Con un protagonismo electoral indiscutido de los estados del Medio Oeste, el triunfo de Donald Trump abre una serie de interrogantes respecto de cómo es realmente Estados Unidos hoy y hacia dónde se encaminará a partir de ahora.
Publicado el 09.11.2016
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Luego de una maratónica jornada y de un electrizante recuento de votos, esta madrugada Donald Trump ―finalmente― resultó elegido como el 45º Presidente de los Estados Unidos. Su triunfo, sorpresivo para muchos, es el desenlace de una campaña que será recordada como una de las más polémicas, confrontacionales y agresivas de las que se tenga memoria. Y que para muchos representa el fin de una etapa en la historia política del país.

Con un protagonismo electoral indiscutido de los estados del Medio Oeste, el triunfo de Trump abre una serie de interrogantes respecto de cómo es realmente Estados Unidos hoy y hacia dónde se encaminará a partir de ahora.

Durante gran parte de la campaña, los análisis indicaron que el grueso del apoyo al empresario provenía de votantes blancos, varones, sin mayor educación, agobiados por el desempleo y los problemas económicos. Un segmento de la sociedad estadounidense que se consideraba olvidado ―si no abandonado― por el gobierno y los partidos políticos. Pero anoche quedó demostrado que la base partidaria de Trump era mucho mayor. Hubo latinos, afroamericanos, mujeres y jóvenes que derechamente votaron por él y por lo que representa, entregando un demoledor mensaje al país y al mundo.

Tal como ocurrió con el caso del Brexit en el Reino Unido o el triunfo del “No” en el referéndum de Colombia, los sondeos nuevamente fallaron. Lo que da cuenta de su actual incapacidad para predecir de manera acertada tendencias o incluso resultados concretos, y que sin duda llevará a profundos cuestionamientos sobre la efectividad de los mecanismos utilizados hasta ahora.

En términos electorales, la derrota de Hillary Clinton tiene un alcance más allá de su propia candidatura. Porque si durante la campaña se afirmó en reiteradas oportunidades que ni ella ni Trump eran los mejores candidatos de sus respectivos partidos, su anterior experiencia como senadora y secretaria de Estado parecía darle una clara ventaja sobre el magnate inmobiliario. Y así lo demostraron, por ejemplo, los sondeos realizados al término de cada uno de los tres debates presidenciales. Pero eso no le bastó para ganar.

La derrota de Clinton inevitablemente se extiende al Partido Demócrata, que seguramente hoy se debe estar preguntando si Bernie Sanders no habría sido una mejor carta frente al republicano. Asimismo, este resultado se puede leer como un fracaso para Barack Obama, ya que en el triunfo de Trump subyace un claro sentimiento de malestar frente a la gestión del primer Presidente afroamericano en la historia de este país. A lo que se suma el natural desgaste de un gobierno demócrata que ha estado ocho años en la Casa Blanca.

Pero el resultado de esta elección también es una derrota para el propio Partido Republicano, considerando que en febrero, cuando se inició la etapa de primarias, la precandidatura de Trump parecía solo una excentricidad frente a los otros 16 competidores por la nominación. Entre los que había figuras con un mayor vínculo y trayectoria dentro de partido, como Ted Cruz o Jeb Bush. En otras palabras, los republicanos ganaron la Presidencia con el candidato que menos representa la trayectoria del partido de Abraham Lincoln y Ronald Reagan.

Frente a eso, no resulta exagerado decir que anoche fue derrotado el establishment político estadounidense, y que a partir de ahora la política de este país deberá ser entendida a partir de nuevos parámetros. Porque a pesar de sus polémicos comentarios sobre los inmigrantes, los musulmanes, las acusaciones de acoso sexual, su supuesta evasión de impuestos e ideas delirantes como la construcción de un muro en la frontera con México, los estadounidenses acabaron dándole su voto al polémico candidato republicano.

Como sea, el resultado de esta elección marca un antes y un después en la historia de Estados Unidos. Y con toda seguridad, también a nivel mundial. Porque la victoria de Trump inevitablemente reforzará a figuras similares en otros países, como Francia y Alemania, donde el próximo año habrá elecciones generales en las que partidos nacionalistas y de extrema derecha, muchos de ellos con candidatos de corte abiertamente populista, se harán presentes.

A partir de ahora habrá que acostumbrarse a la idea de ver a Trump en la Casa Blanca por los próximos cuatro años. Y será un Presidente particularmente poderoso, considerando que los republicanos conservaron la mayoría en ambas cámaras del Congreso. Aunque eso no significa que su poder será ilimitado, debido a la sólida institucionalidad que caracteriza al Estado norteamericano.

Hoy Estados Unidos inicia un nuevo camino y la pregunta es hacia dónde lo llevará.

 

 

Alberto Rojas M., Director Observatorio de Asuntos Internacionales Universidad Finis Terrae