A Chile la historia reciente lo ancla al pasado, a Estados Unidos lo inspira. Chile busca hoy alternativas en lo que fue y fracasó, Estados Unidos en la innovación y la construcción del futuro. Chile no se cree su propio cuento, Estados Unidos aún cree en él y lo contagia a nivel mundial.
Publicado el 13.07.2016
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Salgo a trotar temprano por los parques de Iowa City, una de las ciudades con mejor calidad de vida, mayor seguridad y menos estrés de los Estados Unidos, y mientras avanzo junto al río Iowa, entre árboles frondosos, venados como el Bambi de Walt Disney, conejitos nuevos y ardillas que me recuerdan las aventuras de Chip y Dale, me pregunto si algo no cambió definitivamente en este país desde el asesinato masivo en un club frecuentado por la comunidad LGTB de Orlando, la inexcusable muerte de afroamericanos a manos de la policía, y la balacera contra agentes policiales en Dallas. Me pregunto además cómo supera una nación esas muertes, restaña las heridas y extrae lecciones de todo aquello para sanar su alma.

En mis últimos 20 años he vivido con un pie en mi patria y otro en Estados Unidos, país que admiro y quiero, que es cuna de lo mejor y lo peor en el planeta, como dice Leonhard Cohen, que es diverso e innovador como ningún otro, que ha aportado tanto al desarrollo y a la destrucción en el mundo, que nunca me ha exigido nada a cambio de mi residencia, sólo que respete sus leyes. Por ello, todo cuanto ocurre aquí y en Chile me concierne, y cuando es negativo me conmueve, inquieta e interroga.

Jorge Luis Borges decía que a su padre, como a todos los seres humanos, le tocó vivir “tiempos difíciles”. Chile atraviesa “tiempos difíciles” y también Estados Unidos. Por ello, en términos personales, no tengo forma de escapar de estas circunstancias, de salir al otro país a oxigenarme por un rato, a hacer una pausa, a recuperar el aliento. Los problemas se suman, no se neutralizan. En rigor, en Occidente el optimismo de la posguerra, de los años 50 y 60, se esfumó. Ambos países –salvando las diferencias entre Chile y la potencia mundial– me confrontan y obligan a tomar posiciones en ambientes polarizados, decisivos y cargados de emociones.

Son tiempos de vértigo, cuestionamiento, escepticismo, desencanto, rebeldía, crisis de autoridad e instituciones, de desconfianza, desorientación, de populismo de izquierda y derecha, un escenario turbulento del cual emergerán airosos sólo aquellos países que sepan maniobrar en esto con flexibilidad, creatividad y visión de futuro. En Chile nos golpean la errada política gubernamental y la violencia común y la terrorista; y en Estados Unidos la incertidumbre que proyecta el candidato Donald Trump, la posibilidad de nuevos atentados terroristas, el aumento de la violencia por el uso de armas letales y una efervescencia racial exacerbada por los últimos acontecimientos. Chile no está haciendo bien sus tareas, y Estados Unidos, como líder mundial, tampoco. En el caso de Chile, su fracaso nos perjudica sólo a nosotros, en el caso de Estados Unidos al mundo entero. A Chile la historia reciente lo ancla al pasado, a Estados Unidos lo inspira. Chile busca hoy alternativas en lo que fue y fracasó, Estados Unidos en la innovación y la construcción del futuro. Chile no se cree su propio cuento, Estados Unidos aún cree en él y lo contagia a nivel mundial.

Vuelvo a la tranquilidad de los parques del Midwest: ¿Es posible que algo como lo de Orlando o Dallas pueda ocurrir en el campus universitario de Iowa City? ¿Y puede haber por aquí, en esta apacible ciudad, algún ex soldado enviado a Afganistán o Irak que, enfermo por la guerra o el resentimiento racial, empiece a disparar contra sus conciudadanos?  ¿Hay células terroristas al acecho? En rigor, en los años 80 un estudiante de China Popular perpetró una matanza de alumnos y profesores.

Muchos en Chile se preguntan cómo reaccionarían ante un asalto nocturno en casa o un “portonazo”. Acá la pregunta es otra: ¿Alcanzaré a escuchar a tiempo los disparos  del francotirador como para arrojarme al suelo y encontrar protección? ¿Puede ocurrir que de pronto, en la oscuridad de mi cine, un desquiciado saque un arma y comience a disparar sobre nosotros, los espectadores? ¿Constituye esto una preocupación con sustento real o una obsesión sin base alguna, una posibilidad permanente o por completo descartable? Hace poco el Presidente Obama dijo que en Estados Unidos hay personas no autorizadas a abordar aviones por supuestos nexos con terroristas, pero que pueden comprar un fusil. Y hay desequilibrados mentales que también pueden hacerlo. El riesgo es parte del juego.

¿Es más seguro un país donde todos tienen derecho a adquirir armas, o uno donde están prohibidas? Uno tiende a pensar que el segundo ofrece más seguridad. Viví años en Europa y es lo que creo. Al menos las estadísticas lo corroboran. Quienes defienden el derecho a armas letales afirman, en cambio, que ni los terroristas ni los tiradores súbitos alcanzarían a cobrar muchas víctimas si la gente estuviese armada. ¿Habría menos asaltos a casas y “portonazos” en Chile si los delincuentes supusieran que sus víctimas están armadas? Lo dejo sobre la mesa. Los defensores de la venta de armas –detrás de los cuales están constitucionalistas, la poderosa asociación NRA y los fabricantes de armas–, sostienen que los ciudadanos de un país donde no hay acceso libre a las armas constituyen un blanco fácil para los delincuentes, pues éstos siempre se las arreglan para conseguir armas y cometer sus fechorías.

Pero en Estados Unidos vuelve a plantearse además, ahora con sorprendente intensidad y dramatismo, el tema de las tensiones raciales. La muerte reciente de afroamericanos a manos de la policía enardeció los ánimos de una comunidad que se siente postergada y discriminada, y que es pobre.  ¿Se trata de un peak transitorio o de un in crescendo que llevará a una agudización de esas tensiones? ¿Estamos sentados sobre un barril de pólvora, como sostiene hoy un policía de Nueva York, o las aguas volverán a calmarse? ¿Habrá que agregar al riesgo del terrorismo y de los tiradores súbitos, las acciones armadas de afroamericanos radicalizados cada vez que un afroamericano es maltratado o muere bajo custodia policial? ¿Cómo se enfrenta y da solución a un tema que se vincula además con pobreza, exclusión, falta de educación y marginalidad? Las posibilidades de un joven negro de verse controlado, detenido o maltratado por un policía blanco son mucho más altas que las de un joven hispano, asiático o anglo.

¿Cómo se resuelve esto? ¿Es sólo un asunto de ciertos policías “descontrolados” o esa actitud se nutre de la realidad y las percepciones de una parte racista del mainstream estadounidense? Un médico afroamericano de Dallas plantea con lágrimas en los ojos ante la cámara de CNN que se siente respetado por los blancos en el hospital, pero teme a la policía en la calle. Ante esto los políticos no tienen soluciones ni respuestas. Trump, por su parte, azuza un sentimiento anti latino con sus injuriosas generalizaciones sobre los inmigrantes mexicanos. Nada más peligroso que las generalizaciones sobre grupos humanos, decía Hannah Arendt.

En Estados Unidos los frentes son irreductibles en materia de prohibición de venta de armas, y la política aún está al debe con medidas que efectivamente reduzcan al menos la marginación de parte importante de la población negra y mejoren las relaciones entre los afroamericanos y la policía. Y todo esto ocurre en un país cuyo presidente es afroamericano. Sea como sea, si Estados Unidos aspira a conquistar la tranquilidad y el entendimiento nacional, debe impulsar –entre otras cosas– un diálogo franco entre blancos y afroamericanos, así como reeducar a los policías en su trato con los afroamericanos. De lo contrario las tensiones se agudizarán y verán agravadas por la facilidad con que cualquiera puede adquirir armas de asalto en el país.

Sigo trotando a lo largo de la sinuosa corriente del Iowa, pensando en los desafíos de Chile y Estados Unidos, convencido de que el futuro no está en el retrovisor ni escrito en un texto sagrado, y que el padre de Borges tenía razón: en todas las épocas el ser humano afronta tiempos difíciles. Lo peor es resignarse y mostrar indiferencia. Como decía Arnold J. Toynbee: “El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan”.

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