¿Viajará esta ideología emergente -el trumpismo- y se difundirá, por ejemplo, hacia estas latitudes, en América Latina y en Chile? En esta parte del mundo no faltan antecedentes de derechas nacionalistas, autoritarias, proteccionistas, incluso racistas, y tampoco de Estados de seguridad interior, ajenos a los valores del pluralismo y la diversidad, con sesgos hacia el militarismo y la conformación de poderes oligárquicos. Hoy, sin embargo, tales tendencias se encuentran relegadas.
Publicado el 14.12.2016
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En un mundo mediático, las ideologías y los estilos de liderazgo político viajan. Circulan globalmente. Suelen, por lo mismo, aparecer como fenómenos de época. Es como si hubiese un tiempo para las revoluciones y un tiempo para los fascismos. Uno para el ascenso de las democracias y otro para su crisis y debilitamiento. Tiempo para las izquierdas y tiempo de las derechas.

Ahora último, parece estar ocurriendo un cambio de marea con el retiro de la onda socialdemócrata, los Estados de bienestar progresistas y la expansión de las democracias, y por otro lado el ingreso de una ola contraria que favorece a las ideologías de derecha, los Estados de seguridad y los regímenes autoritarios. En Europa Occidental, Central y del Este predominan los gobiernos conservadores, se expanden los sentimientos nacionalistas y emerge a la superficie una abierta y creciente reacción contra los inmigrantes y la diversidad. En América Latina los gobiernos progresistas están de salida, el socialismo del siglo 21 naufragó y las nuevas izquierdas alternativas se debaten entre la retórica y la calle, lejos en todo caso del Estado. A su turno, las derechas, ya hablaremos de ellas, aparecen expectantes en varios de los países de la región.

El triunfo de Donald Trump es sin duda el principal signo de ese cambio de marea en curso. Políticamente representa un quiebre en la continuidad del Partido Republicano, donde desde Reagan a Bush hijo e incluso en la vertiente del Tea party aparecen ahora como unas derechas del pasado, convencionalmente conservadoras o localmente reaccionarias. Trump representa, en cambio, una ideología agresiva, con elementos antiguos reciclados de populismo, fascismo, autoritarismo, mercantilismo, imperialismo y racismo, junto a nuevas aportaciones que recién comienzan a manifestarse.

El proceso de conformación del próximo gobierno que a partir del 20 de enero se hará cargo de la consigna restauradora –to make America great again- es sintomático a este respecto. ¿Quiénes integran el equipo de la administración entrante? Un grupo relativamente homogéneo de hombres blancos de cierta edad con carreras exitosas en sus respectivos negocios, donde sobresalen millonarios ligados a la banca, la industria y el comercio; jefes militares de alto rango con personalidades cinematográficas (la nostalgia de Patton y McArthur); y personas con marcadas (por extremas) ideologías “contrarias a” las regulaciones, los impuestos, el régimen público de la educación, Obamacare, las protecciones medioambientales, la prensa establecida, las alianzas internacionales, incluso contrarias a la evidencia de que el calentamiento global es generado por una civilización industrial desbocada.

Esta sorprendente combinación de elementos -que actúan sinérgicamente entre sí bajo la batuta del Presidente electo- da lugar a los rasgos emergentes de un nuevo estilo político que desde ya causa preocupación y debates alrededor del mundo.

Por lo pronto, por el carácter plutocrático del gobierno, el hecho (manifestado como virtuoso) de que el poder reside en el dinero y de que la riqueza del uno por ciento de Picketty (o del 10% más rico del mundo) está a cargo de los procesos democráticos de la primera potencia mundial. Trump mismo gusta subrayar que se trata de hombres triunfantes, como mostraría la riqueza que han acumulado a lo largo de sus trayectorias en Wall Street, Goldman Sachs o Exxon. De hecho, el naciente gobierno aparece envuelto por este incómodo relato del éxito mensurable en dinero, de gente que “se sacrifica” para servir al Estado, que puede servir de modelo para quienes aspiran a triunfar en la vida, que son duros en los negocios y saben aprovechar las oportunidades, que doblegan las circunstancias a su favor y por eso han llegado a la cumbre.

Esta no es, pues, la versión schumpeteriana, innovadora, empresarial del capitalismo, sino su versión mercantil, especulativa, centrada en el éxito para navegar en torno a las regulaciones y obtener del poder político licencias, concesiones, tarifas y protecciones (petróleo, bienes raíces, etc.) No debe extrañar, por esto mismo, que desde Trump hacia abajo su equipo más cercano esté rodeado por las luces rojas de los conflictos de interés.

Como nunca antes, parece ser, los gobernantes de Estados Unidos están envueltos en una densa red de capitales, negocios, alianzas, consultorías, clientes e intercambio alrededor del mundo, incluyendo a Rusia y China. Las torres Trump y sus campos de golf son apenas el decorado de este capitalismo que amenaza con tragarse íntegramente la política. Volverán, pues, los fantasmas del complejo militar-industrial, ahora confundidos además con las sombras de las altas finanzas, los intereses de las multinacionales y los riesgos globales de un poder agresivo en manos de una auténtica oligarquía, el gobierno de unos pocos que esperan proyectar sobre América su propia sensación de grandeza.

