En la Constitución chilena se garantiza la salud y la educación para todos. Entonces, si dos de cada tres niños no aprende lo mínimo que el Estado definió; esto quiere decir que el Estado no garantiza la educación.
Publicado el 01.02.2016
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La “revolución pingüina” cumple 10 años. Exigía gratuidad y calidad. Gratuidad es una discusión en curso. Calidad, más difusa y en suspenso, significa preguntar no sólo por cómo, sino también por lo que se enseña. Es decir, pensar el currículum. Así nace el libro Diálogos para una nueva escuela en Chile: el auge de la educación (Ediciones UC).

La evidencia muestra que en Chile dos de cada tres niños salen de la enseñanza básica sin lograr lo que el MINEDUC definió como las habilidades mínimas. Surgen interrogantes fundamentales: ¿Cómo se enseña? ¿La cantidad y el tipo de conocimiento que integra el currículum es el correcto? ¿Qué implica el que esté centrado en conocimientos específicos de las distintas áreas del saber? ¿Puede exigírseles a todos los estudiantes los contenidos basales para las carreras universitarias?

NNos acostumbramos a ver en la prensa titulares como: “Los niños chilenos no entienden lo que leen”. ¿Quién es responsable? No son los niños, ni los profesores, ni tampoco las pruebas estandarizadas. Evidentemente ha habido mejoras en los aprendizajes, pero eso no se refleja en la mayoría de los estudiantes. Mientras los contenidos son cada vez más lejanos a las realidades cotidianas y locales, además se socava el sistema de recambio de docentes. Es difícil que un niño quiera ser profesor si representará a una institución en la que, después de 12 años de estudio, ellos mismos dicen que “no son nada”, sólo egresados de educación media. Esto debe alarmarnos. El destino de la mayoría no pasa por la educación universitaria y es más importante entregar una formación para todos, considerando los procesos de autoaprendizaje y cambio que vivirán, más que saberes especializados.

CSistemáticamente, se da a los estudiantes y sus familias una retroalimentación negativa a través de las evaluaciones. Lo que creamos, con esos dos tercios de la población que no hace suyo el currículum, es que no quieran al sistema que los forma. Son señales de menosprecio que minan su autoestima, produciendo una pugna con su entorno. Señales perversas como: no importa que no aprendas, lo importante es que vayas al colegio. Las personas se sienten desligadas, desamparadas, sin la pertenencia que los haga partícipes de esa relación. Este desapego es el mayor daño que este sistema educacional está generando.

Por otra parte, surgen voces que afirman que las evaluaciones estandarizadas (SIMCE) impiden que se realicen buenas prácticas dentro del aula, porque se enseña para la evaluación. Si la hipótesis es que no se debe enseñar para la prueba que va a medir el currículum, entonces el problema no es la prueba, sino las materias que comprende el currículum. Obviamente es más simple pensar en eliminar las pruebas estandarizadas que cambiar un currículum arraigado por décadas.

Este libro propone la necesidad de determinar un conjunto de habilidades esenciales que todos deben dominar y que el Estado garantice. Si los contenidos que llegan a los niños no son coherentes, y si, además, éstos se pasan a un ritmo distinto de sus necesidades, ellos no van a poder construir su conocimiento. Necesitamos definir un currículum esencial que sea dominado por los profesores para transmitirlo a la realidad del alumno, dimensionado adecuadamente al tiempo escolar.

¿Qué es más inequitativo, un contexto donde se espera que un niño sepa 100 y hacer que al salir del colegio sepa 10 o, como ahora, sepa cero? Nuestra propuesta es que el primer paso sea garantizar que se le dé 10, superando el cero actual. Después ver cuál es el paso siguiente para ir en más. Llevamos mucho tiempo dándole cero a dos de cada tres estudiantes. No decimos que la Enseñanza Media no deba preparar a los futuros médicos, ingenieros o abogados, pero sólo un porcentaje menor alcanza esa formación. Por lo tanto, buscar la excelencia para esos estudiantes, implica asumir que es injusto descuidar las necesidades de los otros.

En la Constitución chilena se garantiza la salud y la educación para todos. Entonces, si dos de cada tres niños no aprende lo mínimo que el Estado definió; esto quiere decir que el Estado no garantiza la educación. Para eso, debemos asegurar una formación esencial. Igual que el Plan AUGE, que garantiza (en teoría) una cobertura de salud mínima y digna para todos. Podemos definir un primer núcleo esencial de contenidos para luego avanzar, construyendo experiencia y haciendo estudios que midan el impacto de una educación efectivamente para todos.

 

Pablo Chiuminatto y Miguel Nussbaum, Académicos Universidad Católica.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO