El 2017 se hará más clara la búsqueda de un nuevo mito fundante en la sociedad chilena. Así, a medida que el desmoronamiento de las viejas certezas existentes se hace más latente, algunos quieren levantar el freno de mano y otros pisar el acelerador al máximo, sin importar que ambas formas pueden llevar al volcamiento. Aparecen mortalmente parecidos, reaccionarios y revolucionarios.
Publicado el 26.11.2016
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El 2017 será un año como cualquier otro probablemente, pero claro, será un año electoral. La prensa, la radio y la TV ya han comenzado a hablar del tema y probablemente estarán centradas gran parte del tiempo en dilucidar quién será el próximo Presidente. Sin embargo,  poca atención han puesto al flujo subterráneo que circula de manera creciente debajo de los intersticios de la política, de los flashes, los dichos al voleo y la falsa pomposidad pre presidencialista. Es decir, no ponen atención a lo realmente político.

Se supone que los tiempos de los metarrelatos acabaron. El Fin de la Historia no llegó jamás. Y es que lo político jamás alcanzó ni alcanzará un equilibrio definitivo. Los hechos nos mostraron que cualquier orden humano es un vacío imposible de totalizar y menos estable que el clima. Efectivamente, hoy nuestros transcursos históricos ya no son colectivos, de masas, sino más bien explosiones aisladas y simultáneas de euforia o pasión individual frente a las pantallas del celular. Todos son o pretenden ser una especie de dadaísmo hiperconectado. No somos unidimensionales, sino que contradicciones ambulantes, múltiples, cambiantes. Por eso simulamos, cada tanto, procesos conjuntos y colectivos, dándoles likes a los hechos o replicando lo que otro dijo en 140 caracteres. Las opiniones que conforman la opinión pública ya no se fundan en grandes lecturas, sino más bien en lo que se visualizó en un meme. Por eso fallan los pronósticos electorales.

No obstante lo anterior, 2017 será el año de lo político en Chile. No de la política, de los votos y las campañas, ni de los candidatos variopintos, que serán un simple aderezo para una representación mayor. Quizás la más importante coyuntura desde el plebiscito de 1988. Porque lo que comenzará a perfilarse a partir del debate presidencial del próximo año será la reflexión con respecto a la sociedad chilena en sí. Probablemente signifique un cambio en el carácter de los proyectos que, paradojalmente,  se tornarán globales en una sociedad que ya no es de masas, sino de micro dimensiones. Quizás eso marque el fin del ciclo de los jefes partidarios, de los simples administradores del clientelismo militante, dando paso a un nuevo ciclo de líderes políticos, donde predomine más la responsabilidad con respecto a los efectos, que el simple voluntarismo trasformador.

Tras las portadas electoralistas y las simulaciones de debate en la TV, donde una generación completa hace su última gran aclamación, en los intersticios sociales se comienza a disputar el carácter del prisma político con que Chile será visto y concebido por varias generaciones. El 2017 se hará más clara la búsqueda de un nuevo mito fundante en la sociedad chilena. Así, a medida que el desmoronamiento de las viejas certezas existentes se hace más latente, algunos quieren levantar el freno de mano y otros pisar el acelerador al máximo, sin importar que ambas formas pueden llevar al volcamiento. Aparecen mortalmente parecidos, reaccionarios y revolucionarios. No dejan que el flujo indeleble de la existencia humana, de la libertad misma, se produzca de manera espontánea, sino que se rebelan frente al desmoronamiento de sus certezas.

Actualmente vivimos, como siempre, un nuevo transcurso histórico, no al modo historicista de Allende, que pensaba en un final al modo de la segunda venida de Cristo, sino como lo es siempre, incierto, abierto, inesperado al modo en que Claude Lefort concebía lo político y democrático. No podemos evitarlo. Las sociedades cambian y siempre lo hará por algo simple, los seres humanos no somos infinitos, pero sí impredecibles. ¿Y las instituciones, los valores, las creencias? Bueno, esas son las tablas a las cuales nos aferramos en medio de un océano cuyo oleaje no podemos dirigir jamás. Pero las tablas se pudren, se humedecen, dejan de flotar. Algunas permanecen flotando, esperando nuevos náufragos. Parados frente al destino, queremos elegir el futuro. O al menos así lo creemos. En eso estamos sin darnos cuenta, obligados a enfrentar nuestras propias circunstancias. Porque aunque no lo creamos, la balanza del futuro, en parte, está en nuestras manos.

 

Jorge Gómez Arismendi, director de Investigación de FPP

 

 

FOTO: MARIO DAVILA GARCIA/AGENCIAUNO