La onda anti-élites que Trump cultivó (irónicamente) durante la campaña y como motivo central de su discurso –drain the swamp, drenar el pantano de Washington DC, prometió- podría regresar mañana para acosarlo a él y a su grupo, que desde ya aparecen como una nueva elite de reemplazo, cerrada sobre sí misma, con un poder político-económico-militar aplastante, con arrestos autoritarios, intolerancia frente a la crítica y una suerte de mesianismo de Twitter que permite al líder (Trump) estar en contacto diario con las masas, Este contacto virtual, señalan algunos, parece retroalimentar la seguridad y los sueños de grandeza del líder. ¿Acaso todo esto no suena a algo demasiado familiar (y peligroso) que hace recordar los momentos más infelices del siglo 20?

El precario orden global comienza tensionarse y a cimbrarse bajo el peso de las nacientes corrientes -aparentes y subterráneas- de las derechas que apelan al nacionalismo, el elitismo autoritario, el populismo hostil frente al extranjero y el inmigrante, la protección de las fronteras étnico-culturales y la afirmación de los motivos de grandeza nacional. La retórica trumpista no muestra interés alguno por la distensión, la gobernanza de los asuntos globales, el libre comercio, la cooperación para el desarrollo, la diversidad, la unidad europea, las regulaciones medioambientales, los bienes comunes o los organismos internacionales. Su narrativa es: hay que negociar desde posiciones de poder y cada uno hágase cargo de su interés nacional, definido lo más estrechamente posible. Lo demás no serían más que buenas intenciones, wishful thinking, especulación propia de académicos y ensayistas, políticos adormecidos por un blando democratismo-cosmopolita.

En efecto, la ideología de derecha en boga es esencialmente anti-intelectualista, desprecia la reflexión sofisticada y prefiere los “hechos duros”, el realismo pragmático, la razón de Estado, la verticalidad del mando, las amenazas (garrote y zanahorias), la autoridad jerárquica, los dogmas. El resto (o sea, casi todo) es considerado una desviación, nebulosas doctrinarias, principismo incompatible con los negocios y el poder. Trump hace presagiar el retorno a una suerte de “Guerra Fría” donde el mundo volverá a existir en bandos separados, enfrentados, que desconfían unos de los otros y donde, en cada uno, se refuerzan los halcones (contra las palomas), los Estados fuertes, las fronteras seguras y la seguridad interior.

En suma, esta nueva expresión de derechas, el trumpismo, representará un importante desafío para el pensamiento y los grupos de derecha liberal, cuya ideología y cultura -como se ha visto en el caso del Partido Republicano de los EE.UU.- han sido marginadas completamente de los puestos de mando y diseños programáticos de la administración Trump. Sus ideales de democracia pluralista, libertades individuales, tolerancia, sujeción del poder militar al gobierno civil, libre comercio como base para una convivencia pacífica entre los pueblos, Estado de derecho, reconocimiento de los derechos civiles y políticos, todo eso estará puesto en tensión, si es que no en cuestión o dado por superado.

¿Viajará esta ideología emergente y se difundirá, por ejemplo, hacia estas latitudes, en América Latina y en Chile? En esta parte del mundo no faltan antecedentes de derechas nacionalistas, autoritarias, proteccionistas, incluso racistas, y tampoco de Estados de seguridad interior, ajenos a los valores del pluralismo y la diversidad, con sesgos hacia el militarismo y la conformación de poderes oligárquicos. Hoy, sin embargo, tales tendencias se encuentran relegadas y parecen haber retrocedido tras la ola de recuperación y expansión democráticas de fines del siglo pasado. Hasta el momento no han vuelto a aflorar ni siquiera en Argentina o Perú, donde la derecha llegó al gobierno con un perfil más liberal-gerencial, ni tampoco en Brasil, Colombia, México o Chile, donde los sectores de derecha mantienen cuotas importantes de poder social y político.

¿Podrían reactivarse aquellos antecedentes ahora sumergidos bajo la inspiración del trumpismo? ¿Volverá a legitimarse el recurso a los militares para componer gobiernos “fuertes”? ¿Resonarán por estos lados las consignas de la anti-política (inevitablemente no-democráticas) y el deseo de “drenar los pantanos” de la desidia y la corrupción? ¿Se reforzarán las tendencias de caudillos encubiertos tras democracias plebiscitarias? ¿Tenderán nuestras elites, viejas o nuevas, a plutocratizarse? ¿Prenderá la ideología anti-intelectual que busca identificarse con las masas menos educadas y las exalta, en vez de crear oportunidades de capacitación y cultura? ¿Llegarán los sectores de derecha a apoderarse de los malestares y las reivindicaciones de los estratos más inseguros y vulnerables de las clases medias?

Atisbos de algunas de estas cosas aparecen aquí y allá en nuestro contexto latinoamericano. Los próximos años serán decisivos, pues, para saber si el cambio de marea de los EE.UU. desata procesos similares también al sur del Río Grande.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

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