El binominal ha sido reemplazado por un sistema proporcional de grandes magnitudes electorales: entre tres y ocho diputados por distrito, y entre dos y cinco senadores por región. Así, es plausible pensar que la misma falta de conocimiento que sufren hoy las autoridades municipales o regionales se contagie hacia las autoridades parlamentarias, lo que podría incidir en una aun mayor crisis de representatividad y desafección política.
Publicado el 20.11.2016
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Estimado lector (o lectora, para que no se enoje nadie), le propongo un desafío: escriba en un papel, o trate de recordar, los nombres de los concejales recién electos en su comuna. Al menos en teoría, no debiera ser difícil, las elecciones fueron hace pocas semanas y es muy probable que usted haya estado interesado en saber los resultados. Pues bien, a escribir.

No es tan fácil, ¿cierto? Durante los últimos días he hecho el ejercicio entre mis amigos más políticos y a todos les ha costado dar con la nómina. La pregunta, entonces, cae de cajón: si hasta las personas más involucradas en el mundo electoral o municipal se tupen al recordar a los concejales ganadores o en ejercicio, ¿qué le queda al resto de la ciudadanía? Un ejercicio aun más elemental permite ilustrar el punto. En las elecciones de 2013 elegimos a nuestros consejeros regionales (o cores). ¿Podría nombrar usted a todos los cores de su circunscripción provincial? ¿A tres de ellos? ¿A uno?

Ahora bien, que no cunda el pánico. Usted no es irresponsable ni sufre de déficit atencional. Su reacción es totalmente natural y tiene que ver con el diseño del sistema electoral a través del cual se eligen a los concejales y cores. En estos comicios se ha optado una amplia magnitud electoral (es decir, varios cargos a elegir de forma simultánea), lo que dificulta el conocimiento. Es más fácil acordarse del alcalde o del diputado (hoy se eligen dos por distrito) que de un miembro de un órgano colegial numeroso que puede sentar a hasta diez concejales o cores.

Este tipo de sistema electoral puede tener algunos beneficios, como repartir la torta entre más actores —lo que permite que ingresen partidos chicos a la toma de decisiones—, pero también genera bastantes problemas, especialmente en el campo de la representatividad, porque si no conozco a mis autoridades, ¿cómo puedo sentir que me representan?

La falta de representatividad se despliega, a la vez, en un doble formato: por un lado, las autoridades pueden llegar a sentir más libertad para tomar sus decisiones y, en tal sentido, olvidar en mayor o menor medida el mandato que les han otorgado los votantes (lo que afectaría, de alguna manera, el valor del accountability ciudadano que numerosas ONG se han encargado de resaltar por años). Por otro lado, esta carencia de representatividad puede agravar la desafección política de la gente, la que en un escenario como el que describimos puede tener incluso menos ánimos para participar en un nuevo proceso eleccionario.

Lo más grave de todo esto es que el mismo diseño utilizado para elegir a concejales y a consejeros regionales se utilizará, a partir de 2017, para elegir a nuestros parlamentarios. Como es sabido, el binominal —que hacía tiempo era un hombre muerto caminando— ha sido reemplazado por un sistema proporcional de grandes magnitudes electorales: entre tres y ocho diputados por distrito, y entre dos y cinco senadores por región. Así, es plausible pensar que la misma falta de conocimiento que sufren hoy las autoridades municipales o regionales se contagie hacia las autoridades parlamentarias, lo que podría incidir en una aun mayor crisis de representatividad y desafección política.

Alguien podrá argumentar en mi contra señalando que los parlamentarios cuentan con una tribuna mayor que los concejales y los cores, y en ese sentido, no debiera ocurrir dicha asimetría de información. Sin embargo, se olvida que el nuevo sistema no sólo aumentó las magnitudes electorales, sino que también unió distritos, por los que los parlamentarios pasarán a concentrar su tiempo y su atención en las grandes ciudades, en desmedro de las pequeñas.

Piénsese, por ejemplo, en una ciudad como Hualañé, en la provincia de Curicó. Hasta hoy, el hualañecino puede sintonizar la radio y escuchar noticias de alguno de los dos diputados de su distrito, conformado por las nueve comunas de la provincia. Y si tiene suerte, podrá ver a alguno de los dos diputados recorriendo la comuna cada dos o tres semanas distritales. Con el nuevo sistema, en cambio, el mismo hualañecino sintonizará la misma radio para toparse con noticias sobre siete diputados, los que además deberán repartirse entre diecinueve comunas. No es absurdo pensar que ese ciudadano pueda sentirse abandonado por sus autoridades y absolutamente desafecto de la política.

En su obra “Ingeniería constitucional comparada”, Giovanni Sartori señaló que los sistemas electorales tienen dos efectos: uno sobre el número de partidos y otro sobre los electores. Este último es descrito por el autor como un efecto represor, manipulador, limitante y hasta coercitivo. La gran interrogante es si aún estamos a tiempo para impedir estos efectos en las elecciones parlamentarias. Y me temo que, a todas luces, la respuesta es no.

 

Roberto Munita, Abogado, Magíster en Sociología y en Gestión Política

 

 

FOTO: SANTIAGO MORALESI/AGENCIAUNO