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Publicado el 07 de enero, 2018

Turismo flaite

Los que habitamos ciudades que acogen grandes masas de turistas, en verano nos vemos obligados a convertirnos en pacientes soportadores de un turismo extractivo que menoscaba la vida ciudadana de punta a cabo.
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Llegó el verano y como cada año, siguiendo las tradicionales obviedades económicas, las entusiastas autoridades locales rinden cuentas alegres sobre los beneficios para el comercio y emprendedores estivales. En estas líneas, sin embargo, quisiera interpretar una (ignorada) perspectiva de quienes padecemos del turismo.

Los que habitamos ciudades que acogen grandes masas de turistas, en especial los viñamarinos, en verano nos vemos obligados a convertirnos en pacientes soportadores de un turismo extractivo que menoscaba la vida ciudadana de punta a cabo. Un breve paseo por la Avenida Perú da cuenta de una ciudad entregada a un comercio informal que raya en la ilegalidad: abunda la oferta de quequitos mágicos de marihuana y todo tipo de piraterías, entre la amplia oferta de baratijas chinas. Un breve respiro de modernidad, hay que reconocer, se produce al llegar al renovado Muelle Vergara (donde el reluciente auto homenaje de Michelle Bachelet revela la irrelevancia política de las autoridades locales en el desarrollo de obras públicas). De vuelta en el Parque San Martín, nos reencontramos con una feria de artesanías devenida en campo de refugiados donde se advierte, por detrás, la vana pretensión de ocultar los abandonados y depreciados 194 millones invertidos hace casi dos años que se supone albergarían a los artesanos, ahora convertido en una decadente fogata pública. Y así, podemos seguir enumerando ejemplos de la malcarada ciudad jardín, una realidad que contrasta con las presunciones de belleza de los bien intencionados publicistas municipales.

Esta triste realidad es, a mi juicio, reflejo de la incomprensión de las autoridades sobre el turismo que de un tiempo a esta parte atrae nuestra ciudad. La farandulización del festival, como la amplia oferta de discotecas que extienden la fiesta y el reggaetón durante el día en las playas y calles, nos están convirtiendo en alguna especie de Las Vegas criollo. “What happens in Viña stays in Viña”, gritaba un millennial borracho transitando por la Avenida San Martín. Hasta algunos comerciantes callejeros y cuidadores de autos (que, aun con parquímetros, se niegan a abandonar las calles) trabajan pasados de trago al ritmo de Maluma. Así, el atractivo viñamarino ha dejado de ser el panorama familiar del chileno de antaño que venía a instalarse durante el verano. Cada vez más la ciudad congrega a un turista de paso que sólo visita el reloj de flores para cambiarle la hora, que cree que toda la ciudad gira en torno a él, un turista egoísta frente a los que habitamos la ciudad, que se siente con el derecho de extraer y consumirlo todo, ojalá bien barato o gratis.

En todo caso, lo importante es entender que el problema no radica en el turista ni en sus preferencias, a fin de cuentas, todos somos egoístas cuando andamos de vacaciones, hábiles administradores de nuestro bajo presupuesto. Por flaite me refiero al tipo de turismo que nos ofrece la ciudad y a la disposición de las autoridades locales por mejorarlo y hacer cumplir normas básicas de convivencia ciudadana. Así, los municipios tienen el deber de impulsar políticas públicas para transformar el turismo extractivo que violenta la paz ciudadana en un turismo sustentable, uno que convierta a la ciudad en un mejor lugar para vivir.

Por un lado, debemos comprender, sincerar y hacernos cargo de la realidad turística. Por el otro, hay que saber que el fenómeno no es una cosa única de la Ciudad Jardín. Muchas capitales turísticas del mundo están haciendo frente al turismo extractivo. Por ejemplo, en una reciente publicación en el Journal of Sustainable Tourism, Xavier Font analiza los mecanismos para promover un turismo sustentable, donde muchas de sus propuestas ya han sido incorporadas en la planificación de ciudades como Barcelona, Venecia o París.

A grandes rasgos, Font apunta a un turismo que tiende a diversificar la oferta para desconcentrar los puntos masivos, incentivando emprendimientos de productos y servicios locales de calidad esparcidos por la ciudad. Para el caso de Viña del Mar, esto significa diversificar la oferta cultural e histórica, como también mejorar la información turística. Revitalizar, por ejemplo, el centro de Viña del Mar, preservar la arquitectura y barrios antiguos (Recreo, Miraflores, Los Castaños, etc.), ejecutar la eterna promesa del parque Sausalito, entre otros. Por lo demás, es necesario desarrollar una política turística integrada entre los municipios cercanos, generando sinergias con la oferta cultural de Valparaíso, el ecoturismo de las comunas del interior, la ruta del vino de Casablanca, por mencionar algunas.

Todo esto presupone ciertamente de inversión pública y privada en accesos y equipamiento urbano: un sistema de transporte público desarrollado y diversificado es condición necesaria para estos objetivos. Por último, se deben impulsar estrategias para conciliar la vida entre el ciudadano y el turista. Estos últimos deben ser habitantes activos de la ciudad, con derechos y también deberes. Por lo tanto, las autoridades deben ser proactivas en resguardar la seguridad, el orden y el comercio formal.

Un turista no puede ser un invasor. Transitar hacia un turismo sustentable significa, por sobretodo, armonizar la experiencia del turista con la vida cotidiana del ciudadano. En fin, todo un desafío.

 

Andrés Berg, investigador Fundación P!ensa

 

 

FOTO: YVO SALINAS/AGENCIAUNO

 

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