Resulta casi grotesco constatar cómo los medios nos inundan con una profusión ilimitada de información al detalle sobre los avances y retrocesos de la transición del poder en los Estados Unidos, al tiempo que no se hace, ni con mucho, un esfuerzo similar por conocer en detalle, analizar y difundir el contenido y las propuestas que tienen las diversas fuerzas políticas chilenas de cara a las elecciones que determinarán los rumbos del país hacia el futuro.
Publicado el 13.01.2017
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Los titulares de las últimas semanas nos llevan a pensar que se avecina una amenaza apocalíptica sobre la humanidad a partir del día inaugural de Donald Trump en la Presidencia de los Estados Unidos de América.

Lo peor de eso no es el anuncio, que puede o no hacerse realidad (y lo más probable es que no se desate nada de dimensiones cercanas a un cataclismo, por razones que analizaremos más adelante). Lo peor es que hay amenazas más directas y de más probable ocurrencia en lugares mucho más cercanos y, a pesar de eso, la mayoría ni siquiera percibe su existencia.

No es que no nos importe lo que ocurra en los Estados Unidos, ya que no podemos desconocer su peso e influencia en el desarrollo de los acontecimientos a nivel global. Pero debemos partir por recordar que en la democracia estadounidense efectivamente funcionan el equilibrio de poderes, el imperio de la ley y los mecanismos que impiden que cualquiera ejerza el poder sin contrapeso y a su entera voluntad, como un tirano cualquiera. No olvidemos tampoco que Trump resultó ganador en elecciones democráticas, de acuerdo a las normas que rigen en su país, pese a quien pese.

Las perspectivas para el futuro en el resto de las Américas es lo que debe preocuparnos mucho más y con mayor urgencia. Al pueblo boliviano, por ejemplo, mucho más que Trump le preocupan los efectos políticos de la insistencia de Evo Morales por violentar la Constitución y la decisión popular impulsando un referéndum para reelegirse por cuarta vez. Y, en términos económicos, les preocupa más entender cómo es que el peso boliviano es la única moneda de la región (y tal vez del mundo) que no ha tenido fluctuación alguna en 10 años, pese a los vaivenes experimentados por la economía mundial, incluyendo la crisis sub-prime de 2007-2008 y los violentos cambios en el precio de los hidrocarburos, principal fuente (oficial) de divisas para el país. La explicación a ese fenómeno no está en la economía, que para estos efectos sólo aporta la ley de la oferta y la demanda. La explicación la dio Sigmund Freud ya en 1884, cuando publicó un estudio que causó revuelo en los círculos científicos, titulado “Über Coca” (lo que, cabría aclarar, nada tiene que ver con el moderno sistema de transporte que tiene “locos” a los taxistas).

En Argentina, las incertidumbres más inquietantes en lo judicial radican muy lejos de las interrogantes planteadas por los senadores estadounidenses al nominado Fiscal General Jeff Sessions al considerar su confirmación. En Buenos Aires aún impactan el asesinato del siscal Alberto Nisman y las revelaciones cada vez más grotescas sobre la magnitud de la maquinaria de corrupción en torno a licitaciones públicas millonarias para favorecer a personeros cercanos a grupos de poder.

En Venezuela, la figura de Trump no es más que una excusa más que utilizará el régimen de Nicolás Maduro para distraer la atención de la opinión pública internacional de la profunda crisis política, económica y humanitaria producida por las violaciones a los derechos humanos, civiles, políticos y sociales de la población. Para los venezolanos, la supervivencia ha pasado a ser la primera prioridad y su dramática situación debiera escandalizarnos a todos, mucho más que lo que gira en torno al Presidente electo Donald Trump.

En Chile, al inicio de un año electoral, la situación no es demasiado diferente a la del resto de los países de la región en cuanto a definir los temas prioritarios para que los ciudadanos conozcan las opciones políticas y las vías de solución a los problemas más apremiantes. Nuestras preocupaciones no debieran ir por el lado de Obamacare, sino por la crisis de la salud pública chilena, muy lejos de las prioridades de una administración que prometió la construcción de 60 hospitales durante su campaña y ahora habla de la posibilidad de “cumplir sólo con 10 de los 20 comprometidos”. Eso, y no las declaraciones de Donald Trump, es lo que debiera focalizar el debate sobre asuntos públicos cuando el electorado debe decidir entre las diversas opciones que el amplio espectro político le presenta y respecto de las cuales poco se suele conocer al momento de depositar el voto.

Resulta casi grotesco constatar cómo los medios nos inundan con una profusión ilimitada de información al detalle sobre los avances y retrocesos de la transición del poder en los Estados Unidos, al tiempo que no se hace, ni con mucho, un esfuerzo similar por conocer en detalle, analizar y difundir el contenido y las propuestas que tienen las diversas fuerzas políticas chilenas de cara a las elecciones que determinarán los rumbos del país hacia el futuro.

El llamado es a involucrarse, conocer y sopesar las opciones que se nos presentan, para elegir con responsabilidad sobre el manejo de los asuntos públicos en un momento crucial de nuestro desarrollo en democracia. No se trata de aislarse del mundo, por el contrario. Debemos tener conciencia de lo que ocurre más allá de nuestras fronteras, pero no podemos dejar de poner el foco en los asuntos que nos afectan de manera directa. La mirada internacional debiera servirnos, precisamente, para no cometer los errores que se han cometido en otros lugares y, también, para ponernos sobre alerta respecto del peligro que encierran las propuestas populistas de todo signo que han proliferado a nivel mundial.

 

Jorge Canelas, cientista político y director de CEPERI