Necesitamos que a nuestros gobernantes les vaya bien, muy bien. Sin embargo, si los tres últimos presidentes fueron electos bajo fuertes consignas de cambio, queda en evidencia que el cortoplacismo de electores y elegidos es el paradigma dominante.
Publicado el 23.09.2015
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Faltan exactamente dos años para que se inicie una nueva campaña por el sillón presidencial y parece que sólo fue ayer cuando escuchábamos las propuestas de los entonces candidatos. Unos planteaban consolidar el modelo que había traído crecimiento, progreso social y la admiración de todo el mundo. Otros un modelo nuevo donde el desarrollo económico se compatibilizaría con una mayor equidad y justicia social.

Hoy qué duda cabe que todos, independiente de sus preferencias políticas, están frustrados. El electo gobierno inició una carrera febril de reformas pero el país se frenó, las inversiones se congelaron y finalmente no estarán los recursos para cumplir con las promesas electorales.

Como consecuencia, connotados personajes de la Nueva Mayoría buscan sobrevivir alejándose de los costos políticos de un chascarro y la Alianza saca cuentas alegres de cómo capitalizará la frustración ciudadana para el 2017. En cualquier caso, no podemos olvidar que el rotundo fracaso de una coalición gobernante no sólo es un triunfo electoral para su oposición. También es un drama de proporciones para el país y su gente.

Necesitamos que a nuestros gobernantes les vaya bien, muy bien. Sin embargo, si los tres últimos presidentes fueron electos bajo fuertes consignas de cambio, queda en evidencia que el cortoplacismo de electores y elegidos es el paradigma dominante.

Un gran país no se construye en cuatro años y los líderes sociales, políticos y empresariales deben empezar a mirar más allá de sus narices y trabajar por el Chile que trasciende a los gobiernos de turno. ¿Por dónde empezar?

Este último año he tenido el privilegio de trabajar como profesor en la Universidad de Stanford. Desde la distancia, no he podido dejar de pensar en Chile y sus desafíos. He estudiado la historia económica y política de países que superaron “la barrera de los ingresos medios” y de otros que en los umbrales del desarrollo involucionaron para caer en un caos. Los hallazgos me sorprendieron y creo que podrían ser útiles para plantear una agenda país más allá de la contingencia.

Más allá de las ideologías, regímenes o políticas macroeconómicas de turno, los países que superaron la barrera y alcanzaron el pleno desarrollo contaban con tres elementos fundamentales que en Chile están deficitarios o, al menos, crujiendo en forma escandalosa.

El primer elemento es que estos países contaban con instituciones fuertes y valoradas. Nadie alcanzó el desarrollo pleno sin ellas. Incluso países favorecidos por grandes riquezas naturales como Argentina, Rusia o Venezuela han chocado varias veces contra la muralla de la falta de instituciones, en ocasiones retrocediendo en forma dramática. Grecia es otro ejemplo de un país al que sin instituciones fuertes la riqueza le duró muy poco.

Como nos han demostrado escándalos recientes, en el caso de Chile las instituciones estaban más débiles de lo que pensábamos. Se hicieron grandes cambios en aspectos para la regulación de los mercados de capitales y el financiamiento a la política, pero nos olvidamos de consolidarlos.

El segundo elemento es que los países que alcanzaron el pleno desarrollo construyeron también sociedades más inclusivas. A partir de doce mil dólares per cápita ya no es la riqueza la que mejor predice las expectativas de vida, la criminalidad, el embarazo adolescente o el alcoholismo. Es la estructura de la sociedad. A modo de ejemplo, con una fracción del ingreso, Chile supera la expectativa de vida al nacer que EEUU.

En este aspecto, nuestro país tiene mucho que avanzar para dejar de ser una sociedad dividida en los ingresos y en las oportunidades. Incluso nuestras ciudades se estructuran en “multi-guettos” estratificados rigurosamente para vivir, estudiar y trabajar. Algunos argumentarán que la desigualdad es producto natural del talento y esfuerzo personal, pero estudios recientes demuestran que más del 60% de las diferencias de ingresos entre dos chilenos se explica por la diferencia de ingresos entre sus padres. En Perú es más del 70% y en Dinamarca es menos del 10%.

En tercer lugar, los países desarrollados cuentan con altos niveles de confianza entre las personas. En Noruega u Holanda, dos tercios de sus ciudadanos están dispuestos a confiar en un extraño. En Chile, sólo uno de nueve. Mientras que en Singapur, en los últimos 30 años la confianza se ha duplicado y en nuestro país ha caído a la mitad.

Instituciones, tejido social y confianza son árboles que tardan décadas en alcanzar la madurez y dar sus frutos. Por lo mismo, es fundamental que nuestros líderes pongan manos a la obra lo antes posible y se dejen de pensar que un país se construye en cuatro años.

 

Alfredo Enrione, ESE Business School.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO