Uno se pregunta si Bachelet está consciente de que celebra a un militar que condujo con mano de hierro a la isla, que mandó a fusilar a centenares de personas, que condenó a prisión a millares de individuos, que jamás celebró una elección libre, secreta y pluripartidista, y que fue responsable de un exilio que alcanza hoy a más de dos millones de cubanos.
Publicado el 27.11.2016
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El twitter de ayer de la presidenta Bachelet calificando al dictador cubano, Fidel Castro, de “líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina” fue una bofetada a millones de cubanos y latinoamericanos, pero a la vez un excelente retrato ideológico de la Mandataria. No hay duda de que nada muestra de modo más preciso su visión de mundo y sus sueños para Chile. Queda claro que su sensibilidad no es de carácter socialista, ámbito donde existen influyentes sectores que condenan al dictador que durante más tiempo ha estado en el poder en el mundo moderno, sino comunista, corriente ideológica que sí justifica sin dobleces las arbitrariedades y violaciones de derechos humanos del régimen castrista, que ya está por cumplir 59 años en el poder.

Una cosa es importante recordar: gracias a que vivimos en un país libre, la Presidenta tiene derecho a celebrar a un dictador y yo a criticarla por ello. Algo así, desde luego, no sería posible en el régimen que impuso Fidel Castro en Cuba a partir de 1959. Cuando uno relee el twitter, no obstante, se pregunta si Bachelet está consciente de que celebra a un militar que ha conducido con mano de hierro a la isla, que mandó a fusilar a centenares de personas (entre ellas a camaradas de armas), que condenó a prisión a millares de individuos, que jamás ha celebrado una elección libre, secreta y pluripartidista, y que es responsable de un exilio que alcanza hoy a más de dos millones de cubanos. ¿A qué se deberá esta atracción fatal a estas alturas por sistemas dictatoriales totalitarios? Bachelet tampoco ha ocultado sus simpatías por el régimen de Erich Honecker, que mantuvo durante casi 40 años a 17 millones de personas encerradas detrás del “Muro”.

Mientras presentábamos en distintos países el libro “Diálogo de conversos”, con el académico y ex diputado del partido liberal sueco Mauricio Rojas, solían aparecer preguntas relacionadas con este tema. ¿Qué lleva a unos a convertirse en conversos y a denunciar en forma pública los mecanismos de represión de sistemas que abrazaron en su juventud? ¿Qué lleva a otros a la decepción silenciosa, a callar su inconformidad y decepción con aquellos sistemas totalitarios que en un momento admiraron? ¿Por qué unos plantean en voz alta su desilusión y otros optan por silenciarla? Y a menudo surgía también la pregunta sobre Bachelet: ¿Por qué la Mandataria, víctima ella misma de una dictadura de derecha, simpatizaba con una dictadura como la de la RDA, condenada muchas veces en Naciones Unidas, o con un dictador como Fidel Castro? Era difícil responder a esa pregunta. Esa es una respuesta que, por cierto, la Mandataria nos debe y que deberían plantearle los periodistas en ruedas de prensa. ¿Qué lleva a unos a condenar a un tipo de dictaduras pero a justificar a dictaduras de otro color?

Hay toda una literatura sobre intelectuales europeos que rompieron con el comunismo y escribieron sobre el tema (Arthur Koestler, Leszek Kowalowski, Jorge Semprún, Milovan Djilas, George Orwell, Andre Gide, John Dos Passos, Wolfgang Leonhardt, etc.), por lo tanto no se trata de una ruptura sin sólida historia. No se trata de una vía inédita, sino de una suerte de cultura de la ruptura y la reflexión sobre el quiebre con el dogma comunista.

Me temo que la gratitud que exigen los regímenes dictatoriales, en especial los totalitarios, es una trampa harto difícil de eludir, inclusive para una persona versada en política como la Presidenta. Y ella cayó una vez más en esa trampa al redactar el twitter celebratorio a Fidel Castro.

