La izquierda en su afán manipulativo y la derecha en su descuido total por ella, han olvidado los objetivos reales de la historia. No es raro que el país parezca desorientado y sin alma, pues ha extraviado sus tradiciones y va de tumbo en tumbo en busca de un destino.
Publicado el 15.02.2016
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Buscando alguna lectura interesante para las vacaciones, entré hace algunos días a una conocida librería. Mi afición por la historia me llevó hasta la sección dedicada al tema. La sorpresa no fue poca cuando comencé a mirar las portadas y los autores sobre historia de Chile: todos, sin excepción, eran de izquierda dura. Cuando le hice ver al dependiente el indiscutible sesgo de la oferta en sus estantes, me dijo que ellos tenían una “línea editorial abierta”, pero que aceptaba el punto y que se comprometía a hacer las correcciones necesarias para tener una oferta más equilibrada. En una nueva visita corroboré que su promesa fue vacía: seguían abundando los volúmenes escritos por Gabriel Salazar, Julio Pinto, Luis Vitale, Leonardo León, José Bengoa. Brillaban por su ausencia Joaquín Fermandois, los diarios de Mario Góngora, Sergio Villalobos y su reciente trabajo sobre la “historia y falsedades” en torno a La Araucanía.

Lejos de mi intención está exculpar a una librería que declara apertura y que en la práctica se carga descaradamente hacia un sector, pero no se puede negar que sus estantes reflejan una realidad obvia: hoy la izquierda se muestra mucho más activa que la derecha en su esfuerzo por lograr que sea su versión de la historia la que predomine. Como señalan Salazar y Pinto en su Historia contemporánea de Chile, “las verdades sociales reconfiguran su perfil con cada paso de cada generación”, y no cabe duda que la intención de la izquierda es que sea su “verdad social” la que se imponga en la actualidad para explicar nuestro pasado y proyectarse al presente. Lo hace a través de una revisión histórica que propone una mirada sostenida desde la lógica de la lucha de clases y la noción de que la manera en que se comporta y cree la gente obedece a las condiciones materiales en las que le tocó vivir.

La conciencia histórica que ha desarrollado la izquierda la lleva a copar con perseverancia todos los espacios posibles –incluso los estantes de las librerías– para hacer valer su perspectiva y dominar el debate. También los políticos, a través de iniciativas como el proyecto de ley “Ninguna calle llevará tu nombre” impulsado por la diputada comunista Karol Cariola, son parte de este esfuerzo. Y en el ámbito de la cultura, iniciativas como el Museo de la Memoria y su resistencia a incluir el contexto en el que se desarrollaron las violaciones a los derechos humanos entre 1973 y 1990, también promueven idéntico fin: imponer una sola visión y ganar la disputa en torno a nuestro pasado, con la convicción de que, como sostuvo George Orwell en su novela 1984, “quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado”.

Lo anterior parece importarle un pepino a nuestra derecha. El sector ha abandonado la refriega por la historia y dejado el campo libre a sus adversarios en esta materia. Prefiere fijar su atención en asuntos más concretos. Su discurso está enfocado en promover el crecimiento económico y en alcanzar el esquivo desarrollo. La cultura y las ideas no ocupan un lugar prioritario en su horizonte ni en su propuesta. Por el contrario, exhibe un materialismo práctico que no la deja ver más allá de sus narices. En este ámbito se da lo que Mario Góngora calificó como “la coincidencia de los opuestos”: la derecha, con su obsesión economicista, y la izquierda, con su insistencia en la lucha de clases como llave maestra que explica todo, son igualmente materialistas. Ambas utopías se han encontrado.

Ya dijo Nicanor Parra que “la izquierda y la derecha unida jamás serán vencidas”. No es extraño que Chile haya extraviado el alma tras enfrentar de manera barroca, pero muy real y simultánea, dos fuerzas disolventes: por un lado, el odio y la envidia propuestos por la izquierda, mientras que, por el otro, el individualismo consumista impulsado desde la derecha.

Parte importante del problema es que, la izquierda en su afán manipulativo y la derecha en su descuido total por ella, han olvidado los objetivos reales de la historia. No es raro que el país parezca desorientado y sin alma, pues ha extraviado sus tradiciones y va de tumbo en tumbo en busca de un destino. “La Musa de la historia es gentil, instruida y humilde, pero cuando es descuidada y olvidada toma su revancha: deja ciegos a los que la desprecian”, escribió el filósofo polaco Leszek Kolakowski con palabras que parecen pensadas para un Chile que en este aspecto es miope como un rinoceronte.

En La fronda aristocrática -uno de esos textos que la librería pseudopluralista no ofrece a su público-, Alberto Edwards explicó que la historia política responde a un alma, a un principio espiritual. Ese que el país actual prefiere ignorar, a costa de una pérdida intangible, pero corrosiva y destructora. ¿La solución? Nada de fácil, pues requiere agallas, liderazgo y afán de servicio público. Fue resumida hace 90 años por el poeta Vicente Huidobro: en Chile “necesitamos un alma y un ariete. Un ariete para destruir y un alma para construir”.

 

Juan Ignacio Brito, periodista.

 

 

FOTO: HANS SCOTT /  AGENCIAUNO