Si Michelle Bachelet no está en ánimo ni posición para ejercer ese liderazgo, debiera pensar en alguien que lo pueda hacer.
Publicado el 14.01.2016
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El gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet ha entrado en una fase de debilidad que podría tornarse peligrosa. Los problemas judiciales de familiares de la Presidenta a raíz del caso Caval se han agravado, hasta un punto en que resulta difícil imaginar que ella pueda sustraerse a esta situación para liderar el gobierno. Su jefe de gabinete, Jorge Burgos, obtuvo una victoria pírrica cuando se le rechazó su renuncia luego del episodio del viaje secreto a La Araucanía, pues con ello se ganó la animadversión de la gente más cercana a la Presidenta, incluso al interior de la Nueva Mayoría algunos hablan ya de una muerte cerebral (en sentido político por supuesto) del ministro del Interior, lo que daría origen a un próximo cambio de gabinete.

Por eso el cónclave del oficialismo citado para esta semana puede ser útil, siempre que se planteen los problemas de fondo que aquejan al gobierno.

En el actual panorama de incertidumbre cobra mayor importancia la figura del ministro de Hacienda Rodrigo Valdés, quien además de equilibrar las cuentas fiscales trata de mantener en Chile un clima razonable para continuar haciendo negocios, pues él tiene muy claro que si ello no ocurre, la economía chilena puede entrar en recesión, considerando que el entorno externo empieza a mostrarse más complejo, elemento nuevo que viene sumarse a las ya difíciles condiciones internas. La postergación de la aprobación de la reforma laboral puede leerse en esa clave.

Pero hay otro ministro que parece tener su agenda clara. La labor legislativa del Gobierno, aun cuando ha tenido tropiezos y desprolijidades, continúa su marcha. Ello sucede en Educación con la gratuidad y la Carrera Docente, en la reforma a la reforma tributaria, en el financiamiento de la política, en libre competencia y recientemente en el tema indígena. Nicolás Eyzaguirre ha dejado de lado las apariciones públicas y con ello ha resuelto su mayor problema. Hoy trabaja silenciosamente para sacar adelante la agenda legislativa. Ello es funcional al ánimo de la Presidenta, quien pese a la falta de apoyo popular a su persona y a las reformas de su programa, considera que es su deber realizar la transformación de la sociedad que ofreció a los chilenos. El problema es que Eyzaguirre no parece aportar ni un gramo de reflexión a su tarea de sacar adelante las reformas. En Educación Superior, por ejemplo, en que estamos próximos a discutir una ley que la reformará drásticamente; no hay siquiera una discusión pública acerca de qué queremos como país de nuestras universidades, institutos y centros de formación técnica en su rol de formadores de los jóvenes chilenos.

El avance legislativo y la razonable conducción económica no bastan para dar una sensación de conducción del gobierno. Hay tareas cotidianas de la administración del Estado que requieren de una unidad de propósitos y una capacidad de reacción día a día que no están en un programa de gobierno y eso está fallando, como ya se hace evidente para la mayoría de la población. Así, en distintos sectores de la administración pública (Registro Civil; Dirección de Aeronáutica; Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos) se producen paros ilegales y otro tipo de movilizaciones. En materia de seguridad pública la situación está cada día peor y en La Araucanía no hay progresos sino retrocesos. El transporte público empeora su servicio y aumenta los recursos que el Estado debe dedicar a él.

Los síntomas de lo que está ocurriendo en Chile corresponden muy claramente a un diagnóstico: falta de liderazgo. Un gobierno que estuvo tan centrado en la figura de la Presidenta lógicamente tiene que crujir cuando el apoyo a ella se desploma.

Si Michelle Bachelet no está en ánimo ni posición para ejercer ese liderazgo, debiera pensar en alguien que lo pueda hacer. Su problema parece ser que las personas más idóneas para ordenar la casa y realizar en los dos años que quedan lo que en la política chilena se llamó tradicionalmente “un gobierno de administración” se inscriben en la tradición de la Concertación más que en la de la Nueva Mayoría y eso podría ser visto como una suerte de claudicación.

La solución no es fácil, pero el país no puede seguir a merced del solipsismo del segundo piso de La Moneda.

 

Luis Larraín, Foro Líbero.

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

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