Las dictaduras totalitarias, como controlan todo el poder económico, social y político de un país, brindan a veces condiciones que, a diferencia de las sociedades abiertas, siempre apuntan en una libreta o su disco duro para sacar más tarde en cara. ¿Había una forma de entrar a la fenecida RDA o la Cuba castrista sin la aprobación del régimen? ¿Era posible conseguir un trabajo, un cupo de estudio, una modesta vivienda, un televisor o una visa para salir del país sin la intervención del partido y el estado? Desde luego que no. El partido y el estado eran/son dueños de todo, en ello basan su sistema estatista y gracias a ellos se celebra como estado generoso e inclusivo, socialista, Pero al primer disidente que se atreve a criticarlo, le enrostran los servicios que recibió y que sólo podía recibir la persona de ese estado totalitario.

Es interesante que esa crítica al disidente, al rupturista o al converso –quienes son para el régimen totalitario todos “traidores”, “tránsfugas”, “ingratos”– expresa de forma inmejorable la esencia dictatorial e intolerante del socialismo y comunismo. El sistema se ufana de que brinda servicios supuestamente gratuitos a las personas (servicios que sólo puede financiar si antes ha despojado a esas mismas personas de esos recursos), pero exige a cambio de ellos lealtad, apoyo irrestricto, obediencia y apología. Todo lo que uno tiene se lo debe al estado socialista, no al esfuerzo ni a la iniciativa personal. Se trata de una concepción canina del ser humano: te he alimentado, por lo tanto me debes lealtad y gratitud de por vida. Si me eres desleal o piensas distinto a como yo pienso, eres un ser despreciable; debes serme fiel hasta tu tumba.

Interesante también que en la sociedad abierta, de economía de mercado y seres humanos libres, no ocurre aquello. Allí el individuo es arquitecto e ingeniero de su vida. Si le va bien en ella, no se lo debe al partido, al Estado o al líder máximo, no está obligado a agradecérselo al establishment político. Al no existir esa dependencia, surgen las condiciones para la aparición de un ser humano libre, independiente, que puede manifestarse libremente –dentro de cierto ordenamiento básico– sin necesidad de quedar atado a la gratitud hacia el partido o el Estado.

La Presidenta no logró romper ese vínculo –que en el fondo es un chantaje del socialismo- con la RDA ni con Castro. Es llamativo ver cómo la relación con la RDA y la relación con el régimen cubano marcaron a muchos chilenos en un sentido semejante. Es llamativo por cuanto, a diferencia de lo que ocurrió con el exilio chileno de la dictadura de Pinochet en Estados Unidos, Italia, Francia o Alemania, los chilenos dejaron en cuanto pudieron la RDA y Cuba. En rigor, la mayor parte de los chilenos dejaron Cuba en la medida en que podían irse, fuese a México, Portugal, Suecia, Venezuela o Alemania Occidental. Se iban con muchos pretextos del castrismo, pero por lo general ratificando su lealtad al socialismo. Al parecer el socialismo era bueno, pero visto desde el capitalismo. Lo cierto es que los chilenos que viven hoy en Cuba son, en su gran mayoría, inversionistas, turistas de largo aliento, estudiantes o emprendedores. Los exiliados prefirieron irse, alejarse del modelo que los había acogido y del cual preferían tomar distancia.

Fidel Castro no tiene nada que legar a quienes se identifican con la sociedad abierta o la democracia liberal. Castro nada aporta a quienes creemos en la libertad de expresión o asociación, en la iniciativa personal, en la cultura libre y diversa, en los derechos individuales, en los espacios sociales con diversidad. Lega mucho, sin embargo, a la izquierda jacobina que requiere para su continuación de mitos: el mito de un guerrillero indoblegable (que se rindió en la única oportunidad en que estuvo en riesgo su vida), que combatió al imperialismo (sin consultar nunca en elecciones secretas a su pueblo si quería la confrontación con Estados Unidos o continuar interactuando y comerciando con un vecino que está a 90 millas de distancia); que impuso a todo su pueblo, y hasta la muerte, su decisión de convertir a la remota y atrasada Unión Soviética en el modelo de desarrollo para una Cuba gozadora de la prosperidad estadounidense. Curioso que esa izquierda, que se define antidictaduras militares de derecha, terminó identificada a estas alturas con comandantes y generales, con militares como Fidel y Raúl Castro, Hugo Chávez o Daniel Ortega.

