Los analistas más escépticos señalan que estaríamos ad-portas de una III Guerra Mundial ante la explosión de un terrorismo religioso a gran escala.
Publicado el 23.01.2016
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Son muchos los conflictos internacionales que se arrastran y otros que se manifestarán en el curso del 2016, poniendo en riesgo la paz y seguridad internacional. Tal vez el más complejo concierne a una aparente guerra civil islámica (suníes vs. chiíes), con sangrientos enfrentamientos entre las confesiones en Irak, Libia, Siria y Yemen; pero que encubren también tanto una suerte de “choque de civilizaciones” entre Occidente y el Islam (Huntington) como una pugna geopolítica directa entre Arabia Saudí e Irán por el dominio del mundo musulmán. En suma, los analistas más escépticos señalan que estaríamos ad-portas de una III Guerra Mundial ante la explosión de un terrorismo religioso a gran escala.

Las confrontaciones de los EE.UU. con Rusia y China son también factores perturbadores del sistema internacional. En el primer caso, la añoranza imperial y el “chaleco de fuerza” en el que siente metido Putin por la expansión de la OTAN sobre el Báltico, los Balcanes y Europa Oriental; son las causas detrás de la anexión rusa de Crimea y del separatismo de las repúblicas populares ucranianas del Donbass (RP Donetsk y RP Lugansk). Por ahora, la vigencia del Protocolo de Minsk y el congelamiento del conflicto ucraniano responde -única y exclusivamente- a la intervención militar de Moscú en Siria. Y, en el segundo caso, la emergencia global de China y las consiguientes disputas en el Mar de la China Meridional (navegación, islas, bases, etc.) han desatado una dinámica estrategia estadounidense conocida como el “pivote” asiático.

Para completar este cuadro de crisis habría que agregar varios problemas globales subyacentes, tales como el cambio climático, la crisis migratoria y sus efectos políticos en Europa, la posibilidad de una recesión internacional, la amenaza del populismo (derechista en Europa -salvo Podemos e izquierdista en América Latina), una nueva Intifada en Israel, la no proliferación nuclear (Corea del Norte e Irán), los innumerables conflictos de Erdogan (ISIS, kurdos, oposición, Rusia), así como la aparición de nuevas epidemias (tipo Ébola en África).

Qué dice la doctrina

Hoy nos encontraríamos viviendo un período de transición en el sistema internacional, donde la distribución del poder pareciera cambiar desde el mundo unipolar (EE.UU.), instaurado tras la implosión de la URSS y el fin de la guerra fría con su bipolarismo, a otro multipolar por el relativo equilibrio de poder existente entre EE.UU., China, Rusia y UE.

Los elementos que definen esa correlación son -principalmente- tres: el militar, el económico (ambos constituyen el poder duro), y el políticoideológico-cultural (poder blando). Se podría convenir que, entre 1990 y 2009, Estados Unidos reunió esos tres elementos para dominar el tablero internacional sin mayor contrapeso. A la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, sin embargo, la única superpotencia mostraba ya signos de desgaste por su sobrecarga, a la vez que su Presidente asumía un estilo de liderazgo menos hegemónico y más consensual (poniendo fin a las intervenciones externas). El afán de supremacía se extendió, por lo tanto, también a China y la UE, como potencias económicas, y a una Rusia más asertiva bajo Putin, marcada sobre todo por su poderío militar.

Si bien en teoría, la multiplicidad de polos favorece que en las regiones se vayan consolidando potencias intermedias (Brasil en América Latina, Alemania en Europa, Egipto en África, o Japón en Asia), así como mayor estabilidad en las relaciones internacionales (balanza de poder), el panorama que observamos hoy es aún más incierto por el alto grado de volatilidad y conflictividad del sistema que generan los agentes que no son estatales ni se atienen a las reglas del sistema (grupos terroristas, crimen organizado).

El rol de los EE.UU.: ¿el “eje de la balanza”?

