Más que reflejar el sentir de nuestro país,  lo que hace Twitter es poner en agenda la opinión de la élite a la cual pertenece el “tuitero progre” a través de la manifestación del descontento con lo que está de moda criticar o alabar en un momento determinado. Lamentablemente, los marginados de nuestra sociedad siguen siendo invisibles para gran parte de esas élites; los ancianos, los pobres, los niños del Sename y los presos no tienen Twitter.
Publicado el 21.01.2018
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Hace bastante tiempo tengo ganas de escribir sobre la violencia y el odio en redes sociales. En los últimos meses, con elecciones presidenciales y viaje del Papa incluido, esa rabia virtual se ha hecho más patente que nunca.

Una rabia disfrazada de tolerancia, una rabia tan violenta que tiende a ampliar patológicamente el espectro de lo que consideramos censurable. Nadie quiere ser presa de esa rabia, muchas veces cobarde y anónima. Ese terror a las consecuencias de la violencia frena a quienes piensan distinto, transformando los diálogos en una negación absoluta de los conflictos, en posiciones antojadizas basadas en grandes principios como el laicismo, el bien común, la tolerancia y el respeto; principios que se vacían cada vez que se acude a ellos para silenciar las disidencias. La tolerancia es la pasión de los inquisidores, canta Silvio Rodríguez.

Estamos frente a una suerte de dictadura de lo políticamente correcto, un régimen totalitario  de un supuesto progresismo que busca arrasar con todo lo que no se ajusta a los famosos “parámetros del siglo XXI”. ¿Por qué no se puede estar en contra de ciertas cosas? ¿Por qué no se puede votar por ciertos candidatos? ¿Por qué se tilda de retrógrado, reprimido o fascista a quien no se ajusta al estándar “progre”?

Respecto de Twitter, la reflexión de 280 caracteres le ha hecho mucho daño a la discusión pública. La cultura del hashtag y la inmediatez impide que podamos aprovechar nuestro propio -y sagrado- ocio como un espacio para reflexionar y argumentar con la altura de miras que se requiere, especialmente cuando en Chile estamos definiendo temas importantes. La “cuña” de Twitter puede ser relevante para marcar ciertas posiciones específicas, pero también banaliza las discusiones y las reduce a una especie de competencia sobre la frase más ingeniosa o irreverente, como si ello fuera la prueba más fehaciente de la inteligencia.

Por otro lado, los medios de comunicación más tradicionales como la radio y la televisión han contribuido a una suerte de sacralización de Twitter. Este fenómeno consiste en creer que desde esta red social podemos extraer todos los insumos para diagnosticar los problemas de Chile. De esta manera, Twitter se convirtió en la fuente del periodismo criollo y en consecuencia nos llenamos de movimientos políticos trending topics, dotados -paradójicamente- de una supuesta capacidad única e iluminada para el diálogo y la reflexión.

En este mismo sentido, más que reflejar el sentir de nuestro país,  lo que hace Twitter -aunque le duela en el alma al “tuitero progre”- es poner en agenda la opinión de la élite a la cual pertenece, a través de la manifestación del descontento con lo que está de moda criticar o alabar en un momento determinado.

Lamentablemente, los marginados de nuestra sociedad siguen siendo invisibles para gran parte de esas élites; los ancianos, los pobres, los niños del Sename y los presos no tienen Twitter. El escándalo público que generan los problemas de los marginados dura muy poco como para que se traduzca en soluciones reales y queda simplemente como polémicas semanales que derivan en más odio y más violencia de la “Santa Inquisición Tuitera” en contra de los supuestos responsables.

Finalmente, todo esto me recuerda al cuento Casa Tomada, de Julio Cortázar, que relata la historia de un hombre y su hermana que habitan en una casa antigua, grande y espaciosa. A medida que pasa el tiempo, algo desconocido -un murmullo-  va apropiándose de los espacios de la casa y los va arrinconando cada vez más, hasta que los obliga a irse de allí. Ojalá que en Chile no nos pase lo mismo, que ese murmullo de intolerancia no termine sacando de la discusión pública a quienes piensan distinto, a quienes no se atreven a manifestar sus creencias por miedo a las represalias progresistas.

 

Guillermo Pérez Ciudad, investigador Fundación P!ensa

 

 

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