La pregunta es qué señales estamos dando como país al mundo de la innovación. Invocar conceptos como la competencia desleal no hace más que perpetuar el cuento del viejo del saco, con el que se asustaba a los niños si no se portaban bien.
Publicado el 23.05.2016
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Vivimos en un mundo al revés. Mientras la economía se desploma, el Gobierno propone con una mano medidas para revitalizar los mercados y con la otra pretende castigar a las compañías que aportan enormemente a la innovación y el emprendimiento. Sin duda se trata de señales equívocas que terminan desincentivando la creación de alternativas innovadoras para solucionar problemas concretos. Uber, Airbnb, Spotify y muchas otras plataformas tecnológicas están “bajo la lupa” de las autoridades de turno, a un paso de ser reguladas o, incluso peor, derechamente sancionadas.

Primero fue la campaña de desprestigio contra Uber y su símil Cabify, cuando calificaron a los conductores de “piratas”. Luego, los acusaron de no pagar impuestos y ahora se esgrime que este tipo de plataformas tecnológicas -junto con Airbnb y Spotify- incurrirían en prácticas de competencia desleal. La semana pasada la Subsecretaria de Turismo se refirió a Airbnb como una empresa que compite deslealmente con la industria hotelera, señalando que buscarían mecanismos para regularla. Las autoridades han rasgado vestiduras por razones tributarias pero se olvidan que una de las instituciones más conocidas del país, Correos de Chile, ni siquiera paga IVA.

La situación es preocupante. Es peligroso para la creación de soluciones y para el fundamento mismo de la libre competencia que se amenace recurrentemente la innovación. Necesitamos más instituciones flexibles y menos rigideces de sistema. Por lo demás, resulta paradójico que ahora Cabify esté al borde de la ilegalidad, si el 2012 ganó StartUp Chile, el programa estatal que estimula la innovación y el emprendimiento.

¿Existe realmente competencia desleal? Normalmente se dice que la libre competencia tiene dos objetivos principales. En el corto plazo, permitir que aumente la producción de bienes y servicios. La consecuencia natural es que los precios disminuyen y los consumidores finales se benefician. Tanto Uber como Airbnb cumplen con dicho objetivo. Ahora bien, en el largo plazo, la libre competencia tiene como objetivo estimular la innovación. Por lo mismo, las plataformas que tienen por objeto dar más y mejores alternativas a los consumidores, sin duda favorecen el mercado y la libre competencia. Tanto Uber como Airbnb y Spotify pasan holgadamente esa prueba también.

Resulta improductivo y contrario a toda lógica detener el desarrollo de nuevas innovaciones que a nivel global ya suman millones de usuarios. Uber entrega un millón de viajes diarios; Spotify tiene 30 millones de suscriptores; y Airbnb 60 millones de usuarios. Más que regular o suprimir dichas plataformas, los esfuerzos deberían centrarse en estimular la innovación y dar garantías para que las nuevas tecnologías se adapten al mercado. No por nada estamos en presencia de servicios globalizados que han sabido atender necesidades insatisfechas de millones de personas.

Al final se trata de innovaciones que ayudan a mejorar los estándares de productos y servicios en diversas industrias, como sucede precisamente con nuestro alicaído transporte nacional. Los resultados son tan evidentes como masivos. El día de la paralización de los taxistas, Uber duplicó su cantidad de conductores en las calles.

Con la actual desaceleración económica, Chile necesita incentivar la innovación y aumentar la diversificación de fuentes de empleo. Andrés Oppenheimer lo señalaba hace unos días: la mayor amenaza para la prosperidad es la falta de innovación, que impide producir bienes con más valor agregado. La Organización Mundial de Propiedad Intelectual dio cuenta que en China las solicitudes de patentes registradas aumentaron un 17%, llegando casi a 30.000 en 2015. En cambio, en nuestro país las solicitudes apenas alcanzaron a 167.

Las plataformas y aplicaciones como Uber y Airbnb demuestran cómo el mundo está girando hacia la economía de la colaboración. Es la nueva forma de hacer negocios. No podemos tapar el sol con el dedo y pensar que los usuarios dejarán de utilizarlas o que deben ser reguladas o restringidas para beneficiar a los competidores establecidos. Si los usuarios las utilizan es porque las necesitan y porque les entregan mejores beneficios o más seguridad. Y lo cierto es que esas empresas han sabido prestar una solución acorde a las necesidades de los consumidores, lo que es digno de mérito.

La pregunta entonces es qué señales estamos dando como país al mundo de la innovación. Invocar conceptos como la competencia desleal no hace más que perpetuar el cuento del viejo del saco, con el que se asustaba a los niños si no se portaban bien. Pero aquí es más dramático, porque el viejo del saco realmente puede aparecer, llevándose consigo a los innovadores y a tantos potenciales emprendimientos que Chile necesita con urgencia. No dejemos que nos asuste.

 

Gracia Dalgalarrando, Profesora Innovación Social UDD.

 

 

FOTO:  JOSE FRANCISCO ZUÑIGA/AGENCIAUNO.