Un arma tranquilizadora consistiría en reducir las incertidumbres que enfrentan consumidores e inversionistas, lo cual podría comenzar clarificando —y bajando el tono— de una reforma previsional que se encuentra a la vuelta de la esquina y de un largo proceso constitucional que aún está marcha.
Publicado el 19.02.2017
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El Gobierno es quizás el actor más relevante en la economía. No solo establece las reglas del juego, sino que también realiza un gran gasto y determina el valor de algunas variables económicas claves. Su rol se torna aún más relevante en momentos de crisis, hasta el punto de que se llama “armas económicas” a las medidas que toma un Gobierno en la guerra por recuperar el crecimiento. Esas armas generalmente se componen del gasto fiscal de Hacienda y de los distintos tipos de estímulos monetarios del Banco Central. Esta comparación con los artefactos de guerra llega a tal nivel que, cuando el Congreso de EE.UU. preguntó al secretario del Tesoro Henry Paulson cómo salvaría a dos grandes hipotecarias de ese país en caso que cayeran, él respondió “tengo una bazuca para controlarlo”, haciendo alarde de la gran capacidad de gasto que tenía ese gobierno.

En Chile, lamentablemente el Ejecutivo se está quedando sin armas económicas, principalmente por la peligrosidad de seguir usándolas en forma desmedida.

Por un lado, las perspectivas negativas de las clasificadoras de riesgo a la deuda soberana del país impiden que el Gobierno pueda continuar con un alto crecimiento del gasto. Solo en los últimos dos años la deuda fiscal aumentó en más de 15.000 millones de dólares, monto superior a todo el dinero acumulado en el Fondo de Estabilidad Económica y Social. Ante este aumento excesivo de deuda, las clasificadoras levantaron las alertas y Chile tendrá que vivir con un menor crecimiento del gasto fiscal, o sufrir las consecuencias de un recorte de clasificación.

Por otro lado, hay menos expectativas de que el Banco Central entregue mayores estímulos a la economía. Si bien una facción del mercado pide a gritos que la siga estimulando en vista de su alicaído estado actual, el Central decidió esta semana mantener su tasa de política monetaria inalterada durante febrero.

El Banco Central puede seguir bajando su tasa de política de corto plazo, pero hay muchos elementos que llaman a la calma. Aquellos que abogan por más estímulos monetarios buscan dar un impulso a esta desalentada economía, como si bajar las tasas de interés fuera a reactivar el crédito en un país en el cual los empresarios y consumidores están pesimistas, y donde las tasas para pedir prestado ya están históricamente bajas. La inflación ha sido controlada, muy ayudada por el menor tipo de cambio, pero si el precio del cobre cae por el fin de huelgas mineras, si la Fed decide finalmente subir las tasas o si comenzamos a internalizar la mayor inflación internacional, el Banco Central no tendrá mucho espacio para seguir entregando mayores estímulos.

Por tanto, el Gobierno se quedó sin las clásicas armas económicas, ya que no hay bazuca de Hacienda, ni tampoco queda mucho espacio para que el Central pueda seguir bajando su tasa.

En tiempos difíciles hay que buscar opciones alternativas, y en este caso lo que puede hacer el Gobierno es sacar un arma tranquilizadora. Puede parecer paradójico que esto lograra reactivar el crecimiento, pero todo parece indicar que sería la solución adecuada.

Un arma tranquilizadora lograría disminuir la incertidumbre y así, poco a poco, volvería a crecer la inversión. De acuerdo al Índice de Incertidumbre Económica, en 2016 hubo en Chile la mayor incertidumbre anual de la última década, cifra que volvió a aumentar en enero. Por otro lado, el Banco Central calculó que una parte relevante de la caída en la inversión nacional se debió a un “shock autónomo”, que, en propias palabras del instituto emisor, es el cambio en la confianza que no fue provocado por factores económicos externos ni internos. Es decir, la caída en la inversión fue provocada por las reformas económicas y políticas de los últimos años.

Esta arma tranquilizadora consiste, entonces, en reducir las incertidumbres que enfrentan consumidores e inversionistas, lo cual podría comenzar clarificando —y bajando el tono— de una reforma previsional que se encuentra a la vuelta de la esquina y de un largo proceso constitucional que aún está marcha. Estos son sólo algunos cartuchos con los cuales se puede cargar esta arma tranquilizadora, pero todo parece indicar que la mejor táctica para combatir el bajo crecimiento es no disparar ninguna reforma más.

 

Andrés Osorio, economista Econsult