Entre las potencias que hoy sostienen y compiten por el liderazgo del sistema multipolar, destaca el rol de EE.UU. como “eje de la balanza”; es decir, hacia el lado donde se incline Washington ese es el que prevalece al final en el juego de poder. Como contrapartida, se trata de una superpotencia contenida por los demás actores preponderantes del sistema (en especial Rusia y China). EE.UU. todavía domina en Occidente, gracias a su capacidad estratégica, pero tamaña supremacía sólo le ha servido de contención y no para consolidar su dominio global (Vietnam, Afganistán e Irak).

Por su defensa del status quo, EE.UU. es -por lo general- el elemento morigerador en el mundo multipolar (junto con la UE). Rusia y China, en cambio, son más bien revisionistas, porque quisieran cambiar las reglas comunes de convivencia a favor de sus propios intereses y, como imperios potenciales, se definen por marcar las fronteras entre los de adentro y los de afuera.

Las políticas estadounidenses varían desde la simple contención de Rusia (¿nueva guerra fría?), al “pivote” asiático (giro geopolítico del Medio Oriente al Asia y redespliegue de la política exterior desde las cuestiones de seguridad y terrorismo hacia las económicas y globales) y, en última instancia, por necesidad o por convicción, el estilo del Presidente Obama de defender una diplomacia “inteligente, paciente y disciplinada” (como la reanudación de relaciones con Cuba o el acuerdo nuclear con Irán) para conseguir tanto o más resultados que el simple uso de la fuerza.

Un terrorismo “seudo-religioso”

Siempre se ha dicho que las guerras religiosas son producto del fanatismo de sus fieles. Pero lo que estamos presenciando en varios puntos del Medio Oriente es una guerra contra el “islamismo radical”. De hecho, el enemigo no es una religión propiamente tal sino una ideología extremista, que se ha estado expandiendo por varias razones en todo el mundo musulmán, incluso entre sus elementos desarraigados de Occidente. La lucha contra el extremismo en cuestión debe ser contra la ideología que lo alimenta, por lo que sólo podrá ser purgado por los mismos musulmanes. A lo sumo, Occidente puede alentar a las fuerzas reformistas y aliarse con ellas para modernizar sus sociedades. El poderío militar ayudará a ganar batallas, pero es el poder blando el que ganará la guerra.

El terrorismo es la táctica preferida por el débil, según el concepto de guerra asimétrica destinada a provocar una sobrerreacción estratégica de los poderosos. Cuando ella es exitosa, las sociedades tienden a cerrarse y los derechos individuales a restringirse, que es lo están sufriendo ahora los europeos con los gobiernos populistas euroescépticos (Hungría, Polonia, República Checa). Por ello, la manera más efectiva para combatir el terrorismo es preservando la democracia y los valores de la justicia criminal.

Rusia y China, los “gigantes de pies de barro”

Al igual que la UE, en crisis de identidad por sus problemas económicos, la peligrosa avalancha de refugiados y los atentados terroristas, tanto los intereses imperiales de Moscú como la emergencia global de Beijing están lejos todavía de poder desplazar a un supuesto EE.UU. en decadencia. El primero, tiene ganas pero no puede. Su despliegue militar en la periferia rusa es formidable, pero su economía mafiosa se encuentra muy debilitada por los bajos precios del petróleo, la fuga de capitales y las sanciones económicas aplicadas por Occidente a sus oligarcas. El segundo, si bien pretende por ahora posicionarse mejor en el mundo, el superciclo de expansión económica que lo ha sustentado ha llegado a su fin y el futuro económico del país se encuentra condicionado por una falta de modernizaciones estructurales propias del sistema comunista.

Tarde o temprano, estos dos competidores de los EE.UU. tendrán que encaminarse hacia alguna forma de democratización, que les facilite el desarrollo interno y que les pavimente el camino hacia una mayor aceptación por parte de la comunidad internacional.

 

Juan Salazar Sparks, cientista político, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI.

 

FOTO: VÍCTOR SALAZAR M./AGENCIAUNO