Hasta hoy, Bachelet mantiene el equilibrio de fuerzas dentro del campo gubernamental, deja hacer, guarda silencio y manda señales que alimentan la incertidumbre y conservan la ambigüedad.
Publicado el 20.05.2015
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Volvemos al tema del nuevo gabinete y a las pugnas entre redes de poder que compiten al interior de la Nueva Mayoría (MN) y de la élite gobernante. Sostenemos que solo durante los próximos meses será posible evaluar cuáles redes han mejorado sus posiciones de poder y cuáles han retrocedido. Por ahora debemos esforzarnos por entender la escena, los actores, sus movimientos, discursos y pretensiones.

I

Las diferentes redes en pugna tienden a componer dos bloques principales.

De un lado, el bloque rupturista dentro de la NM, cuyos elementos definitorios son: i) un diagnóstico sobre el agotamiento y crisis del modelo de “crecimiento con equidad” (socialdemócrata de 3ª vía), el cual produciría desigualdades y las reproduciría; ii) el Programa de Bachelet (PB) como eje y basamento del bloque, el cual propone un cambio de paradigma (un proyecto socialdemócrata tradicional, centrado en el Estado); iii) una propuesta de radicalización democrática al estilo Asamblea Constituyente (AC) y un ideal de movilización de la gobernanza desde la base; (iv) un discurso y estilo políticos de confrontación, refundación y gestión de una mayoría parlamentaria capaz de pasar por encima de los obstáculos a la manera de una retroexcavadora.

Del otro lado, el bloque reformista dentro de la NM, definido por los siguientes elementos en contraste con los anteriores: i) un diagnóstico de modernización incompleta de la economía y la sociedad por insuficiente dotación de capacidades humanas y de innovación en el aparato productivo y en el aparato estatal; ii) unas propuestas de política pública orientadas dentro del molde socialdemócrata tipo 3ª vía; esto es, con una caja de herramientas que incluye instrumentos de cooperación público-privada y empleo de mecanismos de tipo mercado; iii)  énfasis en un cambio institucional del régimen constitucional con procesos consultivos, participativos y de tecnocracia jurídica, y iv) un discurso y estilo de articulación de ideas e intereses diversos, generando convergencias y acuerdos en la sociedad y en sede parlamentaria.

Ninguno de los dos bloques tiene fronteras impermeables. Esto significa que en sus bordes las redes que los componen se hallan en continuo contacto y se intercomunican. Por ejemplo, dentro del bloque reformista sin duda hay personas y grupos favorables a la AC, o bien que comparten el diagnóstico de crisis del modelo o el discurso refundacional. Al contrario, en el bloque rupturista hay personas y grupos favorables a una vía institucional para el cambio de la Constitución, hay quienes no comparten la adopción de un paradigma socialdemócrata estatista y otros que no se hallan cómodos con el discurso refundacional. En consecuencia, no hay una “guerra” de bloques, sino disputas -tensiones y contradicciones- entre ellos y, en su interior, entre redes que procuran establecer y mantener una visión y orientación hegemónicas dentro de cada uno de los bloques fundamentales.

Las designaciones empleadas habitualmente por la prensa para ambos bloques no  contribuyen a precisar sus similitudes y diferencias. Más bien obedecen a  estrategias comunicaciones de las redes en pugna que buscan un mejor posicionamiento dentro del campo de fuerzas. Por ejemplo, oponer NM y Concertación resulta absurdo, desde el momento que ésta forma parte de aquélla. Asignar estos nombres al bloque rupturista y reformista, respectivamente, es igualmente absurdo, porque ambos integran y constituyen la NM.

II

Durante la última semana, los medios de comunicación han intentado evaluar cuál de los dos bloques fundamentales salió victorioso del cambio de gabinete. ¿Moderados o radicales? ¿Rupturistas o reformistas? ¿Jóvenes o viejos? ¿”Acuerdistas” o confrontacionales? Es un análisis prematuro e inconducente.

