorales. Demostrando una urgencia que rayó en la irreflexión, La Moneda impulsó en 2014 una ambiciosa pero mal diseñada reforma tributaria que se justificó con el argumento de que era necesaria para financiar la gratuidad universitaria. Un año después, las debilidades en el diseño de la reforma se han hecho evidentes. El propio gobierno se ha abierto a corregir la reforma con una nueva ley. Eso inevitablemente abrirá nuevamente el debate tributario. Por un lado, algunos alegarán que se necesita más dinero para financiar la gratuidad, cuestión que ahora aparece como innegable. Por otro, razonablemente también, otros pedirán eliminar una serie de nuevos tributos que golpean fundamentalmente a la clase media. Como el gobierno anunció que la reforma la pagarían los poderosos de siempre, parece justificado exigirle a Bachelet que elimine aquellos aspectos de la reforma que pegan directamente a la clase media.

Abundan los ejemplos de promesas incumplidas (e incumplibles) y políticas mal diseñadas por este gobierno. A menos de tres meses de tener que presentar la ley de presupuesto, el gobierno no sabe cómo cuadrar el círculo para cumplir su promesa de empezar la educación gratuita en 2016 para el 60% de menos ingresos en las universidades del CRUCH. Además, no hay justificación moral para excluir a alumnos de bajos ingresos que, por no tener puntaje suficiente en la PSU, asisten a universidades privadas no adscritas al CRUCH. No hay razón para dar gratuidad a un alumno matriculado en la PUC y excluir a uno de la Universidad Silva Henríquez. Ambas universidades son católicas, sin fines de lucro. Pero una es del CRUCH mientras que la otra tiene muchos más alumnos que provienen de familias de menos ingresos.

El gobierno enfrenta similares problemas para cumplir con sus promesas de mejorar el acceso a salud pública de calidad, mejorar la calidad de la educación, mejorar las pensiones y —como si todo eso fuera poco— promulgar una nueva constitución.

La realidad del gobierno hoy es muy distinta a cuando Velasco era ministro. Entre esos años y ahora, ha pasado mucha agua bajo el puente. El divorcio entre Bachelet y Velasco fue doloroso. Pero fue de mutuo acuerdo. Aunque ambos fueron respetuosos de lo que construyeron juntos, en los círculos cercanos corrió sangre y se dinamitaron puentes. Es verdad que el nuevo ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés, es cercano a Velasco y ha dado señales de querer reproducir el modelo que ayudó al éxito de Bachelet en el primer gobierno. Pero aquellos que entonces fueron desplazados por Velasco tienen hoy más poder e influencia.

La Presidenta Bachelet invirtió demasiado capital político en construir la Nueva Mayoría —más roja y fundacional que la Concertación— como para dejarla botada ahora y volver al modelo de su primer gobierno. Ya hay demasiados compromisos, obligaciones, promesas —hijos de por medio—, como para transformar el remember en una relación permanente y con proyección de futuro. Por lo tanto, por más que la presencia de Velasco en La Moneda entusiasme a los que añoran la hoja de ruta amigable con el mercado que privilegió Bachelet en su primer gobierno, es improbable que este gobierno vaya a realizar un golpe de timón que lleve a Bachelet a abandonar a la Nueva Mayoría para volver con la Concertación.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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