Pero, por otra parte, es casi desconocida la atracción que sintió, desde muy temprano, Fidel Castro por Venezuela y Chile. Venezuela le sedujo por sus reservas petroleras, y por eso dispuso en Caracas de hábiles oficiales de inteligencia y cultivó un temprano nexo con Chávez. Chile le interesaba por sus reservas de cobre, los recursos marinos, su ubicación geográfica estratégica y la historia de su movimiento obrero.

Castro sintió que la química no funcionó con Pinochet durante su maratónica visita a Chile en 1971, pero siguió con interés e indisimulada envidia el auge económico de Chile en las décadas de 1980 y 1990, y aprendió a odiar al general desde la distancia. Es notable cómo la admiración por Chile se convirtió con el paso de los años en encono contra Chile: el régimen de Castro no condenó ni en sus medios ni en Naciones Unidas a la dictadura argentina, con la cual mantuvo estrechos lazos económicos y políticos, pero sí enfocó su crítica contra la de Pinochet. La razón de esta incoherencia: la Argentina dictatorial suministraba alimentos a la Unión Soviética en la década de los 70 y 80, y por eso era intocable para el satélite caribeño.

Es en este marco, casi obsesivo, que Fidel Castro logra convencer en La Habana, en 1975, a Volodia Teitelboim y Gladys Marín para que el PC chileno deje su tradicional política electoral y de organizaciones sociales, e imite al MIR, que desde los años sesenta propugnó la vía armada para Chile, financiado por La Habana. Fue ese resentimiento en contra de la recuperación económica de Chile lo que supuestamente impulsó a Castro a imponer al PC chileno el viraje en su forma de lucha. Así el PC, hasta ese momento muy pro Moscú, se acerca a La Habana, y opta por la vía armada. El régimen cubano estuvo vinculado con el atentado a Pinochet y el asesinato de Jaime Guzmán.

Probablemente este sentimiento de Fidel se debió a que Chile representaba para él algo que rechazaba: tenía a un Salvador Allende que, a pesar de proponer la vía pacífica al socialismo, había sacrificado su vida tras fracasar en el intento (a diferencia de Castro, que se rindió al ejército en 1953, cuando fracasó su sangriento ataque al Cuartel Moncada), y exhibió más tarde un desarrollo económico apabullante frente a una Cuba que, en 1973, donaba azúcar, alimentos y armas al desabastecido y polarizado Chile. Y hay más: Fidel nunca les perdonó a los partidos de izquierda de la Concertación que administraran el modelo económico liberal, y es por eso que en 2009 apuñala por la espalda políticamente a Bachelet al revelar las conversaciones que sostuvo con ella, en su calidad de Presidenta, sobre la demanda marítima de Bolivia.

¿Cómo recordar a este dictador? Muchos en Chile se referirán a la personalidad íntima de Fidel Castro, a cómo era en su trato con quienes conoció. Es peligroso recorrer esos senderos. Celebrando rasgos personales de los dictadores (su memoria prodigiosa, su afabilidad, generosidad con los conocidos, cariño por su familia o sus mascotas) se puede terminar celebrando incluso a Hitler y Stalin. A los dictadores hay que medirlos por sus efectos sobre la nación, por su forma de ejercer el poder y tratar a quienes pensaban diferente, por los resultados concretos de su accionar, no por sus pretensiones, ilusiones y utopías. Fue muy lamentable que la Presidenta de Chile, víctima ella de una dictadura, haya descrito al dictador Fidel Castro como un “líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina”.

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

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