Por ahora la lucha de posiciones y posicionamientos al interior de la élite gubernamental se desenvuelve en sordina; esto es, silenciosamente, sin estrépito y con disimulo. Ocurre en los laberintos del poder sin emerger a la superficie de los discursos más que como velados signos, débiles señales, giros lingüísticos. Usted dice algo cargado de significado si repite el término “acuerdo” o critica la metáfora de la “retroexcavadora”. Usted toma partido cuando insiste en mencionar el “Programa”(PB) o se refiere derogatoriamente a la “vieja generación”. Es el lenguaje altamente codificado de los discursos políticos, una de las formas que toma la disputa en el campo del poder simbólico.

Como sea, habrá que esperar varios meses antes de saber hacia dónde se inclina la balanza del poder.

La situación previa al cambio ministerial era clara: predominio del bloque rupturista, identificado periodísticamente como “nueva generación”, en oposición con la “vieja Concertación”, sector que era retratado como dispuesto a actuar solo dentro de los límites de lo posible (¿acaso hay otra manera de actuar, con excepción de los extraterrestres?), de espíritu transaccional, inclinado al gatopardismo y por lo mismo contrario a realizar “profundas transformaciones estructurales”.

¿Qué pasa ahora, después de la salida del gabinete de los jefes operativos del bloque predominante, los ministros Peñailillo y Arenas?

En lo básico la situación no ha cambiado. Se mantiene relativamente estable, a pesar de que los puestos claves del gobierno son ocupados ahora por los ministros Burgos y Valdés, que la prensa identifica como ajenos al bloque hegemónico de la élite gubernamental. ¿Cómo se explica esto?

Principalmente por el hecho que los dos bloques de la NM operan bajo la conducción y el arbitraje de la Presidente de la República y, enseguida, dentro de un campo de fuerzas determinado por los partidos de la NM. Adicionalmente cabe tener presente que la crisis del ministerio Peñailillo obedeció no al efecto de las pugnas entre bloques, sino al ciclo de escándalos que ha afectado a la clase dirigente y a la pobre gestión política y comunicacional del anterior gabinete. De modo que fue la presión de la opinión pública encuestada, el cuestionamiento de los medios de comunicación y, solo en tercer lugar, las estratagemas de las redes que operan dentro de la NM y del gobierno, los vectores que precipitaron la caída de las cabezas ministeriales.

Corresponde preguntarse entonces si acaso la Presidenta Bachelet no dio una señal suficientemente clara y precisa de su voluntad al decidir el cambio de su equipo y la elección de los nuevos ministros. La respuesta es: no. Al contrario, la Presidenta se cuidó de no dar señales sobre el significado y orientación del cambio. No le puso canción a la letra. Evitó revelar cualquier sesgo que pudiese interpretarse como favorable a uno de los dos bloques o a unas u otras redes al interior del gobierno. Mantuvo su agenda de reformas (aunque en tono moderado, sin mayor convicción o entusiasmo) al mismo tiempo que en los días siguientes se inhibió de imponer al gabinete entrante un discurso refundacional. La ambigüedad reina entonces en La Moneda y proyecta su ancha sombra sobre las actuaciones de la NM.

Sin embargo, la Jefe de Estado ha permitido -por acción e inacción- que se insinúe un cambio de estilo y tono del gobierno (son evidentes los matices de lenguaje del ministro del Interior); ha respaldado a la nueva conducción económica en su giro hacia el crecimiento y la inversión, y no ha impreso un sesgo “populista” a su administración, llamando a la movilización ciudadana o buscando el respaldo de la calle. Para conservar la ambigüedad, entre tanto, la Presidenta ha mantenido en vilo, sin concretarlo, lo que llamó un “proceso constituyente”.

¿Significa todo esto que la Presidenta podría comenzar a enfilarse hacia donde el bloque de redes reformistas desearía llevarla? Podría ser, pero no.

Hasta hoy, Bachelet mantiene el equilibrio de fuerzas dentro del campo gubernamental, deja hacer, guarda silencio y manda señales que alimentan la incertidumbre y conservan la ambigüedad.

Mañana 21 de mayo, en su mensaje a la Nación, puede ser que introduzca mayor claridad, anuncie medidas en una u otra dirección, revele una agenda de objetivos más precisos y determine una carta de navegación. En cambio, puede ser que elija sostener la ambigüedad. O entregar una parte de la agenda gubernamental a cada bloque. O quizá decida inaugurar un tono conciliatorio para recubrir el PB sin alterar una coma del mismo. O viceversa, “oveja con piel de lobo”. Todo es posible.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

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