Su estilo puede ser novedad en los Estados Unidos, pero no se aleja de lo que se viene observando desde hace mucho tiempo en otras latitudes.
Publicado el 06.05.2016
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El Partido Republicano estadounidense ya tiene candidato presidencial, pese al disgusto de gran parte de su dirigencia y a los esfuerzos de última hora de los dos contendores de Donald Trump que quedaban en carrera. Mucho se ha escrito y comentado sobre los dichos más provocadores y altisonantes de Trump desde el inicio de su postulación, pero poca atención se ha puesto en los factores que le permitieron ganar la nominación.

El análisis simplista apunta a caracterizar a Trump como un fanático xenófobo, teniendo como base sus declaraciones contra la inmigración ilegal de mexicanos. Si se sigue ese análisis, se deduce del triunfo de Trump que la mayoría de los votantes en las primarias del Partido Republicano son igualmente fanáticos y xenófobos, lo que no corresponde a la realidad. El éxito electoral de Trump viene precedido de una serie de circunstancias, algo más complejas que lo que se deduce de su retórica confrontacional. La candidatura de Donald Trump no surgió de la nada y es probable que nunca hubiera ocurrido si no la hubiesen antecedido situaciones como el movimiento Tea Party en el partido Republicano.

El cuadro político estadounidense viene evolucionando desde hace largo tiempo, lo que ha configurado un nuevo escenario ideológico, que el sistema bipartidista aún no ha logrado procesar, ni mucho menos encauzar, conforme a lo que cada partido representaba mientras estaba vigente el mundo bipolar. El fin de la guerra fría excluyó del debate una batería de temas que alineaban los argumentos de conservadores y liberales: mayor o menor gasto militar, el flujo de ayuda financiera a los países aliados, el mayor o menor acercamiento con la Unión Soviética, eran asuntos que entraban en juego. Entre los temas de carácter económico, que siempre pesan en el electorado estadounidense, las preferencias por una mayor libertad de comercio o, por el contrario, mayor proteccionismo, marcaba una clara posición entre demócratas y republicanos. El debate, hasta ese momento, se enmarcaba generalmente en carriles que el sistema bipartidista era capaz de canalizar en propuestas bastante previsibles.

Con el fin de la guerra fría, el fenómeno de la globalización pasó a tener una influencia creciente en el sistema de intereses que llegan a conformar las opciones políticas del electorado de los EE.UU., lo que, de manera poco perceptible en sus inicios, sembró las semillas de lo que hoy cosecha Donald Trump: esto es, la incapacidad del sistema para darle a la ciudadanía una respuesta adecuada a los asuntos más inquietantes. La desaparición de la amenaza nuclear a poco andar fue reemplazada por la experiencia traumática de los ataques terroristas en pleno Manhattan y Washington (he ahí un germen de nacionalismo xenofóbico). En lo económico, la expansión de la libertad de comercio y el libre movimiento de capitales, facilitado por la consolidación del capitalismo en todo el mundo, (incluida la China comunista), tuvo como resultado el traslado de un número creciente de industrias desde los Estados Unidos a México, India, Malasia o China, donde los costos de operación fuesen más baratos, (en eso encontramos la semilla de la indignación por la pérdida de empleos).

Donald Trump ha apelado a los sentimientos más acuciantes y a los temores más comunes del ciudadano medio en los Estados Unidos, esto es: la seguridad de su entorno, amenazada por niveles de delincuencia preocupantes, la seguridad de su trabajo, amenazada por el cierre y traslado de fábricas a otros países y la seguridad exterior, amenazada por el terrorismo, teniendo como expresión más notoria el Estado Islámico. Todo el resto es manejo comunicacional y de la psicología social: la amenaza de la delincuencia la ha focalizado en crímenes puntuales cometidos por inmigrantes ilegales proponiendo, como solución, construir un muro para evitar el ingreso de ilegales por la frontera Sur. En materia de pérdida de empleos, ha tomado como caso emblemático una fábrica que cerró sus operaciones para instalarse en Monterrey, cuyos ejecutivos se transformaron en blanco de sus ataques. Y frente a la mayor amenaza externa, el terrorismo, Trump propone prohibir el ingreso de musulmanes. En suma, Donald Trump ha apuntado directo a las fibras más sensibles del electorado, con propuestas que no pueden ser más básicas, por no decir primitivas (pero, por lo mismo, simples y fáciles de comunicar).

Apelar a las emociones más allá de la racionalidad, capitalizar los descontentos y emprenderla contra el establishment, y contra todo lo políticamente correcto, (en un sistema en el cual el uso de eufemismos había llegado al límite de lo soportable), hicieron de Donald Trump un candidato que terminó opacando a todos los demás. Su estilo puede ser novedad en los Estados Unidos, pero no se aleja de lo que se viene observando desde hace mucho tiempo en otras latitudes. Si los debates entre “the Donald” y Hillary Clinton tendrán mayor o menor substancia, está por verse. Pero que serán debates llenos de entertainment, de ello no cabe duda alguna.

 

Jorge Canelas, Cientista Político y Embajador (r).